La carta de Oriol Junqueras que ayer hicieron pública Ara y La Sexta llegó justo en el momento en que Pedro Sánchez y el presidente de la Generalitat, Pere Aragonés, coincidían por primera vez tras las elecciones autonómicas en público; esta vez, en un acto de la patronal Foment en el que se premiaba al editor de La Vanguardia, Javier Godó.

¿Estaba en el guion de Moncloa que la misiva se conociera precisamente en ese momento, como un elemento incontestable de que el diálogo comienza a dar sus frutos? ¿O más bien fue una decisión personal del líder de ERC encarcelado en Lledoners para dejar claro que es él quien marca la hoja de ruta en el partido republicano y en el bloque independentista?

Lo que está claro es que el escrito de Junqueras eclipsó por completo el acto de Barcelona en el que el presidente del Gobierno se refirió al president como «estimado Pere» y este le regaló los oídos reconociendo que «se han dado pasos adelante».

Junqueras no quiere convertirse en un Puigdemont bis, un referente con un poder político menguante, cada vez más un estorbo, y ha marcado una posición nítida frente a la negociación que se iniciará en las próximas semanas y en cuya mesa él estará presente. La fuerza de su planteamiento deja en un segundo plano al presidente de la Generalitat, que deberá asumir, como en su día hizo Torra, un cierto papel vicario.

El líder de ERC pretende marcar la hoja de ruta del independentismo: admite los indultos, reconoce que la unilateralidad fue un error, pero no renuncia al referéndum de autodeterminación

La carta ha sido bien recibida por el Gobierno. Significa, dicen en Moncloa, un cambio respecto a la posición que venía manteniendo tanto ERC como el propio Junqueras.

Hay que reconocer que el posicionamiento del líder republicano incorpora dos aspectos positivos:

1º Admite que los indultos pueden «aliviar el conflicto». Hace dos años el propio Junqueras dijo en entrevista a Nació Digital refiriéndose a la posibilidad de que el Gobierno concediera indultos a los presos del procés: «Se los pueden meter por donde les quepa».

2º También reconoce expresamente que la declaración unilateral de independencia fue un error: «No fue entendida como plenamente legítima por una parte de la sociedad, también la catalana». Insinúa, por tanto, que no lo volvería a hacer.

Esos párrafos son un balón de oxígeno para Sánchez, que tiene a la mayoría de la opinión pública en contra, y a destacados líderes históricos de su partido opuestos abiertamente a indultar a los condenados por sedición. Ahora el presidente puede esgrimir ese cambio de postura como muestra de que su polémica iniciativa no ha sido un salto en el vacío.

Ahora bien, Junqueras no renuncia a lo esencial del ideario independentista y expone claramente cuáles son sus objetivos en la negociación:

1º No hay ni un paso atrás en la defensa de la autodeterminación: «Defendemos la autodeterminación porque queremos que toda la ciudadanía de nuestro país, toda, pueda decidir si desea que Cataluña sea un estado independiente, en forma de república, o si apuestan por mantenerse dentro del Estado español».

2º Se reafirma en que «estamos ante un conflicto político», y, por tanto, deslegitima la sentencia del Tribunal Supremo.

3º Considera a la mesa de diálogo como «un éxito en sí misma». Es decir, que el Gobierno español, al sentarse en pie de igualdad con la Generalitat, reconoce a Cataluña como una institución política con entidad suficiente para hablarle de tú a tú.

4º La hoja de ruta del independentismo no ha variado su norte, sino su ritmo. «Necesitamos ser más, una mayoría incontestable», remarca Junqueras. Es evidente que con poco más del 50% de voto independentista, que es donde estamos ahora, no se puede abordar un proyecto secesionista con garantías, dado que el primer trauma lo asumiría la propia sociedad catalana.

El Gobierno tiene que admitir que su apuesta por la negociación con el independentismo, como una forma de solucionar el problema, conlleva un alto porcentaje de fracaso. La pregunta clave es si Junqueras, como líder de la facción pragmática del independentismo (Elsa Artadi, vicepresidenta de Junts ya ha dicho que no se puede descartar la vía unilateral), aceptará una forma de consulta que no sea claramente un referéndum de autodeterminación.

Se pueden dar muchas vueltas, hacer muchas reuniones, pero al final la cuestión será esa: ¿admitirá Sánchez que Cataluña vote su independencia?