En la barahúnda que se ha concentrado este domingo en la plaza de Colón y aledaños, había cientos de historias personales unidas por el rechazo a los indultos a los líderes del ‘procés’. Una de las biografías más crudas es, sin duda, la de Conchita Martínez, viuda del teniente coronel Pedro Antonio Blanco, asesinado por ETA en enero de 2000. “Fue la primera víctima tras la tregua de 1998. Si siguiera vivo, él no vendría porque él era militar pero tenía ideas políticas”, relata Martínez en declaraciones a El Independiente.

“Viene a todas las manifestaciones, con frío y con calor”, explica una de sus amigas a unos metros de la plaza. A diferencia de quienes la acompañan, Martínez ejercita un tono más suave, menos directo. “Yo tengo que vivir. No me puedo envenenar cada mañana pero es indigno. Lo que hemos sufrido para ver esto, apoyarse en unas ratas de cloaca. Yo creo que Sánchez debería pensarse si le compensa seguir en La Moncloa”, apunta la que es patrona de la Fundación Víctimas del Terrorismo.

Su marido fue asesinado el 21 de enero de 2000 en la calle Pizarra de Madrid. Un coche bomba le segó la vida cuando acababa de salir de su domicilio y esperaba la llegada de un vehículo oficial. Tenía 47 y dos hijos. Fue la víctima número 770, con la que ETA puso fin salvajemente a una tregua iniciada unilateralmente en septiembre de 1998. La repulsa por su asesinato reunió a más de un millón de almas, también en la plaza de Colón, dos días después del crimen.

“Él estaría revuelto. Ellos saben lo que es la defensa de un país entero”, comenta la viuda. “Hay 330 casos sin resolver y hay otros muchos que no han sido juzgados aunque estén en la cárcel. Las víctimas van a colear muchos años”, admite. “Nosotros aceptamos lo que la Constitución nos impone pero con un dolor inmenso. Como víctima te da pena que hayan entregado tanto para tener tan poco”, indica con amargura.

“Mi sentimiento es el de alguien que se levanta cada mañana con una herida. Tienes que aprender a vivir con normalidad y eso te ocupa mucho espacio del tiempo y no te deja espacio para el odio. No les tengo odio pero sí desprecio. Perdonarles, perdono a quien pide perdón. No les perdonaría ningún día de cárcel”, concluye.