Del exministro de casi todo durante los gobiernos de José María Aznar siempre me ha interesado, particularmente, su rica y dilatada experiencia tanto en el sector público como en el privado. Josep Piqué es una de las pocas figuras en España, de hecho, que puede mostrar un currículum, no ya relevante, sino absolutamente apabullante en este sentido. Su sólida formación jurídica y su condición de doctor en Ciencias Económicas, su paso por carteras como Industria y Energía, Asuntos Exteriores, Ciencia y Tecnología o la propia Portavocía del Gobierno, combinado casi en una frenética carrera vital con la presidencia de una aerolínea como Vueling, o el haber pasado por más de una decena de consejos de administración de empresas de muy diferentes ámbitos de actividad, hace inevitable tener la seguridad de que, para cualquier pregunta, habrá una respuesta coherente, reflexionada, de gran sentido común y objetiva.

Pregunta.- Es inevitable comenzar con la disparatada subida del precio de la luz. Hágame una foto de lo que está ocurriendo y de lo que esté por llegar.

Respuesta.- Lo primero que espero es una enorme conflictividad, incluida jurídica. El concepto de «detraer beneficios excesivos» es, por definición, muy peligroso. ¿Quién marca que un beneficio es «excesivo» cuando es el resultado del comportamiento del mercado? ¿Qué significa «detraer»? Si no se corrige el rumbo, entraremos en un período de extrema conflictividad jurídica, con contenciosos que van a afectar al concepto de seguridad jurídica. No hay nada peor para la confianza de los mercados que cambiar las reglas del juego a mitad del partido. Este es el primer punto que me genera una notable inquietud.

Creo, además, que el Gobierno está reaccionando ante una situación que, para él, ha sido inesperada y que es contradictoria con los discursos políticos que las dos fuerzas que lo componen habían venido manteniendo. Se han visto obligados a adoptar medidas que, bajo mi punto de vista, son improvisadas y tomadas sobre la marcha, lo que genera incertidumbre sobre cuál es, en realidad, el programa energético del gobierno, además de preocupación. El tratamiento de las cargas fiscales se puede modificar, como también puede modificarse la fijación de conceptos retributivos que se incluyen en el recibo. Hay algunos elementos en el recibo que deberían estar, lógicamente, fuera de él. Todo esto se puede trabajar. Hay otro elemento a explorar: estos incrementos, que son brutales, afectan a las familias, pero también a la competitividad de nuestra economía porque los costes energéticos para muchas empresas son muy relevantes.

Por tanto, incidir en la posibilidad de llegar acuerdos entre las familias y las empresas con las compañías comercializadoras para estabilizar el precio, saber a que atenerse y no estar al albur de fluctuaciones como las que estamos viviendo. Acuerdos a largo plazo. Esta es una vía que tiene mucho margen. Lo estamos viendo. Las diferentes empresas energéticas están ofreciendo la posibilidad de contratar a largo plazo a precios fijos, lo que puede suponer hasta una tercera parte (de rebaja) del precio actual que deriva de los mercados internacionales. Con una competencia además entre ellas, para captar más clientes. Ir saliendo de la tarifa directamente relacionada con la fluctuación de los mercados internacionales para introducir esa competencia a la hora de fijar tarifas más estables y a precios medios más razonables es algo que se debería promover. Para esto hace falta información. Familias y empresas deben conocer esta posibilidad y trabajar sobre ella.

P.- El Ejecutivo camina por un lado y las eléctricas por otro, hasta el punto de que algunos analistas han llegado a utilizar ese horrible término de «expropiación» o incluso han pronunciado la palabra «chantaje». ¿Son tan complicadas las relaciones entre el poder político y estos poderosos conglomerados industriales?

R.- El sector energético requiere de un diálogo permanente entre gobierno y empresas. Por definición siempre habrá pocas empresas capaces de generar energía de forma significativa. Por tanto, al ser un mercado, no de competencia perfecta sino oligopolístico, es obligado ese diálogo permanente. Con la ley de 1996 que hice siendo ministro, se abrió el camino de las comercializadoras, facilitando niveles de competencia mucho mayores porque se permitía que hubiera muchos oferentes además de muchos demandantes.

El diálogo con las grandes empresas es imprescindible. Y aunque no se llegue a grandes acuerdos parlamentarios, también lo es un diálogo con la oposición, que permita que cuando se produzca la alternancia no cambien las cosas substancialmente. Lo peor que puede hacerse en política energética es someterla a los vaivenes de la alternancia política. Debe haber unas líneas marcadas en el medio y largo plazo. Por otra parte, todos hemos asumido que hay que cumplir con los acuerdos de París, con los procesos de descarbonización, de reducción drástica de emisiones, y por tanto basar nuestra generación de electricidad en fuentes no contaminantes. Pero hay que explicar que eso también tiene un coste que debemos asumir si queremos ser consecuentes con nuestro compromiso con el medio ambiente.

Afortunadamente, a diferencia de lo que sucedía hace veinte o veinticinco años, hoy las energías renovables, incluida la solar fotovoltaica, son suficientemente rentables por sí mismas sin que necesiten primas para su puesta en funcionamiento. Todo lo que sea seguir apoyando las energías renovables competitivas es fundamental, pero siempre sabiendo que, aunque la tecnología avanza muy rápido y permite ya una cierta capacidad de almacenamiento de energía, en momentos de picos de demanda o de ausencia de viento o de sol, no son energías que permitan garantizar un suministro estable en el tiempo, sino que pueden fluctuar y siempre debe haber una potencia instalada en reserva para cubrir esos picos de demanda. Eso cuesta dinero también. Porque la contrapartida, que no exista en esa potencia de reserva, son los cortes de electricidad. En España tenemos uno de los mejores sistemas eléctricos del mundo. En Estados Unidos se producen muchos cortes de electricidad que en España no hay, salvo en caso de una gran tormenta o algún fenómeno similar.

Lo peor que puede hacerse en política energética es someterla a los vaivenes de la alternancia política»

P.- Ha mencionado la necesidad de grandes acuerdos y la conveniencia de Pactos de Estado sobre temas claves para España. Pero fíjese en el bloqueo en torno a la renovación del CGPJ.

R.- La solución tiene que ser la que han propuesto todas las asociaciones de jueces en los últimos días, incluidas las más cercanas a la izquierda, como Jueces Para la Democracia: volver al sistema previo a 1985 para que buena parte de las propuestas salieran de los propios jueces, que es lo más habitual en Europa. Esto resolvería el problema en este momento y en lo sucesivo. No veo alternativa a eso porque si seguimos primando las mayorías parlamentarias, asuntos como esa renovación del CGPJ estarán siempre sometidos a los intereses del gobierno de turno. La independencia del Poder Judicial respecto del Poder Ejecutivo es sagrada.

Uno de los fenómenos que más me preocupan, a nivel global, es que asistimos a una creciente preponderancia del Poder Ejecutivo sobre los otros dos. Hay un cierto ninguneo de los parlamentos, con la pérdida por parte de estos de capacidad legislativa y de control del Poder Ejecutivo y con atentados a la independencia del Poder Judicial. Mantener esa independencia y el carácter de Democracia Parlamentaria de nuestro sistema político es algo en lo que debemos insistir.

¿Por qué esa incapacidad de llegar a grandes acuerdos sobre asuntos básicos? No es una incapacidad congénita que esté en nuestro ADN. Desde la Transición ha habido muchos consensos respecto a temas de fondo. Yo, particularmente, soy especialmente sensible a extenderlos a la Política Exterior. Si no, esta se debilita enormemente porque pierdes credibilidad y confianza si se percibe que (la Política Exterior) se puede modificar en función del gobierno de turno. Para tener una proyección internacional sólida deben existir esos consensos internos. Creo que (esta situación) se ha producido por una razón fundamental: la ruptura del bipartidismo. No digo que este bipartidismo sea lo deseable siempre, pero en el caso de nuestro país, esa ruptura ha llevado a la aparición de fuerzas políticas en los dos bloques, derecha e izquierda, que han disputado la hegemonía al partido incumbente; Unidas Podemos al PSOE por la izquierda y Ciudadanos y Vox por la derecha. Eso ha llevado a que los partidos primen la lucha por la hegemonía interna en sus respectivos bloques y estén radicalizando su discurso y alejándose del centro.

P.- En Italia, Alemania o Francia, la actitud ha sido más negociadora por parte de los partidos ex hegemónicos. ¿No es en España más crítica esa situación de falta de acuerdo?

R.- Si buscamos comparaciones, tenemos ejemplos para todo. En el caso de España, esa confrontación interna dentro de cada bloque ideológico no ha sido una confrontación para rearticular o reordenar la correlación de fuerzas, sino que ha sido un debate existencial. Para el PSOE, es fundamental que Unidas Podemos no sustituya su hegemonía en la izquierda porque es casi un problema de supervivencia. Lo mismo podríamos decir del PP por la derecha. En la medida en la que el PSOE ha recuperado esa hegemonía (por su lado) y que el PP ha absorbido buena parte del electorado de Ciudadanos y le ha puesto un tope al crecimiento de Vox, las cosas se pueden ir reconduciendo. Dudo que se pueda materializar antes de las próximas elecciones, pero ese retorno del bipartidismo imperfecto puede permitir que, después de los próximos comicios, volvamos a recuperar ese vacío del centro político que es donde se tienen que producir los grandes consensos.

El retorno del bipartidismo imperfecto puede recuperar el vacío del centro político que es donde se tienen que producir los grandes consensos»

P.- ¿Cuál es la salud de la UE? ¿Cómo ve el debate acerca de los ataques de algunos países como Hungría o Polonia a los Derechos Humanos, en todo lo que tiene que ver, por ejemplo, con cuestiones como el reconocimiento a las uniones de las personas LGTBi u otros? ¿Cómo considera la división de los populares europeos respecto a este tema? Los populares españoles (respecto a estas uniones) se han abstenido. ¿Puede esto perjudicar al PP?

R.- El punto de partida para esa reflexión es tener muy claro que Europa es un proyecto político. No económico, ni de unión aduanera, ni de puesta en común de intereses comerciales. Es un proyecto político y como tal debe descansar en torno a valores y principios. Entre ellos están la libertad, la igualdad, la aceptación de la diversidad, la tolerancia… Valores propios de sociedades abiertas. Para Europa sería un retroceso el aceptar que algunos de sus miembros pongan en duda esos valores. Para la cohesión interna y para la fortaleza del proyecto, la defensa de esos valores es básica. Si no, se nos rompe el proyecto. Por eso me incomoda que el PP español no tenga una posición mucho más clara en cuestiones como las que ha mencionado. La coherencia en estos temas es especialmente exigible. La firmeza frente a aquellos países que no los comparten, y que de alguna manera los conculcan con legislaciones contrarias al espíritu europeo, debe ser muy determinada. Eso cada vez se va a ir decantando con mayor claridad y me hace ser mucho menos crítico de lo que normalmente lo es la opinión pública respecto al futuro de Europa.

No hace falta recordar lo que se decía de Europa al principio de los procesos de vacunación. El resultado nos ha demostrado que Europa ha sido mucho más eficiente y que ha dado una buena respuesta. No me imagino que los distintos países europeos hubieran entrado en una carrera desenfrenada entre ellos y que hubiéramos dado una sensación de descohesión y de descoordinación letal cara a la ciudadanía. Hay muchas otras cosas en las que Europa está dando una buena respuesta. ¿Alguien se imagina lo que le estaría pasando a España si no tuviéramos el paraguas del BCE comprando las emisiones de deuda? ¿Se imagina cómo podríamos abordar la modernización de nuestro sistema productivo, la digitalización, y que además sea coherente con la lucha contra el cambio climático, sin la aportación de fondos europeos? Por tanto, pensemos en una no Europa y sus costes. Creo que ahí el balance es clarísimo.

P.- El Reino Unido ya está teniendo algunas pesadillas post Brexit.

R.- No hay mal que por bien no venga dice el refranero español. El Brexit ha ayudado a limitar algunas tentaciones que otros países pudieran tener al respecto. Eso es enormemente positivo. ¿Dónde están los déficits de Europa? Yo creo que, precisamente, en la articulación de ese proyecto político que requiere que hay que asumir el hecho de que hay que ir cediendo soberanía, especialmente en dos ámbitos: uno, el espacio judicial, en el que hay un largo camino por recorrer, y dos, el más importante tal vez a largo plazo, la definición de una auténtica Política Exterior Común de Seguridad y Defensa. Ahí se tiene que producir un proceso de maduración de los europeos. Europa no puede mantenerse indefinidamente en la adolescencia de criticar constantemente a sus padres sabiendo que, en caso de necesidad o de conveniencia, tus padres siempre están ahí para protegerte. Es la relación que hemos tenido, desde el final de la SGM, con los Estados Unidos. Tenemos que salir de esa adolescencia y asumir el principio de realidad. Con todas sus consecuencias. Es un reto de fondo que choca con una opinión pública europea, tan acostumbrada a que le defiendan otros, que considera que los gastos de defensa no solo no son necesarios, sino que son indeseables.

P.- Valóreme todo lo que ha ocurrido en Afganistán, con un foco especial respecto a la acción de la Unión Europea. También la propuesta de Josep Borrell acerca de la posibilidad de que pueda llegar a haber, si no un ejército europeo, sí al menos una coordinación de políticas militares.

R.- No es malo hablar de un ejército europeo como horizonte. Pero de la misma manera que ni usted ni yo vamos a ver ni unos Estados Unidos de Europa ni un ejército europeo, todo lo que signifique avanzar hacia ese horizonte me parece que es el camino correcto. Habrá que marcarse objetivos más realistas a corto plazo, pero que son posibles. En la retirada de Afganistán, Europa y la Alianza Atlántica no han hecho otra cosa más que seguidismo de los Estados Unidos, lo que ha dado una impresión pésima respecto al futuro de la OTAN y al papel internacional, como sujeto político, de la Unión Europea. Esto hay que corregirlo y hay posibilidades.

No hace falta llegar a un ejército europeo, pero sí que pueda haber una fuerza de intervención rápida, que hubiera permitido canalizar la evacuación de Afganistán de una manera distinta, con un protagonismo claro de la UE. También que la UE y la OTAN, que no lo tienen como tal, pudieran disponer, en el marco de la seguridad colectiva y de la lucha contra el terrorismo, de instrumentos de geolocalización satelital o incluso de drones para utilizarlos en determinadas circunstancias de crisis, para ir transmitiendo al conjunto de la ciudadanía europea que hay determinados temas en los que Europa actúa como tal. Eso puede hacerse perfectamente compatible con la preservación de la Alianza Atlántica.

Cuando le hablaba del paso de la adolescencia a la madurez, no quería referirme a una ruptura con los padres. Vamos a seguir necesitando a los Estados Unidos y hay que reforzar el vínculo atlántico de nuevo, pero cada vez con mayores grados de autonomía por parte de Europa, porque hay regiones especialmente vitales (para Europa) que no lo son tanto para los Estados Unidos, como el norte de África, el Sahel o el este de Europa.

Soy muy escéptico respecto a esta mess de diálogo porque echo en falta grandeza por las dos partes»

P.- ¿Qué debe hacer la UE desde ahora en adelante con el nuevo gobierno afgano? ¿Se debe hablar con los talibanes, negociar, deben ser reconocidos a todos los efectos o se deben cortar con ellos todos los puentes?

R.- Si hablamos de Europa como proyecto político y por lo tanto con valores compartidos, Europa tiene que ser una voz muy potente en favor de los Derechos Humanos en cualquier lugar del mundo. Empezando por Afganistán por supuesto, pero tenemos que ser coherentes y hay otros muchos países en el mundo donde no los respetan, empezando por el más poderoso de todos ellos que es China. Por lo tanto, la actitud con el gobierno talibán tiene que guardar una cierta coherencia con respecto a otras violaciones de DDHH en el mundo por una cuestión de valores y de coherencia con nuestros propios principios. Ahora hay una prioridad que es ayudar a que los ciudadanos afganos que están en situación de riesgo y que deseen salir del país puedan hacerlo. Eso solo se puede lograr, en las actuales circunstancias, con mecanismos de diálogo con el gobierno talibán. No soy partidario de su reconocimiento, entre otras cosas porque no sabemos qué es lo que va a pasar, pero sí de mantener vías, de buscar un equilibrio.

P.- ¿Qué opina de la mesa de negociación entre el gobierno de España y el de la Generalitat de Cataluña que se ha estrenado estos días?

R.- Si queremos abordar el problema que se deriva de que una parte substancial, no mayoritaria pero substancial, de ciudadanos de Cataluña creen que la independencia sería la mejor opción para sus intereses, eso no se puede abordar solo desde el gobierno. Si no, cuando se produzca la alternancia política, volveríamos al punto de partida. Yo creo que antes de esa mesa de diálogo entre el gobierno español y el gobierno catalán, tendría que haber otra mesa entre el gobierno y la oposición para llegar a un entendimiento. Puede parecer muy difícil, pero hay que intentarlo. Tengamos muy claro que no estamos hablando del diálogo entre Cataluña y España, sino entre gobiernos que (en el caso del autonómico catalán) no representan a la totalidad de los ciudadanos de su comunidad sino solo a aproximadamente a una mitad. Estoy pensando en la otra parte muy importante de ciudadanos de Cataluña que merecen respeto y apoyo y que, como yo, que deseamos seguir permaneciendo en España y que nos parece que el independentismo llevaría a Cataluña irreversiblemente a la decadencia y a prestar un mal servicio, al final, a los intereses de la ciudadanía. Soy muy escéptico respecto a esta mesa de diálogo porque echo en falta grandeza por las dos partes. Lo veo más como un movimiento coyuntural para ganar tiempo. El objetivo de las fuerzas políticas que conforman el gobierno español, particularmente el PSOE, y de las que componen el gobierno catalán, particularmente ERC, es ganar tiempo para resolver sus propis cuestiones. No espero nada, excepto el compromiso de seguir hablando, porque repito que no son cuestiones de una mesa de estas características y porque el mismo derecho a ello tendrían el resto de las Comunidades Autónomas.

P.- ¿Qué opina del melón que se ha abierto en el PP de Madrid con Isabel Díaz Ayuso en torno al liderazgo de cara a su próximo Congreso?

R.- En la vida en general y en política en particular, la prisa siempre es mala. De la misma forma que creo que el PP no tiene que tener prisa y tiene que seguir trabajando para construir una auténtica alternativa, creo que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que es un claro activo político del Partido Popular, tampoco tiene que tener prisa. Todas las ambiciones son legítimas, pero ahora no es el momento. No es su momento. El momento es el del actual presidente del PP, Pablo Casado, que tiene todo el derecho a liderar la alternativa y tiene todo el derecho a presentarse a las elecciones. Todos los expresidentes del PP que después llegaron a la Presidencia del Gobierno antes perdieron elecciones. Yo pediría calma, sosiego, tranquilidad, no precipitar las cosas y trabajar esa alternativa para ganar las elecciones. Las encuestas señalan, pero dos años en política son mucho tiempo.

Es verdad que el Partido Popular, de manera irreversible, ha recuperado ya el voto que antes iba a Ciudadanos, y es verdad que todo indica que está en esa línea respecto a Vox. También es verdad que, a medida que se vislumbre la convocatoria nacional, el discurso del «voto útil» le puede beneficiar al PP. Pero para articular una auténtica alternativa, no basta con lo que acabo de decir, que es condición necesaria, sino que se necesita transmitir además un proyecto identificable a la ciudadanía que pueda generar una ilusión. No basta con: ‘Vóteme a mí porque así no tendremos el gobierno que tenemos’ sino que, además, tienes que explicar cuál va a ser tu acción de gobierno. Explicarlo de manera que se perciba por el conjunto de la ciudadanía, por los diferentes sectores, ser intérprete necesario, en este momento o en el futuro, si el Partido Popular llega a poder formar gobierno. Esos son los dos grandes focos que el Partido Popular tiene que cubrir. Yo creo que la Convención Nacional puede ayudar y por eso me incomodan enormemente otros debates y las prisas.