Yolanda Díaz debe provocar un influjo especial sobre las masas. No sólo por su capacidad para convencerlas, que esa es una de las virtudes de los líderes políticos, sino también para anestesiarlas. Proclamó el sábado en Valencia -y así han titulado sus crónicas algunos periodistas-: «Este es el comienzo de algo maravilloso». Y nadie en el teatro Olympia se levantó para recordarle: «Oiga, que es usted vicepresidenta del Gobierno».

Díaz habló de un futuro mejor que llegará de la mano del «tsunami feminista», una promesa como aquella que hizo en su día su mentor Pablo Iglesias de «asaltar los cielos». Pero la política, como sabe muy bien Yolanda, no es tan «bonita» como pretende su compañera de mitin y jefa de la oposición en Madrid, Mónica García. Son horas de despacho, reuniones, fracasos… En fin, enfrentarse con una realidad que casi nunca permite que los sueños se hagan realidad. Los fondos europeos, por ejemplo. Qué bonito sería que Bruselas aflojara la mosca sin tener que rendir cuentas, sin tener que someter la llegada de dinero a una reforma laboral que permita flexibilidad a las empresas o a una reforma del sistema de pensiones que tiene que ser sostenible y en el que, ¡maldición!, habrá que hacer algunos recortes.

Pero eso no importa, porque, al final, todo es posible. Como gritaba siempre Iglesias al concluir sus mítines: «¡Sí se puede! ¡Sí se puede!».

El movimiento se demuestra andando y el sábado en Valencia dio su primer paso un nuevo «proyecto de país». Un proyecto guay, en el que habrá mejor sanidad, se eliminará la precariedad laboral, la educación será mejor y desaparecerá la desigualdad. ¿Cómo se logrará ese paraíso en la tierra? ¿De dónde saldrá el dinero para hacer que España deje boquiabiertos a suecos y alemanes? No, eso el sábado no tocaba.

Si ya ese futuro prometedor, como de una sociedad sin clases a la que aspiraba Marx, y que ya vimos lo que daba de sí con Lenin y Stalin, suena un tanto quimérico, el instrumento que se propone para conseguirlo, un «movimiento sin partidos», resulta enternecedor, casi universitario.

Eso significa, en primer lugar, que Podemos (o Unidas Podemos) tendrá que diluirse en un batiburrillo de siglas y formaciones varias, dejar de ser el vehículo de la izquierda del PSOE, renunciar a su vocación de «nave nodriza», para ceder su organización, sus bases y sus votos, a un conglomerado de nombres. Si ya fue poco democrático que Iglesias ungiera a Yolanda Díaz como cabeza de lista de Podemos sin que las bases dijeran esta boca es mía, lo que se propone la vicepresidenta del Gobierno es aún peor: que, en atención a la popularidad que le atribuyen las encuestas, asuma de facto el liderazgo de la izquierda a la izquierda del PSOE sin que los militantes de los partidos que la componen se pronuncien. ¿Hay mejor ejemplo de populismo?

Los partidos tienen sus cosas malas, claro. Pero tienen algunas buenas. Por ejemplo, los congresos; los comités ejecutivos; unos estatutos, y ¡hasta un programa!, que debe ser debatido y aprobado por sus militantes. Burocracia, burocracia, debe pensar la ministra de Trabajo. El «movimiento», como a ella le gusta definir lo que Pablo Iglesias llama «Frente Amplio», ahorra muchos trámites.

El creador de Más País ha comunicado a su círculo íntimo que está dispuesto a subirse a la nave que pilotará Yolanda Díaz

El problema es que en ese movimiento habrá que distribuir las responsabilidades y, finalmente, puestos, cargos, y es ahí donde se produce, siempre se produce, lo que Yolanda llama «la guerra de egos». Si no, que se lo pregunten a Irene Montero o Ione Belarra, ausentes forzadas del acto de Valencia.

El movimiento, si quiere llegar vivo y con opciones a las próximas elecciones generales, tendrá que integrar a más nombres de peso, sobre todo si pretende orillar a Podemos. Y eso nos lleva necesariamente a Íñigo Errejón, la eterna promesa.

Hasta ahora, Errejón se había mostrado remiso a sumarse a la operación de Yolanda Díaz. Por mucho que Mónica García asuma que los madrileños la votaron a ella, en realidad lo hicieron por un partido, Más Madrid, que forma parte de un conglomerado llamado Más País, que engendró Errejón.

El diputado que, junto a Joan Baldoví conforma el exiguo grupo de Compromís/Más País en el Congreso, ha reflexionado sobre el asunto en los últimos días. Y, según fuentes bien informadas, tiene ya decidido aceptar entrar en el movimiento de Yolanda Díaz; eso sí, a condición de ser su número dos.

Errejón, un político con gran predicamento entre los periodistas y poco éxito entre los votantes, sabe que no puede perder este tren. ¿Competiría Más País con el movimiento de Díaz, llámese como se llame, en las próximas elecciones generales? ¿Para qué? ¿Para conformarse con obtener uno o ningún escaño?

Subirse a este carro ahora puede ser la mejor garantía para asegurarse un futuro mejor. Y, además, con el añadido de que el nuevo partido no estará dirigido, ni siquiera en la sombra, por su archienemigo Iglesias. Una dulce y fría venganza, me reconocerán. Errejón, nos lo podemos imaginar, ya se ve como portavoz en el Congreso de ese nuevo grupo, su nombre ahora es lo de menos, que mirará de tú a tú al PSOE y que tendrá a su ex compañero de aventuras apartado como un mueble viejo en el desván.

Es el momento Errejón. No tardará mucho en anunciarnos la buena nueva. La izquierda a la izquierda del PSOE sumará en su movimiento a unos de sus tribunos más brillantes y desde hace tiempo un tanto alicaído. Las masas quedarán boquiabiertas. Como dicen los periodistas deportivos: ¡aquí hay partido!