España

Ignacio Varela: "No tengo garantías de la subsistencia del PSOE después de Sánchez"

C. V.

Ignacio Varela (Madrid, 1954) quería volver a sentirse joven y hurgar en lo que quedaba de él con dieciocho años, cuando ingresó en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y se incorporó a su equipo electoral en los últimos años del franquismo con la advertencia de un Rodolfo Llopis (Callosa de Ensarriá, 1895 – Francia, 1983) que no creía que fuera posible derribar al régimen desde dentro del país. Le daba igual si el resultado era una novela, crónica, ensayo, o simplemente algo anecdótico con una portada que vistiera más o menos. Y de ahí Por el cambio, el análisis de la Transición, cuarenta años después, que publica de la mano de Ediciones Deusto. “Este libro es una mezcla extraña de cómo el PSOE, que era una sigla que prácticamente había desaparecido de la realidad española a principios de los años 70, se reconstruye y refunda a partir de un núcleo de militantes muy pequeño, entre los cuales está Felipe González, que en diez años se convirtió en la maquinaria política más formidable que ha conocido la democracia española. No es un libro de historia ni una crónica. Los que saben dicen que se parece más a un ensayo, pero a mí me da igual, escribirlo ha sido una tentación de hacer un viaje en el tiempo y, durante unos meses, volver a sentirme joven”, explica en una entrevista para El Independiente.

«Para Llopis ningún movimiento popular podría quebrar la maquinaria de poder resultante de la alianza del Ejército, la iglesia, la oligarquía y el aparato político del partido único que aglutinaba a todas las facciones del régimen. Y si tal cosa llegaba a producirse sería aún más alarmante, porque estaríamos ante una insurrección probablemente controlada por los comunistas que conduciría a un baño de sangre».

El analista y consultor político, que, tras la victoria de Felipe González en las elecciones de 1982, trabajó once años en La Moncloa como subdirector del gabinete de la Presidencia del Gobierno, escribe así un relato que da cuenta del entramado de relaciones, rivalidades y luchas de poder que marcaron la España de la Transición y forjaron la de hoy bajo el eslogan Bajo el cambio, y con la vista puesta en un Felipe González que hasta entonces se había movido en el entorno de los grupos cristianos de oposición. “Su ligazón a las siglas históricas, como para la pareja inicial de los dos Alfonsos (Guerra y Fernández Malo), no fue sentimental, sino el resultado de una elección racional: sabían que querían organizar un grupo de izquierda marxista que no fuera comunista y creían que el antiguo PSOE, convenientemente remozado y traído al presente, podría ser un buen recipiente”.

Aquello pasaba por disputar al Partido Comunista de España (PCE) la hegemonía en la izquierda; mantener a todo trance la autonomía del propio PSOE, incluso en las posibles plataformas unitarias con otras fuerzas de la oposición; aglutinar y unificar a todas las fuerzas socialistas del país bajo la misma sigla común; reconstruir a toda costa la UGT como sindicato de orientación socialista alternativo a Comisiones Obreras, espantando cualquier tentación de unidad sindical a la portuguesa o como la CGIL italiana; “y, por encima de todo, centrarse en la recuperación de la democracia”.

Pregunta. – ¿Cuáles fueron las claves que llevaron a Felipe González a la presidencia del Gobierno?

Respuesta. – El acierto estratégico del Felipe González fue desplazar el debate antes que nadie del método al contenido. Desde muy temprano, con toda claridad a partir de la muerte de Franco, el líder socialista identificó el concepto «ruptura democrática» no con el camino por recorrer, sino con su sustancia, que no era otra que obtener, en el punto de llegada, un cambio de régimen. Sus dos únicos puntos innegociables eran la democracia sin adjetivos como resultado, y la vocación constituyente del proceso. El motor de la transición española fue el miedo, y la sociedad dijo: este es el camino y estos los límites. A la gente le aterraba la posibilidad de que se reprodujera una confrontación civil, y envió un mensaje a los dirigentes políticos que Felipe González captó a la perfección. Cualquier cosa que no condujera a ello iba a ser castigado fulminantemente. Creo que hay dos claves en el éxito de Felipe González. Primeramente, no tenía ninguna clase de vínculo biográfico con la Guerra Civil, y eso para la sociedad española fue una garantía, y, además, comprendió mejor que ninguna otra fuerza política, cuál era el pulso de la sociedad española en aquel momento, que ya era una sociedad moderna. En este sentido, cuando se habla de la capacidad de seducción de Felipe González, me gusta plantearlo al revés, poniendo el foco en su extrema permeabilidad a los impulsos que le venían de la sociedad. Era un tipo que tenía una sensibilidad para captar el estado de ánimo de la sociedad y adaptarlo a su práctica política de una manera formidable. El modelo de liderazgo de Felipe González dirigió al partido desde una alianza previa con la sociedad y hacia un camino por donde probablemente otros no hubieran querido caminar.

P.- Tuvo mucho que ver también, sin embargo, su triunfo, con el derrumbamiento del partido del Gobierno y de Adolfo Suárez como armador de un partido y líder parlamentario

R.- Absolutamente. La de 1982 fue una votación más plebiscitaria que electiva. Solo así se explica la magnitud de sus cifras, que jamás se han repetido en España, ni creo que se repitan en un futuro divisable, no es un ejemplo. Felipe González construyó un proyecto que la gente conocía y quería: consolidar una democracia sin amenazas golpistas, introducir a España en la modernidad cuando estábamos ya en el tramo final del siglo XX, incorporarnos a Europa, y sentar las bases del Estado del bienestar. Aquello era lo que la gente suponía que González quería hacer y lo que, en términos objetivos, era necesario hacer en ese momento. En esa convergencia programática está parte de la clave de la victoria de 1982. La otra está claramente en el desplome del partido del Gobierno y la incapacidad ancestral de la derecha española para dotarse de un partido político de verdad, capaz de competir en democracia. También tuvo que ver en esto la frivolidad asombrosa de una colección de políticos de pega, acostumbrados a confundir su mundo con el mundo.

P.- ¿Fue muy fácil entonces la campaña en términos de estrategia política?

R.- Yo debuté en el equipo electoral del PSOE en el referéndum constitucional del 78. Esa fue la primera campaña desde la famosa sala de máquinas y desde entonces, añádele otras sesenta. La del 82, claro, fue la más trascendente, pero también la más sencilla. Lo único que hubo que hacer fue no equivocarse y dejarse llevar por el viento de cola. Sin duda, la más dramática y complicada fue el referéndum sobre la OTAN de 1986. La más profesional y de la que me siento más orgulloso técnicamente, las generales de 2008.

P.- ¿Y la más amarga?

R.- La de 2011 con Alfredo Pérez Rubalcaba y Elena Valenciano, ésa fue el reverso de la del 82: todo lo que hiciéramos era inútil y lo sabíamos.

P.- En libro incides en el los términos ‘relevo generacional’ ¿Por qué?

R.- El factor determinante para hacer posible la reencarnación del PSOE antes de la muerte de Franco fue la irrupción de un grupo organizado de activistas procedentes de Sevilla determinados a llevarse por delante lo que hiciera falta y armados con un plan y un líder. Justamente lo que nadie tenía. Pero a lo que me refiero con lo de generacional es que se entiende mal ese periodo si no entendemos que en España se produjo, precisamente, una ‘elipsis generacional’: amortizamos a una generación entera de personas que, en la Guerra Civil, con 15 y 16 años, no fue protagonista, y que, después, cuando terminó la dictadura, tenía más de sesenta años y ya se les había pasado el arroz.

A esa generación nos la comimos y lo que pasó es que muchos nos vimos abocados a hacernos cargo del país y a ocupar responsabilidades políticas a unas edades completamente inapropiadas por las que todavía estamos pagando una factura. Si observas la evolución de la política en los últimos cuarenta años, se han producido promociones políticas muy prematuras y jubilaciones políticas anticipadas. Hoy un político a los 40 años es una joven promesa y a los 60 está acabado. Felipe González, cuando entramos en la comunidad europea y se sentó por primera vez en el Consejo Europeo, era el más joven de todos. La media de edad de los que estaba allí era 12 años mayor que lo que él tenía. Era un crío. La sociedad española necesitaba romper claramente con el recuerdo de la guerra. Fraga y Carillo llamaban al pasado.

P.- Antes hablabas del ‘viejo PSOE’, cuánto tiene que ver con el de ahora

R.- Primeramente, te diré, y aunque esto sea algo que pone nerviosos a muchos, no se puede hablar de un partido con 150 años de historia, sino de unas siglas que han dado nombre a criaturas políticas completamente distintas a lo largo del tiempo. El partido que construyó González con los suyos, no tenía nada que ver en su esencia con el que estuvo cuarenta años en el exilio en Toulouse, y ese a su vez no tuvo nada que ver con el Partido Socialista de la República ni de la Guerra Civil. Son criaturas políticas distintas bajo el paraguas de la misma sigla que han ido mutando. En lo que hoy se sigue llamando PSOE, creo que se ha producido, en los últimos años, una nueva mutación.

P.- ¿Buena o mala?

R.- No sé qué va a pasar con el PSOE después de esta época, ni siquiera tengo garantizado que después de Sánchez esté garantizada la subsistencia del partido. Creo que después de esta legislatura, para mí la más improductiva de la democracia española, al PSOE le queda una larga travesía por el desierto. Tampoco tengo la certeza de la que socialdemocracia siga vigente, probablemente ya cumplió su misión. Habrá que ir hacia nuevas formulaciones. En Europa, lo que en su día representaron los partidos socialistas clásicos, se mueve más en torno al Partido Verde en Alemania, por ejemplo. Las fórmulas políticas del pasado están llamadas a periclitar.

La política de ahora es una pulsión muy distinta a la de antes, principalmente porque la dinámica española ha cambiado. Esto creo que plantea un problema muy gordo. Los señores que inventaron nuestro sistema institucional, precisamente por lo que había sido la historia de España, lo construyeron de tal manera que en España es completamente imposible plantearse cualquier reforma estructural de fondo, de lo que son los fundamentos del sistema, si no activas alguna clase de concertación o acuerdo transversal. Si se cortan todas las vías del entendimiento y se genera una dinámica de bibloquismo, que no bipartidismo, la consecuencia es que el país se para. En España polarización equivale a paralización, y las reformas se hacen imposibles. Lo más grave de lo que pasa hoy en nuestro país es que llevamos como mínimo una década perdida.

P.- ¿Es la fragmentación el problema?

R.- En España ha habido siempre distintos modelos políticos y eso no ha supuesto un problema aparentemente, pero sí lo es nuestra cultura imperante. Yo no creo en el centrismo como producto político, pero sí en la centralidad como espacio donde se construyen los consensos. Si se hace volar la centralidad y resulta que cada una de las fuerzas centrales está absolutamente condicionada e interesada en apoyarse en su socio extremista más que en entenderse en su propia fuerza central, nos dirigimos a un socavón. El riesgo que corremos en la política española hoy en día, es que nos encontremos con una polarización invertida. Si en los próximos cuatro años es el Partido Popular y Vox quienes están al frente, con la izquierda haciendo oposición de tierra quemada y bloqueándolo todo, estaremos en las mismas. Lo que estamos viviendo ahora en España es consecuencia del fracaso absoluto de una generación de dirigentes políticos que tiene todos los vicios de la vieja política y ninguna de sus virtudes. Creo además que hay que delimitar muy bien el concepto de liderazgo con el de jefatura y caudillaje. En la política española hay demasiados jefes y muy pocos líderes, y no es lo mismo.

La de Sánchez es la legislatura más improductiva de la democracia española

IGNACIO VARELA

R.- ¿Existe la alternativa para España fuera de la democracia representativa?

P.- Creo que es hablar de democracia representativa es, en realidad, una redundancia. Desgraciadamente o afortunadamente, no hemos sido capaces de inventar otro modelo democrático que funcione más que este. Pienso que en el momento en que se sustituye el principio representativo por el plebiscitario, se sustituyen también los liderazgos por los caudillismos y se bloquea todo. El mejor ejemplo es lo que está pasando en el Reino Unido, que es el templo de la democracia parlamentaria: en el momento en que ha optado por ese camino, el país se ha puesto patas arribas. Han traicionado sus fundamentos.

P.- En el 82 fue la sociedad quien marcó el camino, ¿tenemos la voluntad de marcarlo ahora?

R.- Esta es una reflexión muy interesante. ¿Cuál es el punto del cambio? La sociedad debe empezar a dar respuestas, a premiar a unos y castigar a otros. En España cualquier práctica política, por perjudicial que fuera para nuestro país, ha sido recompensada en las urnas. Mientras la sectarización de la política sea electoralmente premiada, no hay ningún incentivo para acabar con ella. En este sentido, me preocupa pensar que existe una sensación de que hay cosas garantizas, cuando en realidad no hay nada. La propia libertad, de hecho, la perdimos el día que la dimos por segura.

Esto me lleva a pensar otra cosa. Ha habido una generación, la mía, absolutamente privilegiada. Ha sido la primera generación mundial que ha vivido toda su vida adulta en libertad, sin guerras, sin pobreza, en prosperidad económica y sin grandes catástrofes naturales. Y la pregunta es: ¿Esto es para siempre o ha sido un paréntesis? ¿Y si lo que hemos vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hasta entrado el siglo XXI, ha sido la excepción, y lo que tenemos por delante es el regreso a la normalidad?

P.- En este sentido, el de dar respuestas y premiar a unos u otros, qué opinas de que el camino, para generaciones más jóvenes, no pase por la democracia

R.- Ese es el gran peligro y asusta. Me gustaría saber cuál es la alternativa. Cuando se habla de los partidos políticos, yo suelo decir que solo hay una cosa peor que ellos, que es su ausencia. En la historia de la humanidad nadie ha sido capaz de inventar nada mejor que la democracia para resolver civilizadamente los conflictos, que siempre van a existir. Todos los experimentos de superar a la democracia que conocemos conducen a la catástrofe o a la dictadura.

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