No lleva su habitual boina azul, sino una gorra negra con visera. Es julio en Madrid y José Manuel Villarejo (El Carpio, Córdoba, 1951) se apoya en su bastón antes de acomodarse en la sala de reuniones de la redacción de El Independiente. Se sienta, bebe un trago de café y advierte de que conserva la mente "afilada". Es uno de los principales acusados del 'caso Kitchen', cuyo juicio encara ya sus últimas semanas después de casi cuatro meses en los que la Audiencia Nacional ha desgranado la supuesta trama parapolicial organizada por el entonces Ministerio del Interior para espiar al extesorero del PP Luis Bárcenas entre 2013 y 2015. La Fiscalía mantiene para él la petición de condena más elevada de todos los acusados, 19 años de prisión. Villarejo, sin embargo, no da la batalla por perdida.

PUBLICIDAD

P. Lleva desde abril sentado en el banquillo por la 'operación Kitchen'. ¿Qué balance hace después de casi cuatro meses de juicio?

Es sorprendente que una causa que se ha presentado políticamente como algo terrible se haya montado casi en exclusiva con las anotaciones de mis diarios personales y con los audios. El fiscal ha considerado que esas anotaciones —reflexiones mías, cosas que me decía una fuente, planteamientos personales...— son la razón de ser de la acusación, porque, según ellos, "Villarejo no se miente a sí mismo".

PUBLICIDAD

Y sin embargo hay una contradicción grande: en muchos de esos diarios hablo de mis contactos con el CNI, de que me veo con Juan, con tal, con cual. Y cuando ha declarado alguien tan importante como Félix Sanz Roldán [exdirector del CNI], ha dicho que 'Villarejo jamás tuvo ninguna relación con el CNI'. Puede ser que yo me mintiera a mí mismo y quisiera hacerme el importante anotando cosas. Entonces, si eso no era cierto, ¿por qué van a ser ciertas las elucubraciones que yo hacía sobre la 'Kitchen'? Entiendo que es lo único que tienen: sin mi diario y esos audios —parte de ellos, de los 14 terabytes que me encontraron en los registros— no habría habido 'causa Kitchen'.

Pero bueno, entiendo que es una especie de justicia poética. Que un partido en el Gobierno, el PP, para el que hice tantos favores y al que tantas cosas me pidieron, fuera el que decidiera detenerme sin ser consciente de que se pegaba un tiro en el pie. No iban solo contra Villarejo, iban contra algo más. Entre otras cosas, contra el Cuerpo Nacional de Policía. Por mi detención cambiaron a todos los comisarios que estaban al frente de la seguridad del Rey por mandos de la Guardia Civil o del CNI, que al final era de lo que se trataba: de controlar esa información.

P. Ocho años después, ¿qué cree que fue realmente la 'Kitchen'?

La 'operación Kitchen' tal y como me la vendieron a mí, arranca porque un hombre brillante como era [el comisario] Enrique García Castaño falló a la hora de captar a determinadas fuentes. Como yo tenía cierta fama de ser bueno captando fuentes humanas, me pidieron que captara, entre otros, al chófer y guardaespaldas de esta familia, Sergio Ríos.

La razón de ser, tal y como me la vendieron, era encontrar documentación de Luis Bárcenas, porque él decía que podía "destruir la Corona" si no se le trataba bien, ya que tenía información del Rey Emérito: los mismos testaferros, los mismos fiduciarios, las mismas cuentas offshore. Mi convicción personal, y está demostrado porque lo han declarado altos cargos del Estado, es que inmediatamente después de que empieza este tema me ponen en contacto con el responsable de fuentes humanas del CNI e iniciamos una actuación muy reservada, precisamente porque afectaba a la seguridad del Estado. Como siempre decía Sanz Roldán: "hay que proteger al Señor". Y yo le contestaba que en mi tierra, en Andalucía, al Señor se le ponen dos velas.

Yo creo que Mariano Rajoy [entonces presidente del Gobierno] se aprovechó de la situación y pensó: "Ya que se va a trabajar de una manera tan discreta y confidencial, todo lo que pueda aparecer contra mí de los pagos, de los sobres... también lo podéis recuperar".

P. ¿Alguien le trasladó directamente ese encargo sobre Rajoy?

No quiero perjudicar a nadie porque el juicio todavía no está visto para sentencia, pero alguien muy próximo a Rajoy —con dos o tres intermediarios de por medio— me insistía tanto que me volvía loco. Lo que yo transmitía al secretario de Estado, y este al ministro Fernández Díaz, luego Rajoy no se fiaba y me mandaba a otros interlocutores para que le contara lo mismo. Yo decía: "Ya se lo he contado al ministro". Pero él no se fiaba de nadie, dada la obsesión que tenía con que no saliera a la luz lo que Bárcenas decía que guardaba. Mi convicción personal, al final, es que Bárcenas no tenía nada.

P. A día de hoy, ¿usted cree que alguien llegó a recuperar esa supuesta documentación de Bárcenas?

Nunca me reconocieron que se hubiera entrado. Mi convicción es que todo aquello era un farol de Bárcenas. Se sentía tan poderoso, tan soberbio, que por eso Rajoy nunca se atrevió a enfrentarse a él. Los audios que en gran parte consiguió Javier Pérez Dolset [empresario] —y que, por razones que no entiendo, el juez instructor Manuel García Castellón no consideró suficientes para imputar a mi en otro tiempo buena amiga María Dolores de Cospedal—, eran evidentísimos: ella estaba muy enfadada con Rajoy porque cada vez que él quería hacer algo contra Bárcenas, la mandaba a ella a decírselo, y ella se sentía "una mandada".

Rajoy odiaba a Bárcenas porque le tiraba el dinero por encima: cada vez que iba con los sobres, decía "toma". Porque estaba tan engreído... era el dueño del dinero. Alguna de sus fuentes próximas —con alguna de ellas me entrevisté yo mismo— le decían: "¿Por qué te has quedado con casi 60 millones de euros?". Y él contestaba que cuando llegaba tanta 'pasta', apuntaba solo la décima parte para que no se asustaran de cuánto dinero entraba: si venían con 600.000, él anotaba 60.000. Luego se inventó la historia de que su mujer, restauradora de arte, revalorizaba cuadros de 5.000 euros hasta los 500.000, para justificar el resto.

"Si hubiera tenido esas grabaciones, las habría utilizado"

Ese nivel de superioridad es lo que le hizo no tener que grabar nada: estaba por encima, no le hacía falta. Cuando se dio cuenta de que sí le hacía falta, ya era tarde, y por eso se inventó ese bulo. Si hubiera tenido esas grabaciones, las habría utilizado.

P. La Fiscalía mantiene para usted la petición de pena más elevada del juicio. ¿Qué lectura hace de esa acusación?

El fiscal actual no tiene más remedio que seguir la inercia de los dos anteriores, que para mí eran dos "malandrines": uno de ellos aprovechaba su condición para insultarme en el juicio, llamarme delincuente, cuando yo era un presunto. Me odiaba porque yo le trataba con desdén. Recuerdo que una vez, sabiendo que yo no iba a salir nunca de prisión, me preguntó: "¿y a usted por qué le llaman jefe?". Ese tipo de preguntas hace mucho daño en alguien con cierto sentido de superioridad, pero yo me he pasado la vida en la Audiencia Nacional y el Supremo y conozco casi todo. Por eso tuvieron que traer a un fiscal desde Roma, el único que llevaba años fuera y con el que yo no tenía relación reciente.

Ese es el problema: este fiscal no tiene más remedio que seguir la inercia de sus antecesores y hacer el ridículo de ponerme a mí como más importante que un ministro. Es esperpéntico. Igual me tendrían que haber hecho ministro directamente, o vicepresidente del Gobierno, digo yo. Pero es la necesidad de destruir a Villarejo como sea, porque los 14 teras de mi caja fuerte son como 'la Atapuerca' de los últimos 40 años de este país: en cuanto empiezas a escarbar, empieza a salir de todo, y todo el mundo tiene pánico a esas conversaciones, que en su inmensa mayoría grababa el CNI con mi autorización, porque a partir del año 2000 yo estaba inmerso en operaciones que requerían tenerme monitorizado por mi propio bien. Yo estaba convencido de que jamás serían tan irresponsables como para volcar todo eso en una causa penal en vez de, directamente, pegarme un tiro, que hubiera sido lo lógico en un país serio.

"Los 14 terabytes de mi caja fuerte son como 'la Atapuerca' de los últimos 40 años"

P. Una parte importante de su defensa consiste en sostener que actuaba coordinadamente con el CNI. Sin embargo, sus responsables lo han negado ante el tribunal. ¿Qué explicación tiene para esa contradicción?

Cada vez que oigo declarar a Sanz Roldán parece que el CNI no existe, que no ha hecho nunca nada: lo niegan todo. Entiendo que una institución tan importante debería despegarse de una vez por todas de esa dependencia que tenía respecto al Rey Emérito y dedicarse a defender los intereses de los españoles. Yo llevo advirtiendo desde 2010 de que proteger al rey emérito y a la familia real iba a crear un problema, y también advertí en 2014 sobre un tal Pedro Sánchez. Ese tipo de cosas no gusta, la gente prefiere la comodidad de no complicarse, y al convertirme yo en un testigo molesto, tocaba aniquilarme. Ahora, con lo de las cloacas del PSOE, también me meten a mí: parece que no puede haber una conspiración en España sin Villarejo.

P. Da por hecho que, sea cual sea la sentencia, recurrirá. ¿Cuál será el siguiente paso en los tribunales?

Ya estamos trabajando de cara a recurrir al Supremo y, si hace falta, al Constitucional. Afortunadamente no tengo todavía ninguna sentencia firme; las que tengo son por revelación de secretos. Entiendo que hayan condenado por eso, pero tendrán que justificar que estuve casi cuatro años en prisión preventiva —sin juicio, sin condena, "por si acaso"— hasta que la presidenta de la sección cuarta, ya fallecida, decidió ponerme en libertad, contra el criterio de la Fiscalía. Yo creo que la estrategia era que el juicio se celebrara conmigo en prisión.

Nota: Villarejo fue detenido en noviembre de 2017 en el marco del 'caso Tándem'. Permaneció en prisión provisional hasta marzo de 2021. Desde entonces ha sido condenado, entre otras resoluciones aún recurribles, a 19 años de prisión por delitos de revelación de secretos y falsedad documental en las piezas 'Iron', 'Land' y 'Pintor', y a tres años y medio por revelación de secretos en el denominado 'caso Dina'.

P. Usted sostiene que la prisión preventiva formó parte de una estrategia para impedir que pudiera defenderse. ¿Por qué está convencido de ello?

Fue una etapa muy dura, sobre todo psicológicamente. Yo al patio de la cárcel le llamaba 'el Tíbet' porque era el sitio donde me obligaba a caminar una hora al día para no venirme abajo. Me rompió por dentro. Durante la pandemia llegué a compartir celda dos meses con un interno condenado por asesinato y aquello fue muy complicado. Además, tenía las comunicaciones intervenidas, las visitas familiares controladas y vivía con la sensación de que todo estaba orientado a impedir que pudiera defenderme. Yo siempre tuve claro que, mientras estuviera en prisión, estaba completamente maniatado.