Imagine que un alto cargo de un Gobierno crea un fondo de inversión financiado con dinero público. Ahora que, poco después, ese dinero empieza a desaparecer a través de una red de empresas ficticias creadas para ocultar el destino real de los fondos. Imagine también que se abren cuentas bancarias en distintos países, se construye una compleja ingeniería financiera para borrar el rastro del dinero y se fragmentan las transferencias en cientos de operaciones de menor importe para dificultar su detección.
Ahora dé un paso más. Imagine que los responsables y su entorno comienzan a vivir rodeados de yates, mansiones, obras de arte valoradas en millones de dólares y otros bienes de lujo registrados a nombre de sociedades interpuestas. Que parte de ese dinero termina financiando una superproducción de Hollywood de tres horas protagonizada por Leonardo DiCaprio. Y que, un día, los informativos de todo el mundo abren con una cifra difícil de concebir: entre 4.500 y 6.000 millones de dólares de las arcas de un Estado se han esfumado. No es el guion de una película. Es el escándalo del fondo soberano 1MDB, considerado por muchos expertos como la mayor trama de corrupción financiera destapada hasta la fecha.
El origen del fondo
Era abril de 2019. Malasia quería convertirse en una potencia económica a nivel mundial. Najib Razak acababa de asumir el cargo de primer ministro de un país que llevaba décadas de crecimiento gracias al petróleo, la exportación de materias primas y el gas, pero no era suficiente: aspiraba a replicar el milagro económico de Singapur. Quería que Malasia se convirtiera en hub financiero del sudeste asiático.
Razak puso en marcha un ambicioso programa de modernización económica bajo la marca 1Malaysia, del que él mismo asumiría la presidencia del consejo asesor. El eje de la iniciativa era el fondo soberano 1Malaysia Development Berhad (1MDB), concebido para captar financiación en los mercados internacionales y destinarla a grandes proyectos de desarrollo. El plan contemplaba la construcción de centrales eléctricas, el impulso de iniciativas inmobiliarias, el desarrollo del turismo y la inversión en el sector energético. La estrategia se inspiraba en el modelo de otros fondos soberanos de éxito, como el de Noruega, que habían utilizado el capital público para impulsar el crecimiento y generar riqueza a largo plazo. Pero había una diferencia fundamental con el modelo que utilizaba el país escandinavo: en torno a 1MDB orbitaba un personaje que acabaría marcando el destino del fondo. Jho Low.
Jho Low, entonces, superaba por poco la treintena y no llegó a ocupar ningún cargo oficial, de hecho, nunca figuró como director del fondo y sobre el papel nada le relacionaba con 1MDB. Pero Low acudía a todas las reuniones y conocía a todas las personas que debía conocer: jeques de Oriente Medio, banqueros de Wall Street, y otras grandes fortunas que le serían muy útiles para sus operaciones posteriores. Nadie ha podido explicar con certeza cómo Jho Low cruzó las puertas de los círculos más exclusivos del poder económico mundial. Pero lo cierto es que allí estaba, codeándose con algunas de las figuras más influyentes del planeta.
El fondo 1MDB comenzó a necesitar financiación y así fue como empezó a recurrir a la emisión de deuda y a préstamos concedidos por grandes entidades financieras internacionales. El dinero, según la versión oficial, serviría para adquirir activos energéticos, construir centrales eléctricas, impulsar grandes desarrollos inmobiliarios y financiar proyectos destinados a convertir Malasia en un polo de atracción para la inversión extranjera.
Pero una parte de esos fondos nunca llegó a su destino. En lugar de financiar los proyectos anunciados, el dinero comenzó a desaparecer a través de una compleja red de transferencias internacionales. Salía de Malasia y reaparecía en cuentas bancarias en Suiza; desde allí viajaba a Singapur, pasaba por Luxemburgo y terminaba, en muchos casos, en sociedades pantalla registradas en paraísos fiscales como las Islas Vírgenes Británicas.
Cada transferencia estaba respaldada por contratos, acuerdos de inversión o préstamos que, sobre el papel, parecían perfectamente legales. A lo largo del camino iban apareciendo empresas con apariencia de grandes sociedades de inversión. Pero pocas tenían actividad real, y algunas, ni siquiera tenían empleados, oficinas o proyectos conocidos. Su verdadera función era servir de intermediarias para mover el dinero de un país a otro, dificultar el seguimiento de las transferencias y ocultar quiénes eran los beneficiarios finales de los fondos. Cada nueva sociedad añadía una capa más de opacidad, haciendo que el rastro del dinero se volviera cada vez más difícil de reconstruir para bancos, auditores e investigadores.
Cada movimiento alejaba un poco más el dinero de Malasia. Lo que había salido de un fondo público destinado al desarrollo de un país estaba convirtiéndose en una maraña de transferencias internacionales casi imposible de seguir. No era una inversión internacional. Era una macrooperación que buscaba sacar dinero del fondo público.
La intervención de Estados Unidos
Durante años, las operaciones pasaron inadvertidas. Pero en 2016 el rastro del dinero comenzó a despertar las sospechas de las autoridades estadounidenses. Buena parte de las transferencias se habían realizado en dólares y habían pasado por el sistema financiero de Estados Unidos, lo que otorgaba jurisdicción a sus investigadores y, sobre todo, aumentaba sus sospechas. Fue entonces cuando el Departamento de Justicia entró en escena.
Barack Obama ocupaba el cargo todavía en la Casa Blanca cuando los fiscales comenzaron a reconstruir el recorrido de miles de millones de dólares que, según las investigaciones, habían sido desviados de 1MDB. El dinero no se había empleado en financiar centrales eléctricas, proyectos urbanísticos o inversiones estratégicas, como se había prometido. En su lugar, había servido para adquirir algunos de los bienes de lujo más exclusivos del mundo. Entre ellos figuraban un ático con vistas a Central Park, un lujoso hotel en Beverly Hills, el superyate Equanimity, de más de 90 metros de eslora y equipado con helipuerto, así como una extraordinaria colección privada de obras de arte atribuidas a artistas como Picasso, Monet o Van Gogh. Lo que había nacido como un ambicioso plan para impulsar el desarrollo de Malasia se había convertido, según las autoridades estadounidenses, en una de las mayores operaciones de saqueo de fondos públicos investigadas hasta la fecha.
El dinero llegó a Hollywood y financió la producción de Scorsese, El Lobo de Wall Street a través de la productora Red Granite Pictures. Era la ostentación llevada al extremo. Miles de millones de dólares que habían sido captados para construir centrales eléctricas, desarrollar infraestructuras y modernizar el país acabaron transformados en caprichos de una élite. El dinero destinado al desarrollo público terminó financiando un lujo privado sin límites; recursos concebidos para impulsar la economía malasia que acabaron consumiéndose, casi literalmente, en el combustible de un yate de 90 metros de eslora.
Estados Unidos puso en marcha una operación sin precedentes que no solo perseguía llevar ante la justicia a los responsables del fraude, sino también localizar y recuperar los bienes adquiridos con el dinero desviado de 1MDB. El objetivo era rastrear el patrimonio repartido por medio mundo y devolver al Estado malasio los activos comprados con fondos presuntamente saqueados. La investigación dio lugar a una de las mayores operaciones de decomiso de bienes vinculados a un caso de corrupción y blanqueo de capitales emprendidas por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. A día de hoy, el caso sigue abierto y las autoridades continúan recuperando activos y fondos relacionados con la trama.
Las consecuencias no tardaron en abrirse paso en la sala de máquinas del poder político. Durante años, Najib Razak negó cualquier irregularidad y sostuvo que las acusaciones formaban parte de una campaña para desacreditar a su Gobierno. Sin embargo, en 2018, apenas unos días después de perder las elecciones generales, fue detenido por las autoridades malasias.
El primer juicio no giró directamente sobre el conjunto del escándalo de 1MDB, sino sobre SRC International, una antigua filial del fondo soberano creada para invertir en el sector energético y que, con el tiempo, quedó bajo el control del Ministerio de Finanzas de Malasia. Los investigadores concluyeron que millones de dólares procedentes de SRC habían acabado en las cuentas personales de Najib.
En 2020, un tribunal lo declaró culpable de los cargos que recayeron sobre él: abuso de poder, quebrantamiento de la confianza y blanqueo de capitales por el desvío de fondos de SRC International. Dos años después, el Tribunal Federal confirmó la sentencia y Najib ingresó en prisión para cumplir una condena de doce años, posteriormente reducida a seis por una decisión tomada por la Junta de Indultos de Malasia, motivado por unos argumentos que jamás se hicieron públicos; una situación que generó una importante frustración social. Pese a ello, el ex primer ministro continúa enfrentándose a otros procesos judiciales relacionados con el entramado de 1MDB.
¿Dónde está Jho Low?
En 2009, Jho Low era un joven financiero malasio educado en algunos de los centros más exclusivos del mundo, como la Harrow School de Londres y la Wharton School de la Universidad de Pensilvania. Probablemente esas estancias le ayudaron a fraguar una red de contactos poco común para alguien de su edad.
Low nunca ocupó un cargo en el Gobierno de Malasia ni desempeñó ninguna función oficial dentro de 1MDB. Sin embargo, las investigaciones posteriores lo señalaron como el principal arquitecto de la trama financiera que vació el fondo soberano. Actuó como intermediario en algunas de las operaciones más relevantes, impulsó acuerdos de inversión, abrió la puerta a potenciales socios internacionales y cultivó relaciones con bancos de inversión capaces de movilizar miles de millones de dólares.
Según las autoridades estadounidenses, esa posición oficiosa le permitió construir una sofisticada red destinada a ocultar el rastro del dinero. Para ello recurrió a sociedades pantalla como Good Star Limited, registrada en Seychelles, o Aabar Investments PJS Limited, constituida en las Islas Vírgenes Británicas con un nombre casi idéntico al de una filial legítima del fondo soberano de Abu Dabi para dotarla de apariencia de autenticidad. A través de ellas, y de una red de cuentas bancarias abiertas en países como Suiza, Singapur y Luxemburgo, los fondos eran transferidos de una jurisdicción a otra hasta hacer prácticamente irreconstruible su recorrido.
No fue un documento ni una transferencia lo que primero llamó la atención de los investigadores, sino su estilo de vida. Las interminables vacaciones en Saint-Tropez, las fiestas en Las Vegas y una exhibición constante de riqueza despertaron una pregunta inevitable: ¿de dónde procedía realmente su fortuna?
Las autoridades estadounidenses sostienen que Jho Low desempeñó un papel central en el desvío de miles de millones de dólares del fondo soberano malasio y lo señalan como uno de los principales arquitectos financieros del fraude. Él, por su parte, siempre ha negado las acusaciones y nunca ha comparecido ante un tribunal para responder por ellas.
El primer ministro acabó en prisión. El fondo soberano que debía transformar la economía de Malasia quedó desacreditado. Las autoridades de varios países lograron recuperar parte de los activos adquiridos con el dinero desviado. Sin embargo, el hombre al que los investigadores sitúan en el centro de la trama nunca fue localizado.
Desde hace años, su paradero es un misterio. Se le ha situado en China, Macao o incluso Oriente Próximo, pero ninguna de esas pistas ha permitido confirmar dónde se encuentra. Como el dinero que ayudó a hacer desaparecer, Jho Low parece haberse desvanecido entre sociedades pantalla, cuentas bancarias y fronteras. El escándalo de 1MDB terminó convirtiéndose en uno de los mayores casos de corrupción del siglo XXI; su principal artífice, en cambio, sigue siendo uno de los fugitivos más buscados y enigmáticos del mundo.
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado