Dos meses y medio después de la entrada masiva de miles de personas a través del litoral de Ceuta, y tras la visita de los reyes este martes, la crisis migratoria dista mucho de haber terminado en la ciudad autónoma. Lejos de los focos iniciales de la costa y tras el desmantelamiento de los campamentos improvisados en las playas, el peso de la emergencia se ha trasladado de lleno a las barriadas periféricas. Es el caso de El Príncipe, donde vecinos y migrantes conviven en un escenario de desgaste continuo y recursos desbordados.
El paisaje urbano de la barriada sigue condicionado por la presencia de cientos de personas que pernoctan a la intemperie, según relata la periodista Laura Rincón para la agencia EFE. A falta de plazas y techos estables, los propios residentes han ido delimitando de forma tácita los espacios para preservar la convivencia: los migrantes se instalan en márgenes de las calles, resguardados en callejones o junto a vehículos estacionados, utilizando mantas y ropa facilitadas por el vecindario. Al caer la tarde, decenas de ellos regresan de la zona centro en busca de cobijo y dependen de la ayuda directa o la limosna frente a comercios para poder alimentarse.
El día a día en la barriada refleja la parálisis de una situación que se prolonga en el tiempo y que ha terminado por generar ansiedad entre las familias de la zona. "Esto es muy duro para todos", lamenta un vecino del barrio, que retrata la dualidad del sentimiento vecinal ante la falta de ingresos y recursos de los recién llegados: "Una parte te da pena, porque ves a la gente pasando hambre y durmiendo en la calle, pero por otra parte necesitamos soluciones. El Príncipe y Ceuta no pueden seguir soportando esto en soledad".
Unos 2.000 migrantes en El Príncipe
Pese a que la convivencia se mantiene sin altercados graves, el malestar y la sensación de abandono institucional van en aumento. El presidente de la asociación vecinal de la barriada, Ahmed Efen-Dal, calcula que aún podría haber unos dos mil migrantes en el barrio tras el cierre de otros asentamientos provisionales. "No estamos cansados de ellos en sí, estamos cansados de la pena que nos da ver a la gente en estas condiciones y a niños deambulando por todos lados", señala.
Entre quienes duermen sobre el asfalto, junto a las ruedas de los coches, hay perfiles muy diversos que desmienten el cliché de la migración exclusivamente económica. Es el caso de un comerciante marroquí llegado a la ciudad en los momentos de mayor presión fronteriza. En su país disponía de una vivienda de 120 metros cuadrados y un negocio propio de venta de ropa, pero optó por cruzar a nado buscando un futuro distinto. "En Marruecos ganaba más dinero del que voy a ganar aquí, pero no vine por dinero. Vine por la salud de mi familia y los derechos de mi hijo", explica sobre la acera donde guarda sus pocas pertenencias. "Los vecinos del barrio son muy buenas personas, me han dado la manta para dormir, pero esto no es vida", confiesa.
A más de 60 días del inicio de la crisis, las barriadas de la periferia ceutí continúan absorbiendo el impacto humano de una emergencia sin resolver. Una realidad estancada en la que El Príncipe sobrevive atrapado entre la solidaridad inagotable de sus vecinos y la exigencia urgente de un plan de realojo y asistencia estatal.
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