El mar está cerca, apenas unos metros, con una extensa playa. El monte y las laderas verdes completan la imagen que el sol termina por convertirla casi en idílica. Basta con mirar a ese lado para disfrutarla… sin respirar. Al otro, a la derecha el viaducto que comunica Cantabria y Bizkaia, ya no hay olas ni arena, sólo tuberías kilométricas, depósitos gigantescos y un mar de estructuras y torres altas y pequeñas que expulsan humo y fuego. El olfato es el primero en avisar que nos acercamos a una refinería, la garganta le sigue con el carraspeo. Es la mayor infraestructura de refinado del petróleo y sus derivados en toda España. La imagen de bienvenida a Muskiz deja mucho que desear. También la de otros municipios cercanos de la comarca. Todos ellos están contaminados por las 220 hectáreas de superficie de la inmensa planta que abraza e invade la vida diaria de sus vecinos.

A la compleja instalación la circunda un carril bici por el que no paran de pasar ciclistas. A un paso de cebra de distancia está el polideportivo, a otro el Ayuntamiento y cerca bares, comercios y viviendas, muchas viviendas. Al olor inicial pronto se le suma el ruido. Al poco de llegar, una sirena que recuerda a la que alerta de posibles ataques aéreos, golpea al visitante desconcertado. No deja de sonar invadiendo la tranquilidad de la zona. Los locales ni se inmutan. La refinería, otra vez. Vete a saber qué será en esta ocasión.

Ellos ya apenas huelen. Los casi 7.500 habitantes de Muskiz hace tiempo que han anestesiado su olfato. Sólo se altera en ocasiones especiales, cuando el olor se hace insoportable. El fuego de las chimeneas tampoco les inmuta ya. El humo de las torres y las cenizas que en muchos casos llueven del cielo se ha convertido en una rutina que procuran que no entre en sus casas. Cerrar ventanas es lo más eficaz.

Llevan casi medio siglo así, de susto en susto, de olor en olor. Décadas en las que han visto cómo aquella madeja de tuberías y torres crecía sin parar. Hasta 1970 no había ni rastro de la refinería que hoy explota Petronor (Repsol) y que ha marcado la vida y debilitado la salud de la población. Hubo un tiempo en el que el hierro, las minas en las que se explotaba, generó riqueza y trabajo en la zona. Fue el motor del impulso industrial vasco. Entonces su impacto medioambiental no pareció un problema, tampoco su incidencia en las personas.

«No sabéis lo que se os viene encima»

El privilegio de la montaña, de su subsuelo, sumado al de la cercanía del mar ha definido este punto del mapa. El cercano ‘superpuerto’ de Bilbao lo convirtió en el ideal para abrir otra vía de generación energética una vez agotada la explotación férrea, el petróleo y sus derivados volverían a reactivar la zona. Muskiz y la cercana Abanto-Zierbena estaban llamadas a acoger una de las mayores refinerías de Europa: “No sabéis lo que se os viene encima”, recuerda Begoña que advirtió a los vecinos un alto directivo de la compañía. No se equivocó.

En enero Begoña Suárez Ereño cumplirá 92 años. Conoció el pueblo sin refinería. Recuerda que entonces se podía respirar, el salitre del mar cercano y el aire de las montañas aún les visitaban: “Hoy hay muchos días que no se puede”. A su lado, Sara Ibáñez lo confirma. La calidad del aire y el entorno está contaminado. Eso pasa factura. Ella sabe de lo que habla. Como médico de familia de la sanidad pública estuvo destinada en la comarca durante 35 años. “He vivido cosas muy duras”, asegura. Por su consulta pasaron la mayor parte de los embarazos de la zona y en ellos ha visto demasiados casos de malformaciones, enfermedades raras y dolencias extrañas, algunas casi únicas en el mundo y sin apenas bibliografía médica: “Puedo decir que muchos casos excepcionales en el mundo me han tocado a mí y eso no es casualidad”.

Empresas de tal envergadura también tienen otra cara. Su implantación y crecimiento supone empleo, es riqueza económica para la comarca y estabilidad para el futuro. Terminada la veta minera, la refinería de Petronor podía ser el nuevo asidero para cientos de familias. Aún hoy lo es. Un gigante del petróleo supone además un montante anual muy relevante en forma de pago de impuestos para las instituciones. Es ahí donde se genera el conflicto, donde el dinero logra silenciar, asustar o forzar que se mire hacia otro lado.   

Musiz

Muskiz

Municipio vizcaíno, fronterizo con Cantabria, de apenas 7.500 habitantes. En 1970 Petronor inauguró la refinería que hoy abarca una superficie de 220 hectáreas.

La compañía, que emplea a muchos vecinos de la comarca, financia con pequeñas subvenciones a grupos culturales y deportivos de la zona. La empresa es, además, uno de los principales contribuyentes de la hacienda vizcaína.

Manuela Martín Aguilar ha vivido, como casi todos en el municipio, ese dilema: resignarse por la seguridad económica o denunciar el impacto y no callarse. Ella se decanta por la segunda opción. Reconoce que Petronor ha sabido controlar la crítica durante mucho tiempo. Lo ha hecho dando empleo y apoyando a organizaciones, colectivos y movimientos promovidos por los vecinos. Pequeños patrocinios, subvenciones: 500 euros para el coro, otros tantos para el teatro, alguno más para el equipo de fútbol del pueblo, para la asociación de… “Hay gente que cree que es un mal menor, que como contaminar van a contaminar de todos modos, al menos que nos den un dinero. Yo soy de las que cree que así está comprando nuestro silencio y eso es indecente”.

Nos están matando, literalmente. Sabemos que lo que respiramos son partículas que nos están enfermando. Aquí las tasa de cáncer y de enfermedades son de ponerte los pelos de punta».

Manuela martin. Vecina de la comarca.

¿Dinero o salud?

La disyuntiva se planteó en el coro en el que canta, el Grupo coral de Mujeres de San Fuentes. “No nos llegaba con la subvención del ayuntamiento y hubo quien pidió subvención a Petronor y nos la dieron. Algunas se opusieron, querían seguir financiando el coro como siempre, con los ingresos de los mercadillos, venta de pasteles y cosas así que organizábamos para pagar los gastos”. También en el grupo de teatro ‘Juego de damas’ de Maite Zuazola, la compañía petrolera estuvo dispuesta a echar una mano con sus ingresos: “Cuando llegué al grupo hace ocho años ese debate estaba resuelto, habían aceptado el dinero, la subvención”.

Después llegó la estrategia de imagen de la compañía en forma de petición para participar en el calendario anual de las organizaciones a las que apoyaba con sus subvenciones. O en forma de petición para cantar en algunos de sus actos, como sucedió con el coro de Manuela: “Nos están matando, literalmente. Sabemos que lo que respiramos son partículas que se nos meten y vamos enfermando. Aquí las tasas de cáncer y de enfermedades son de ponerte los pelos de punta”, apunta.

Las preguntas que sobrevolaban aquellos grupos culturales y sociales se repetían a medida que la compañía ampliaba su estrategia de concesión de patrocinios. Aquellas ayudas podrían desactivar futuras  movilizaciones en su contra. ¿Se debe aceptar una subvención de la empresa que contamina y daña la salud de todo el entorno? ¿No es incoherente rechazarla mientras el pueblo se enriquece y beneficia en forma de empleo?

Es la realidad que se refleja en el cortometraje que ha encandilado a público y crítica allá donde se ha exhibido. “Cuerdas”, de Estibaliz Urresola, la relata en 29 minutos. Lo hace inspirada en casos como los del coro de Manuela o el grupo de teatro de Maite. La madre de Estíbaliz canta en un coro y eso le llevó a concentrar el relato en uno de ellos. La historia que plantea es sencilla. El ayuntamiento retira la cesión del local de ensayo y fuerza al coro de mujeres a buscar recursos para alquilar otro y evitar su disolución. La fractura entre las partidarias y detractoras de aceptar la ayuda de la petrolera, mientras se entremezclan los problemas de salud en algunas de sus integrantes, completan el cortometraje. “El título es una síntesis de lo que se quiere contar. Un grupo de mujeres de un coro, que cantan con sus cuerdas vocales, que necesitan el aire que respiran para cantar y reivindicar, y que demuestran que para nada están locas como para enfrentarse a la empresa que todo lo controla”.

«Como médico, he vivido cosas muy duras. He visto demasiados embarazos con malformaciones o enfermedades raras casi únicas en el mundo».

Sara Ibáñez. Doctora en muskiz.

La voz de las mujeres

Urresola conoció su historia en un acto en el que intervino la doctora Sara Ibáñez. Aquel relato le trasladó cinco años atrás, cuando visitó Muskiz para realizar una compra y descubrió aquel mar de luces interminables que iluminaban la refinería en un atardecer: “Me quede entre horrorizada y fascinada por aquella imagen magnética. De algún modo, entonces lo entendí todo, el impacto que tenía la planta en la vida de aquellas mujeres”.

No significarse contra la compañía es otra de las opciones por la que muchos optan en el pueblo. “Es comprensible. Muchos tienen a sus maridos trabajando allí o a algún familiar y tienen miedo, claro”, asegura Manuela: “En mi coro al principio muchas optaron por esa posición, pero finalmente han participado todas en el corto”. Manuela afirma que las cosas han cambiado, que ya no es como antes, cuando el silencio y el temor atenazaba mucho más: “Ahora la conciencia de la gente del pueblo ha comenzado a despertar. El peaje que hemos pagado es muy alto. El dinero de los grandes oligarcas ha salido de aquí, de la cuenca minera, de la refinería… y nos han dejado todo lleno de túneles y lindane”.

Sara apunta cómo en un pueblo vecino todas las organizaciones que firmaron un manifiesto contra la ampliación de una térmica dejaron de recibir la subvención, “este es un mecanismo de control, está claro”. Esta doctora jubilada aún recuerda los años más duros, como el 2008, en el que el número de casos extraños se disparó. “El problema es cómo relacionar esos casos con el impacto de la refinería, es difícil, aunque pueda parecer evidente. Todo esto no puede ser una casualidad. Y lo peor es que ellos lo saben y juegan con eso”.

La situación empeoró en 2013 tras la puesta en marcha de la planta de coke dentro de la refinería. Sara detalla que en ella se queman residuos de petróleo que van dejando un polvo en el aire, al que se suma el generado por el ir y venir de camiones del puerto a la refinería y viceversa y que en muchos casos el viento convierte en una lluvia de cenizas: “Todo eso te va generando un picor en la garganta, te revuelve el estómago, te deja fatal”.

¿Se debe aceptar una subvención de la empresa que contamina y daña la salud de todo el entorno? ¿No es incoherente rechazarla mientras el pueblo se enriquece y beneficia en forma de empleo?

Mayor concienciación

La más veterana del grupo, la presidenta de honor de ‘Meatzaldea Bizirik’, la plataforma vecinal en defensa de la comarca, es Begoña. Es la imagen del cortometraje y del grupo creado para impulsar la movilización contra el impacto pernicioso de la central. Representa el valor de las mujeres, de su voz y su lucha: “Esto va a escocer mucho. Ellos (Petronor) no pensaban que fuera a pasar algo así, que fuera a tener la repercusión que está teniendo”.

“He visto muchas veces el cortometraje y me sigue emocionando. Lo ves y te vuelves a preguntar cómo es posible que estemos viviendo así”, apunta Maite. Ella reside en la cercana Ortuella pero cuando el viento quiere, sufre de modo similar el impacto: “De toda esta zona se llevaron primero el hierro y nos dejaron todo como un queso gruyere y un entorno contaminado. Ahora nos siguen poniendo empresas contaminantes. Confío en que con iniciativas como esta logremos reforzar la concienciación y movilizarnos para pararlo. Tenemos una oportunidad. Mira cómo tenemos los montes, el suelo, el agua, todo envenenado. O despertamos o si no…”.   

Cartel de cuerdas
Cartel de cuerdas

El cortometraje de Urresola se rodó en noviembre del año pasado. En él se subraya el papel de las mujeres como luchadoras y protagonistas de una voz que se resiste a resignarse. Tras semanas de ensayos, el rodaje dio sus frutos. La cinta se ha estrenado en el Festival de San Sebastián, ha recibido una decena de premios, el último este viernes en el MedFilm Festival de Roma y opta a ser seleccionada en los Goya y los premios Forqué.

Por el momento, las chimeneas seguirán contaminando, el aire carraspeando y las sirenas alertando. Pero con ‘Cuerdas’ ha subido la concienciación y la reivindicación ha subido varios peldaños. Ya no bastará con pequeñas subvenciones para guardar silencio, justificar o mirar hacia otro lado. No al menos como hasta ahora. Y quién sabe, quizá el final del mar de depósitos, chimeneas y tuberías que desde hace 52 años contamina sus vidas esté más cerca de ser desmantelado.