El queso huele a putrefacto. El mal olor lo producen moléculas como el ácido isovalérico, típico del olor rancio a pies, o el ácido butírico, característico del sudor. La aversión a estos olores es instintiva; nos ayuda a protegernos de una posible intoxicación. Superamos este rechazo y comemos el rico alimento gracias a la cultura.
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