Un café solo expreso para él y un café con leche para quien pregunta. En medio del tintineo habitual de la cafetería, Chema Molina recuerda cómo empezó todo. No fue en un garaje de Silicon Valley, sino en las aulas de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid. Durante su doctorado, Molina se chocó de frente con un problema técnico que traía de cabeza a la industria eléctrica: diseñar un transformador -esa pieza clave que permite desde cargar un teléfono móvil hasta alimentar un satélite o un centro de supercomputación- era una auténtica pesadilla.
Durante décadas, la ingeniería tradicional había esquivado las complejas ecuaciones físicas de los transformadores mediante un método artesanal, hacer cálculos sencillos en una hoja de excel, montar un prototipo en el taller y rezar para ver si funcionaba. Un proceso de ensayo y error que podía prolongarse durante años. Aquello llevó a Molina a fundar Frenetic en 2018, logrando su primera ronda de inversión en Madrid en 2019. Su idea era muy clara, utilizar algoritmos de inteligencia artificial no para sustituir la física, sino para crear métodos de diseño infinitamente más rápidos y eficientes.
Hoy, con la empresa instalada en San Francisco y trabajando para clientes de la talla de la NASA o Apple, este ingeniero español analiza sin rodeos la evolución de la tecnología, los mitos sobre el "apocalipsis" de los robots, el brutal impacto energético de los datos y las oportunidades que se abren para el futuro.
Del palillo a la motosierra
Para entender lo que está pasando hoy con la inteligencia artificial, Molina echa la vista atrás. En los primeros años de la 'startup', entre 2018 y 2024, la IA que empleaban era muy limitada. Se dedicaban a medir datos en el laboratorio para entrenar un modelo pequeñito capaz de acelerar algunos cálculos. Pero en 2024 llegó el verdadero salto con la arquitectura de los transformers y la irrupción de laboratorios como OpenAI o Anthropic.
P. Lleváis en marcha desde 2018. ¿Cómo habéis vivido este salto técnico tan rápido en vuestro día a día?
R. El cambio ha sido totalmente radical. De 2018 a 2024, lo único que podíamos hacer era usar la IA para acelerar cálculos sencillos. Medíamos datos en el laboratorio y con eso entrenábamos un modelo muy pequeño y con apenas una o dos capacidades. En 2024 nacen los modelos de los grandes laboratorios gracias a la arquitectura de transformers. De repente, es como si antes tuvieras un palillo de dientes para intentar cortar un árbol e ir rascando poco a poco, y de la noche a la mañana te dan una motosierra. Ahora estos modelos son capaces de razonar y crear algoritmos de diseño, algo que era sencillamente imposible con lo que teníamos antes.
P. ¿Y cómo reaccionó el sector eléctrico tradicional cuando les dijisteis que ibais a diseñar transformadores con IA?
R. Cuando en 2018 hice la primera presentación proponiendo diseñar transformadores con inteligencia artificial, toda la industria se rio de mí. Me tomaban por loco. Esa reticencia duró tranquilamente hasta 2022. Las industrias tradicionales son muy pesadas y tienen un recelo natural a estos cambios. Todavía hoy, cuando me siento con un cliente, es muy habitual que me pregunte con tono de duda dónde utilizamos exactamente la IA, para asegurarse de que no la estamos usando de forma errónea en cálculos científicos que deben resolverse de manera analítica.
Democratizar la luz y enviar datos al espacio
Más allá de la eficiencia técnica, la meta de Frenetic tiene una vertiente social evidente. Cerca de un 25% de la población mundial no tiene acceso a energía eléctrica en su vida diaria. Y el problema no es que no tengan sol o viento cerca, sino que no disponen de los transformadores necesarios para convertir esa corriente y poder usarla. Si la tecnología permite reducir el coste de diseño casi a cero y multiplicar la velocidad del proceso entre 10 y 50 veces, llevar la luz a zonas desconectadas se vuelve una realidad alcanzable.
Sin embargo, el despliegue de esta misma tecnología plantea un gran reto en la Tierra, el consumo de energía de los centros de datos. Las protestas recientes en lugares como Aragón por el uso del agua y la expropiación de suelo reflejan una inquietud creciente.
P. ¿Debemos preocuparnos por la factura eléctrica que generan los centros de datos que alimentan a la IA?
R. Un centro de datos es, en el fondo, una fábrica. Por las pérdidas que ocurren al transformar la energía, por cada unidad que consume el centro necesitas generar hasta 120 veces más energía en el origen. Eso plantea dos problemas: la generación de la corriente y su transformación óptima para no perder energía por el camino. Para un país como España, con muchísimo sol, los centros de datos son un activo económico brutal para atraer negocio, aunque generen fricciones locales.
P. De hecho, se habla ya de instalar centros de datos fuera de la Tierra...
R. Sí, totalmente. Justo enfrente de nuestro edificio en San Francisco están las oficinas de Y Combinator, de donde ha salido Star Catcher, una empresa que ha levantado más de 300 millones de dólares para poner centros de datos en el espacio alimentados con paneles solares. En el espacio no tienes problemas de espacio físico, no hay trabas regulatorias y dispones de energía solar constante sin depender de la red eléctrica terrestre.
Geopolítica, regulación y el mito de las tostadoras
Al hablar de la vida en San Francisco, Chema Molina describe un ambiente impregnado de entusiasmo. Mientras en Europa preocupa la regulación y figuras como Bill Gates advierten de riesgos elevados, el foco en Silicon Valley está puesto en la competición tecnológica entre Estados Unidos y China.
P. ¿Hay intención real en Estados Unidos de frenar el avance de la inteligencia artificial?
R. No creo que estén frenando el desarrollo internamente. Hay una carrera internacional clarísima entre Estados Unidos y China, muy parecida a la carrera espacial que hubo con los rusos en la Guerra Fría. La mentalidad americana es salir a ganar. A lo mejor frenan la publicación de algunos modelos porque el mercado aún no da abasto para asimilar lo que hay, pero la investigación no se detiene.
P. Ante las alertas sobre una IA fuera de control, ¿sientes miedo por lo que pueda pasar?
R. Yo siempre he sido muy escéptico con el discurso apocalíptico. Como dicen los humoristas españoles como Maldonado cuando imaginan el fin del mundo, no nos van a perseguir las tostadoras. Intentar regular la inteligencia artificial caso por caso es un trabajo infinito en tiempo y en espacio porque la tecnología avanza muchísimo más rápido que las leyes. Lo que debe hacer la regulación no es frenar la técnica, sino detectar los usos malintencionados, como evitar que un modelo pueda vulnerar sistemas de defensa. Además, al crear modelos más avanzados también estás construyendo un "castillo" para protegerte.
Matar moscas a cañonazos
Existe además una distancia enorme entre lo que puede hacer la inteligencia artificial y el uso real que le da la mayoría de las personas. Mientras las tecnológicas ofrecen tarifas planas de 20 euros -que están subvencionadas, pues la consulta real en servidor es muchísimo más cara-, la mayoría del público utiliza estos modelos para tareas muy sencillas o búsquedas básicas.
Por otro lado, la privacidad se ha convertido en un asunto delicado. Al usar herramientas gratuitas, los usuarios regalan información de entrenamiento a las grandes plataformas. Esto ha llevado a que muchas empresas prohíban estrictamente a sus empleados subir documentos internos o secretos comerciales a la red.
P. ¿Cómo ves el panorama de la IA para los próximos dos o tres años?
R. Nos quedan al menos dos años de crecimiento y aceleración muy fuertes. Pero la tecnología avanza tan rápido que ni siquiera somos capaces de crear casos de uso para aprovechar toda su potencia. Estamos ante la paradoja de que, a este ritmo, en dos años tendremos una inteligencia artificial capaz de descubrir la cura del cáncer y la estaremos utilizando simplemente para traducir un texto. La verdadera fuerza de la IA no es hacer consultas sencillas, sino resolver los grandes retos técnicos y científicos de la humanidad.
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