Economía

Andrés Pedreño, economista experto en IA: "Europa se ha convertido en una burocracia lenta sin jugar en las grandes ligas tecnológicas"

Andrés Pedreño, autor de 'El futuro de la Inteligencia Artificial: Manual de supervivencia'
de 'El futuro de la Inteligencia Artificial: Manual de supervivencia'

La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta tecnológica, sino un factor de producción autónomo que ya está redefiniendo el panorama económico mundial. El economista y especialista en esta tecnología, Andrés Pedreño (1953, Murcia) presenta su El futuro de la Inteligencia Artificial: Manual de supervivencia, una obra que se publica tras dos años de investigación donde el escritor denuncia la "cultura del riesgo" y la parálisis regulatoria que mantiene a Europa como un "diplodocus dormido" frente a la dominación de EE.UU. y China. A menos de un mes del IX Congreso de IA organizado por El Independiente en Alicante, Pedreño charla con este medio y advierte de la urgencia de reestructurar las aulas universitarias para promover el pensamiento crítico hasta la propuesta de destinar los 800.000 millones de gasto en defensa hacia la soberanía tecnológica europea para evitar el declive competitivo del tejido empresarial e institucional.

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Pregunta: P: ¿De dónde nace la idea de incluir la palabra «supervivencia» en el título? ¿No cree que corre el riesgo de generar más tensión?

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Respuesta: El concepto de supervivencia responde a un enfoque económico y estratégico integral, más allá del debate coyuntural sobre las amenazas de la tecnología. En la primera parte del libro realizo un diagnóstico preciso sobre la tecnología existente, ya que con frecuencia se confunden conceptos como la IA generativa y la IA agéntica, o existe división entre los propios expertos sobre el horizonte de la inteligencia artificial general (AGI).

Desde el punto de vista económico, si un país o una empresa no adopta rápidamente una IA fiable, segura y local, sufrirá una desventaja comparativa severa en productividad y empleo. Para explicar esta transformación, sostengo la tesis de que la IA debe considerarse un tercer factor de producción autónomo, junto al trabajo y al capital. A diferencia del factor humano, donde formar a un ingeniero especializado puede requerir cuatro o cinco años, es posible desplegar millones de agentes de IA autónomos en cuestión de segundos para cumplir metas complejas. En el futuro, combinada con la robótica avanzada, la IA podrá sustituir no solo al trabajo, sino también al capital.

Ante esta magnitud de cambio, propongo que los países creen un Ministerio de Inteligencia Artificial con rango de Vicepresidencia del Gobierno, capaz de coordinar áreas estratégicas como defensa, agricultura, industria y educación. En el plano europeo, la supervivencia implica cerrar la brecha de competitividad frente a EE.UU. y China mediante una inversión estratégica. Europa debe destinar sus compromisos de gasto en defensa (alrededor de 800.000 millones de euros, en línea con el informe Draghi) no a «chapa y pintura» —tanques o aviones convencionales—, sino a inteligencia y ciberseguridad, logrando un verdadero «efecto Airbus» y autonomía estratégica.

Finalmente, respecto a los riesgos y al problema del alineamiento ético en superinteligencias futuras, debemos establecer guardarraíles y capas de seguridad. Dado que los modelos han sido entrenados con literatura e información humana repleta de conflictos y trampas, resulta inspiradora la propuesta del científico Geoffrey Hinton de dotar a los sistemas de «instintos maternales» para garantizar el respeto hacia la humanidad como su creadora.

P: En el libro comparas a las empresas y a Europa con el «diplodocus dormido». ¿Por qué hablas de diplodocus dormido?

R: Hablo de diplodocus dormido porque, mientras Estados Unidos y China han construido una cultura de la oportunidad, en Europa ha predominado una cultura del riesgo. China entendió desde la publicación de su Libro Blanco que la IA era la vía para alcanzar la hegemonía económica y militar, logrando que el país vibrara colectivamente cuando la IA venció al campeón mundial de Go. Por su parte, Estados Unidos ha desarrollado una industria de gigantes tecnológicos donde apenas ocho empresas equivalen al producto interior bruto de toda la Unión Europea.

Europa se ha convertido en una estructura lenta y burocrática que pretende fijar las normas del juego global sin tener los equipos ni jugar en las grandes ligas tecnológicas. En el tejido empresarial, el escepticismo de directivos y la falta de visión impiden aprovechar incrementos de productividad que pueden multiplicarse por cien mediante la automatización segura y trazable. Es imprescindible despertar a este diplodocus mediante una regulación eficiente y no preventiva o burocrática. El fuego tiene que quemar: debemos asumir riesgos razonables, permitirnos cometer errores para aprender de ellos y no frenar la innovación antes de tiempo.

P: Hablas de integrar la IA en economía, defensa, sanidad, agricultura... ¿En la cultura también va a tener la IA un papel, si debería tenerlo? ¿Puede ser la IA un generador de cultura?

R: Sí, rotundamente. Debe desarrollarse una auténtica cultura en torno a la cointeligencia. La inteligencia artificial ya se está integrando en las industrias creativas y culturales, potenciando la capacidad de los creadores para profundizar en sus obras.

Si superamos los prejuicios y la visión enfocada exclusivamente en los riesgos, la IA nos permitirá configurar una sociedad más avanzada capaz de abordar grandes desafíos humanos y científicos, como la regeneración medioambiental o la búsqueda de vacunas y tratamientos para enfermedades graves como el cáncer. La cointeligencia debe calar en el trasfondo cultural y en la propia conformación de la sociedad.

P: Si delegamos nuestras tareas a la inteligencia artificial, ¿podemos correr el riesgo de convertirnos en perezosos intelectualmente o todo lo contrario?

R: No lo creo, siempre que acometamos la reforma profunda que requiere el sistema educativo. A lo largo de la historia se han repetido temores similares: cuando se inventó la imprenta se pensó que perderíamos la memoria al no tener que memorizar los textos sagrados o las Confesiones de San Agustín, y algo parecido ocurrió con la llegada de la calculadora. El ser humano simplemente ha liberado su memoria para dedicarse a tareas de mayor nivel.

Con la IA, el esfuerzo humano debe centrarse en formular preguntas difíciles y complejas a los modelos, ya sea sobre física cuántica o sobre estrategias de mercado. Esto exige abolir la clase magistral tradicional de hace 800 años, donde los alumnos se aburren porque la IA les explica los conceptos en cinco minutos mejor que el profesor. Las aulas deben convertirse en espacios vibrantes de debate, pensamiento crítico y pasión, donde el docente actúe como moderador y los estudiantes discutan las respuestas obtenidas por sus modelos.

En el ámbito profesional del periodismo ocurre lo mismo: una noticia redactada de forma fría por una máquina es inconfundible frente al trabajo con emoción a flor de piel de un periodista en la calle que transmite la vivencia directa del terreno.

P: Ha leído la última encíclica del Papa, Magnifica Humanitas. ¿Qué piensa?

R: Me parece un pronunciamiento muy correcto, oportuno e inteligente. La Iglesia ha estado a la altura de las circunstancias ofreciendo un discurso inspirador y ético. Lamentablemente, esa misma altura de miras no se observa en la Unión Europea ni en los liderazgos políticos globales actuales, por lo que las reflexiones del Papa resultan una guía relevante en este momento.

P: En una palabra, ¿cómo describiría el papel hasta hoy de Europa en el desarrollo de la IA?

R: Insignificante.

P: ¿Y el de Estados Unidos?

R: Liderazgo.

P: ¿Y el de China?

R: Increíble.

P: ¿Y el del Gobierno de España?

R: Voluntarista

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