En El Independiente siempre hemos creído en la capacidad de la Inteligencia Artificial para cambiar las cosas. Cuando hicimos el Primer Congreso en Alicante, hace ya nueve años, parecíamos unos frikis, pero ahora todo el mundo utiliza la Inteligencia Artificial, desde los estudiantes, a los jubilados; ingenieros, abogados, y, por supuesto, los periodistas la usamos a diario. Ahora es normal escuchar en el tren una conversación que concluye con un definitivo: "Se lo voy a preguntar a Chatgpt".
Lo dije hace unos años en este foro: la IA supone una revolución de mayor alcance incluso que internet. Estamos ante un cambio tan profundo que no adivinamos siquiera hasta dónde nos puede llevar. Tanto en el desarrollo del conocimiento, como en los peligros que conlleva el uso de una herramienta tan poderosa.
Ahora nos enfrentamos a dos tipos de miedos. Uno financiero y otro que tiene que ver con la seguridad.
Recuerdo que un día, cuando estábamos cerrando la lista de participantes en este Congreso, me llamó Antonio Miguel Carmona y me preguntó: "¿Has visto los resultados de Anthropic?". Estamos hablando de una de las estrellas a escala global de la IA, cuya valoración para una próxima OPV se estima en 2 billones de dólares. Pues bien, en 2025, Anthropic tuvo unas ventas de sólo 4.600 millones y unas pérdidas de 42.000 millones. La valoración actual de la compañía se aproxima al billón de dólares. ¿Valen tanto dinero estas empresas o se está creando en torno a ellas una burbuja especulativa?
Yo diría que el miedo a los problemas de seguridad de la IA es real, pero se está exagerando para ocultar el temor al estallido de la burbuja en torno a las empresas punteras de IA. Tengan en cuenta que Nvidia, por ejemplo, vale en bolsa 5,5 billones de dólares, más de dos veces y media del valor del PIB de España, y más que el PIB de cualquier país, a excepción de EEUU y de China.
Durante el mes de septiembre, algunos zares de la IA, como Dario Amodei (Anthropic), Ellon Musk o Sam Altman {Open Al), abogaron por poner freno al desarrollo de la Inteligencia Artificial. Hay que avanzar más despacio, advirtieron, porque necesitamos dar mayores garantías de seguridad.
Sin embargo, Donald Trump terció en el debate afirmando: "Quien gane la batalla de la IA, gana". El presidente de Estados Unidos sitúa esa carrera en el plano netamente geopolítico, una competición directa con China por la supremacía mundial. En ese planteamiento coincide plenamente con Kai-Fu Lee, que afirmó en 2021, durante su participación en el Congreso de IA de Alicante, que la competencia por el liderazgo tecnológico se decide casi exclusivamente en los avances en la Inteligencia Artificial.
Creo que no hay que ponerle puertas al campo, pero hay que ser prudentes. Defender la industria del automóvil no está reñido con estar a favor de los límites de velocidad en carretera.
En este sentido me preocupa Europa, siempre pendiente de la regulación, pero todavía muy lejos del lugar que le correspondería en la carrera global entre EEUU y China.
Me llama la atención que los países europeos sigan siendo tan ingenuos respecto al papel de la IA en el plano político. La semana pasada, el primer ministro británico, Andy Burnham, afirmó que, sin ninguna duda, Rusia había interferido en el referéndum sobre el Brexit de hace diez años. Por su parte, el canciller alemán Friedrich Merz dijo estar convencido de que el ascenso de Alternativa por Alemania tiene que ver con el apoyo que recibe del Kremlin.
¿Están nuestros sistemas de seguridad y nuestros servicios secretos preparados para evitar una acción directa de una potencia extranjera en los procesos electorales? Veo muy preocupados a los partidos políticos por estimar el impacto de la ley de nietos en las próximas elecciones, pero no he escuchado a nadie hablar sobre el peligro de una injerencia no deseada.
La Inteligencia Artificial no está presente en el debate político, ni siquiera en su posible influencia en el resultado electoral
Es más, en esta precampaña que ya se ha iniciado, ningún partido está poniendo sobre la mesa el papel de la IA y su impacto en la productividad y el empleo.
El gobierno –lo ocupe quien lo ocupe– debe ser consciente de que nuestro futuro va a depender en gran medida de la incorporación de la IA a nuestro sistema productivo y a nuestra vida cotidiana.
Para mí, el mayor peligro de la IA no es que una máquina nos pueda ganar jugando al ajedrez o al tenis, sino que se pueda convertirse en una herramienta capaz de alterar la soberanía popular, la democracia, sin que seamos conscientes de ello.
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