Meteorología

Más filomenas, pero inviernos más cálidos: por qué el frío no viene para quedarse

Cascada de hielo en el Roncal (Navarra).

Cascada de hielo en el Roncal (Navarra). EFE

Primero fue Filomena, con nevadas históricas en el centro peninsular. Ahora, una intensa ola de frío que congela los termómetros de medio país. En apenas unos días se han batido en España récords en registros invernales de las últimas décadas. Aún es muy difícil asociar estos fenómenos con el cambio climático. Los datos, según el CSIC, apuntan a un futuro en el que serán más frecuentes. Eso sí, en medio de inviernos con temperaturas más suaves.

La nevada que cayó en Madrid el pasado fin de semana es tan inusual que no se veía una parecida desde 1971. Para que se produzca una precipitación de nieve de este calibre hacen falta dos ingredientes: aire muy frío y aire muy húmedo. Y con Filomena se preparó el cóctel perfecto.

Enero ya comenzó con la invasión de un frente de frío polar descolgado del Ártico. Este fenómeno desplomó las temperaturas en España. El día de Reyes se abrió paso desde el suroeste un segundo factor: Filomena, una gran borrasca cargada de aire más caliente y mucha humedad. En la Península, además, les esperaba un tercer y último elemento: una vaguada procedente del atlántico cargada de agua en suspensión.

El resultado fue la insólita nevada vivida en Madrid, Castilla-La Mancha, Andalucía o la Comunidad Valenciana. Esta situación excepcional no terminó ahí. Los suelos cubiertos de nieve y la inestabilidad meteorológica de Filomena trabajaron el terreno para la llegada esta semana de una intensa ola de frío.

Volviendo a las nevadas, un factor indispensable para que Filomena alcanzara tal magnitud fue la carga de humedad que vino con la borrasca del sur. Que a España llegue humedad desde esta dirección, en cambio, es algo «muy habitual», señala David Vieites, director del Departamento de Biogeografía y Cambio Global del CSIC.

Las miradas, en este caso, deben apuntar hacia el Ártico. Como la Tierra es esférica, el Sol calienta más unos lugares que otros, creando corrientes de agua y aire. La circulación atmosférica se divide en tres grandes células en cada hemisferio. Funcionan como un engranaje y son las encargadas de transportar el calor entre la región ecuatorial y las polares. «Generan corrientes que van y vuelven y, normalmente, no se mezclan», explica Vieites.

La corriente de chorro que rodea al Ártico funciona como una barrera que separa el aire polar del resto de corrientes. Pero en los últimos años, esa célula polar norte, a la que también se conoce como vórtice polar, se ha ido debilitando y se ha desplazado, en ocasiones, hacia latitudes más bajas.

La comunidad científica es cauta a la hora de atribuir al cambio climático fenómenos como el descolgamiento del vórtice polar. Y mucho menos, un fenómeno concreto, como el temporal Filomena. «Se estudia a posteriori. Que un fenómeno se salga de la tendencia no explica nada», dice Juan Luis García, responsable del Programa de Cambio Climático en Greenpeace España. Se cree que el aumento de temperaturas en el Ártico y otros factores vinculados al calentamiento del planeta modifican las densidades y trayectorias de las corrientes, detalla La Razón en este reportaje.

Más fenómenos extremos

El temporal de nieve y las temperaturas gélidas que sufre España estos días traen de vuelta un falso debate: ¿Cómo son posibles estos fenómenos fríos si los científicos (y los datos) nos dicen que el planeta se está calentando? Esta pregunta nace de la confusión entre dos conceptos: el clima y la meteorología. La Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) pone un ejemplo muy sencillo para separar una cosa de la otra: «Si un día cae una tromba de agua en el desierto de Almería, ¿alguien pondrá en cuestión que el clima allí es muy seco?». En este caso, la inusual tromba de agua en el desierto sería la meteorología de ese día y en esa zona concreta.

«Nadie puede asociar un fenómeno concreto con el cambio climático. Pero los modelos que generan los climatólogos nos dicen dos cosas: la primera, que la atmósfera acumula cada vez más calor. Se está calentando, sobre todo, por los gases de efecto invernadero. Esto no quiere decir que siempre haga más calor, sino que la temperatura sube con el paso de los años, y tampoco quiere decir que no haga frío. La otra predicción es que aumentan los fenómenos extremos. Va a haber olas de calor más frecuentes e intensas, pero también olas de frío», recalca David Vieites.

De hecho, el científico del CSIC cree que los inviernos del futuro se parecerán más a los de los últimos años, más templados y suaves. O como él define, «veroños». «Los modelos de cambio climático sugieren que habrá más filomenas, más fenómenos como este de frío, cada vez más frecuentes, pero sin llegar a ser el día a día», concluye.

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