Viendo el aspecto de algunos de los asaltantes al Capitolio el pasado 6 de enero, una avalancha de replicantes de Village People, como atinadamente apuntó Luis Miguel Fuentes ayer en este diario, lo más lógico sería pensar que aquello no fue más que una gamberrada, alentada por el gamberro jefe.

Pero eso sería un error. El gamberro jefe era -es todavía- presidente de los Estados Unidos y había animado a sus fanáticos seguidores a tomar el Capitolio no para que subieran los pies a las mesas de los despachos, sino para evitar que el poder legislativo certificara su derrota en las elecciones del mes de noviembre.

Donald Trump no bromeaba cuando presionó a su vicepresidente, Mike Pence, para que tratara de anular los resultados electorales desde su puesto como presidente del Senado. Tampoco bromeaba cuando cuatro días antes de la asonada le gritó por teléfono a Brad Raffensperger, secretario de Estado de Georgia: «Todo lo que quiero que hagas es que encuentres 11.780 votos. Porque ganamos en el estado, Brad».

Lo que ha intentado evitar el presidente de los Estados Unidos por todos los medios a su alcance ha sido la llegada a la Casa Blanca de Joe Biden, que limpiamente ganó las elecciones y que, si nada lo impide, accederá a la presidencia el próximo 20 de enero.

Naturalmente, el modelo de golpe de Estado que ha ensayado Trump no tiene nada que ver con el fracaso golpe de Tejero, ni con el golpe que derrocó a Salvador Allende, o con el asalto al Palacio de Invierno que llevó a los bolcheviques al poder en Rusia en 1917. Su modus operandi ha sido más sofisticado. A diferencia de los guardias civiles que mandaba el teniente coronel en la asonada del Congreso llevada a cabo el 23 de febrero de 1981, o de los obreros y soldados que se hicieron con el poder tras asaltar el edificio que simbolizaba el zarismo, los acólitos de Trump no eran más que figurantes, actores secundarios de un plan subversivo inspirado desde el poder.

Que Trump trató de mantenerse en el poder es un hecho. Otra cosa es que su plan fuera fruto de una ensoñación, propia de un megalómano que ha gobernado el país más poderoso de la tierra prácticamente sin contrapesos y a golpe de tuit.

El presidente de EEUU trató por todos los medios de retener el poder y recurrió a los medios a su alcance para lograrlo

Desde que se conoció el resultado de los comicios el 7 de noviembre, Trump extendió la falsedad de que había habido fraude, que la victoria del líder demócrata no había sido limpia. A amplificar esa falacia le ayudaron medios poderosos como Fox News, y otro menos relevantes pero muy influyentes en el electorado republicano como Newsmax o One America News. Hasta tal punto su mentira tuvo éxito que una mayoría de votantes republicanos estaban seguros de que, en realidad, había ganado Trump.

Además, el presidente contaba con su arma favorita: su cuenta de Twitter. Trump tiene más de 89 millones de seguidores, a los que hay que añadir otros 33 millones en Facebook (aunque la inmensa mayoría de ellos pertenezca a su red de followers tuiteros).

Trump es un obseso de las redes sociales desde que en 2013 comenzó a operar con asiduidad en Twitter. Su cuenta le ha servido para amenazar a sus enemigos, para anunciar las destituciones de su gabinete y para crear un bloque sólido de fieles que creen a pies juntillas todo lo que les dice su mesías. Hasta tal punto confía en el poder de las redes que en una entrevista concedida en 2017 a la periodista María Bartiromo (Fox Business Network) confesó: «Dudo que hubiera llegado a presidente de no ser por las redes sociales».

Durante el día 6 de enero, Trump recurrió a su cuenta para llevar a cabo su plan. Cuando Pence se negó a declarar nulos los resultados desde su posición como presidente del Senado, el presidente publicó el dardo envenenado de que «no tenía valor» para intentarlo. Y después, lanzó a sus hordas contra el Capitolio.

La decisión de los dueños de Twitter y Facebook de cerrarle las cuentas a Trump fue clave para abortar el golpe

El presidente sabía que el Capitolio sólo estaba protegido por los poco más de 2.000 agentes que se ocupan de su seguridad. A pesar de que desde hacía días se sabía que había una concentración cercana a la sede de las dos cámaras, a pesar de que los servicios de inteligencia habían detectado que los grupos negacionistas y supremacistas habían convocado a sus acólitos para tomar el edificio donde reside la soberanía popular, ningún cuerpo policial o de seguridad estaba listo para intervenir. Cuando las fuerzas policiales están en minoría -como le ocurrió al cuerpo de seguridad del Capitolio- la única forma de evitar la acción violenta de los manifestantes es utilizando la violencia. No hacía falta ser un adivino para saber lo que podía ocurrir cuando el presidente ordenó a los congregados en su mitin junto a la Casa Blanca que marchasen hacia el Capitolio donde, en esos momentos, tenía que llevarse a cabo la certificación de su derrota electoral.

Cuando se supo que una de las manifestantes había resultado muerta por disparos de la policía en el interior del Capitolio, Trump tuiteó: «Estas cosas pasan cuando una sagrada y amplia victoria es tan groseramente despojada a los patriotas que han sido injustamente tratados durante tanto tiempo».

Fue entonces cuando Jack Dorsey (CEO de Twitter) decidió cerrarle su cuenta (definitivamente desde este viernes por la noche). Poco después, Mark Zuckerberg hizo lo propio con sus cuentas de Facebook e Instagram. El pistolero Trump había perdido sus armas y quedó mudo.

La investigación sobre el porqué fallaron los mecanismos de seguridad está abierta. Steven Sund, responsable de seguridad del Capitolio, quien supuestamente se negó a aceptar los refuerzos de la Guardia Nacional que, tres días antes del asalto, había solicitado la alcaldesa de Washington, Muriel Bowser, dimitió el jueves, así como sus ayudantes.

La responsabilidad de Trump en unos hechos que acabaron con cinco muertos (cuatro manifestantes y un policía) debe llegar hasta el final. El papel jugado por los senadores Ted Cruz (Texas) y John Hawley (Missouri) ha sido clave para fomentar las ensoñaciones del presidente republicano, como escribía ayer Ana Alonso.

Trump no sólo ha sido el responsable de instigar una marcha ilegal sobre el Capitolio con objetivos claramente desestabilizadores sino que, lo que es más grave, ha sido el principal culpable del sectarismo y la crispación que ha dividido a los norteamericanos hasta un punto de difícil retorno.

La encuesta de YouGov realizada el día 7 de enero y según la cual un 45% de los votantes republicanos apoya el asalto al Capitolio, demuestra hasta qué punto la desinformación gestionada por un potente aparato mediático y amplificada por las redes sociales ha calado en una parte importante del electorado.

Esas heridas no se cerrarán fácilmente. No olvidemos que, pese a la derrota, a Trump le votaron 73 millones de norteamericanos. Y tampoco que los medios de comunicación que le llevaron al poder mantienen intacta su influencia.

La ascensión y trágica caída de Trump son la prueba de la capacidad de los medios y redes sociales para fortalecer al populismo.

Aunque no es comparable (como recordaba ayer Victoria Prego), el desprestigio de las instituciones, la apelación a la voluntad popular, que siempre coincide con la de quien quiere conquistar el poder por métodos no democráticos, son argumentos válidos tanto para los populismos nacionalistas, como para los de extrema derecha o los de extrema izquierda.

El peligro es el populismo y sus abanderados no dudan en poner en juego vidas y haciendas porque sus líderes siempre dicen actuar en función de un bien superior: el pueblo, la gente, la nación.

Ningún país está libre de caer en la saducea trampa del populismo. Ya hemos comprobado que hasta la democracia más antigua y más bien fundamentada del planeta ha estado a punto de sucumbir a manos de un fantoche inteligente, ambicioso y despiadado.

Así que no caigamos en el camelo de que lo que ocurrió el 6 de enero fue simplemente el fruto de una algarada callejera producto del infantilismo mezclado con whisky y cerveza. No. Fue un golpe, maquiavélicamente planificado, torpemente ejecutado y felizmente abortado.