Como cada día en los últimos meses, hoy día 21 de abril, a primera hora de la mañana, la doncella de la reina Isabel II habrá recorrido los largos pasillos del castillo de Windsor, donde la soberana se hospeda desde que comenzó la pandemia por coronavirus. Portando una bandeja con té y galletas, justo a las siete y media habrá entrado en la habitación de la Reina. Habrá dejado la bandeja, descorrido las cortinas, encendido la radio y habrá dicho: Good morning, Madam! Seguramente, hoy también habrá añadido: Happy birthday, Your Majesty! ¡Feliz cumpleaños, Su Majestad!

Hoy hace 95 años, a las 2.40 horas de la madrugada, nacía por cesárea en la casa de sus abuelos maternos, en el número 17 de Bruton Street, en el barrio de Mayfair, en Londres, la pequeña Elizabeth Alexandra Mary Windsor, primera hija del príncipe Alberto, segundo hijo de los reyes, y su esposa, Elizabeth Bowles-Lyon, hija de los condes de Strathmore y Knighorne.

Isabel, como la conocemos por estos lares, nació como princesa, aunque no como futura Reina, ya que su padre, el entonces duque de York, era tan sólo el segundo en la línea de sucesión y todos esperaban en aquel momento esperaban que el entonces heredero, el príncipe de Gales, David para su familia, se casara y tuviera descendencia. 

Su vida podría haber sido anodina y anónima de no ser porque una americana vulgar y sin escrúpulos hiciera que uncle David perdiera la cabeza de tal manera que abdicó el trono

En realidad, su vida podría haber sido anodina y prácticamente anónima, la de una royal casi desconocida (como la de su prima Alexandra de Kent, por ejemplo) de no ser porque una americana vulgar y sin escrúpulos, llamada Wallis Simpson, hiciera que uncle David perdiera la cabeza de tal manera que abdicó el trono.

Con diez años, Isabel se convirtió en heredera y, con tan sólo veinticinco, después de la repentina muerte de su padre, Jorge VI, por un cáncer el 6 de febrero de 1952, en Reina «de la Gran Bretaña, Irlanda y los dominios británicos más allá de los mares», jefa de estado del Reino Unidos y de otros quince países, entre ellos Canadá, Nueva Zelanda y Australia. 

Ahora, casi 70 años después de ascender al trono, Isabel II es ya —desde el 9 de septiembre del 2015 para ser exactos— la monarca más longeva de la historia de Inglaterra, una récord anteriormente ostentado por la reina Victoria, la cual sirvió la nada desdeñable cifra de 63 años y 216 días. Semejante experiencia en le cargo le ha permitido conocer a las figuras más relevantes de la historia moderna: cuando se convirtió en Reina, el primer ministro era Winston Churchill, el presidente de los Estados Unidos era Harry Truman y en la URSS gobernaba Stalin.

La Reina ha conocido personalmente  desde John Fitzgerald Kennedy al Papa Juan Pablo II, de Margaret Thatcher a Nelson Mandela, el cual, por cierto, llegó a ser un gran amigo suyo. 

Dicen quienes la conocen que Isabel II tiene una memoria prodigiosa, un muy buen olfato político y, gracias a todos sus años en ejercicio, bastante criterio diplomático. También que, en privado, le encanta imitar a líderes extranjeros y que tiene talento para ello. 

Aunque en público parezca muy seria, a veces demasiado, en privado es muy agradable y muy llana: le encanta reírse y se divierte con los últimos cotilleos. Eso sí, es increíblemente tímida, incluso algo retraída, por lo que hoy en día, después de tantos años en ejercicio, aún le cuesta conocer a gente nueva. Su imagen pública, por el contrario, proyecta una gran serenidad y aplomo, y con los años ha ido ganando en serenidad.

La gran mayoría del país considera excepcionalmente bueno o muy bueno su trabajo y solo un 3% cree que lo ha hecho mal

Isabel II está ahora considerada un auténtico tesoro nacional y es, sin duda, la abuela más apreciada del mundo. Según una encuesta de YouGov, la gran mayoría del país considera que ha hecho un trabajo excepcionalmente bueno o muy bueno, y sólo un 3% cree que lo ha hecho mal. 

Sin embargo, a nadie se le escapa que ya ha llegado a una edad avanzada y, hace unos días, en el entierro de su marido, el duque de Edimburgo, se la vio excesivamente apesadumbrada. La imagen de la soberana sola durante el funeral en la capilla de San Jorge, en Windsor, dio la vuelta al mundo: era la estampa de una mujer que se ha quedado humanamente sola y que afronta ahora los últimos coletazos de su propio reinado. 

El principio del fin o ‘the transition’

O, al menos, así lo ve la Corte. Era un secreto a voces en Buckingham que el fallecimiento del príncipe Felipe marcaría un punto de inflexión: aunque la Reina no abdicará jamás (la simple idea de abdicar la horroriza), ahora comienza «el principio del fin» o, como se dice en términos más eufemísticos, the Transition, la transición.

A partir de ahora, la Reina comienza a decir adiós a su propio reinado y Carlos pasa de heredero de la corona a king in training, rey en ciernes, una especie de semi-soberano, príncipe regente o monarca de facto.

El 40% de los británicos preferiría a Guillermo como soberano, frente al 32% que se decanta por su padre, el heredero

Pero la transición no va a ser, en absoluto, sencilla y la Reina es perfectamente consciente de que se avecinan numerosos obstáculos: Carlos no acaba de gustar como futuro monarca, el 40% de los británicos preferiría a Guillermo como soberano (frente al 32% que se decanta por su padre), sus nietos siguen en guerra y la imagen de la Corona, tras los escándalos del príncipe Andrés y la entrevista a Oprah Winfrey, está en entredicho entre amplios sectores de la población. 

Aunque Inglaterra se declare profundamente monárquica, hay muchos analistas que consideran que, en realidad, los británicos admiran a la Reina, pero consideran a la monarquía como un dispendio no del todo aceptable. Mientras Isabel viva, la república es impensable.

Pero la pregunta, en el fondo, es si la corona realmente aguantará una vez ella muera. Y no todos creen que se consiga. Ese en el fondo es el reto que tiene ahora la soberana, su último tributo y prueba de sacrificio hacia la corona: hacer que The Crown siga intacta cuando ella ya no esté. 

‘Change is coming’

Isabel, no obstante, está acostumbrada a los retos porque, básicamente, se ha pasado la vida sorteándolos. Aunque la Reina es una criatura de hábitos, cree en la tradición y es símbolo de estabilidad institucional, ha tenido que capitanear el mayor cambio en el funcionamiento de la monarquía en siglos.

A veces motu proprio y otras forzada por las circunstancias, Isabel II ha impuesto nuevas manera de hacer que hubieran sido impensables en el reinado de su padre, ya no digamos de su abuelo. Isabel abrió los palacios a los turistas, puso fin a las elitistas presentaciones en sociedad de las damas debutantes, inauguró los walkabouts (los paseos rodeadas de público de toda clase y origen social), mejoró el funcionamiento de los palacios, puso orden a las cuentas y se adaptó a las redes sociales.

También dejó que una banda de rock sonara desde el tejado de Buckingham y tuvo tiempo de saltar en paracaídas con James Bond en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres. 

Los cambios más radicales se produjeron a partir de la década de los noventa. Hasta esa fecha, todo seguía un protocolo tan frío y rígido que los actos de la Reina acabaron siendo somnolientos y un tanto casposos.

Pero en 1997 todo dio un vuelco: la muerte de la princesa Diana de Gales en un accidente de coche en París y la pésima reacción de la Casa Real los días siguientes hicieron que el público atacara a la Reina con una fuerza visceral y sin precedentes. Aquel fatídico error hizo que los fundamentos de la monarquía se tambaleasen con tal fuerza que muchos temieron por la supervivencia de la institución. 

La soberana demostró que bajo esa fachada de mujer frágil escondía una gran determinación y una gran astucia para sobrevivir

Isabel no se amedrentó. A pesar de que ya tenía más de setenta años y que algunos pensaron que seguiría como si nada, a la espera de que el temporal simplemente amainase, la soberana demostró que bajo esa fachada de mujer frágil escondía una gran determinación y también una gran astucia para sobrevivir. Al final, no sólo consiguió seguir adelante, sino que resurgió con aún más fuerza y ahora goza de una popularidad exultante. 

Retos pendientes

Ahora, sin embargo, tiene que arreglar sus líos familiares. Carlos está inmerso en una de las estrategias de comunicación y limpieza de imagen más sofisticadas que se recuerden. Como se sabía que entre él y su difunto padre no había simpatía ni contacto alguno, en los últimos meses la prensa monárquica se aseguró de publicar que Carlos y Felipe «se habían acercado» y habían «superado sus diferencias».

Al día siguiente de que muriera el duque de Edimburgo, Carlos salió delante de las cámaras a rendirle un sentido tributo. Luego dirigió el cortejo fúnebre tras el ataúd. La imagen de él andando en primer plano dejó claro que ahora él es el patriarca de la familia Windsor. 

Sus hijos son otra historia. Harry ha metido la pata hasta el fondo con una entrevista a Oprah a todas luces innecesaria y costará lo indecible que su hermano lo perdone.

La tensión entre ambos en el funeral de su abuelo era palpable y se filtró que Guillermo está tan furioso que exigió que su primo, Peter Philips, hijo de la princesa Ana, anduviese a su lado en el cortejo fúnebre del sábado y que sirviera de barrera con Harry. Tras la ceremonia religiosa, pareció que ambos hermanos hablaban entre ellos, pero a Guillermo se le vio incómodo en todo momento. 

Harry decidió quedarse en Inglaterra hasta pasado el cumpleaños de su abuela —granny, como él la llama—. Isabel tiene la gran oportunidad para hablar con él e intentar calmar las aguas. Y seguramente es lo que hará, aunque se espera que sea tan benevolente como firme.

En el funeral del duque de Edimburgo, Isabel le lanzó una rama de olivo a su nieto: hizo que nadie fuera de uniforme militar para que él —que ya no puede lucir según que uniforme al haber renunciado a ser un royal en activo— no se sintiera incómodo. Pero del mismo modo que ha sido magnánima, Isabel también puede ser tajante, y seguramente le dejará claro que lo de las acusaciones de racismo fue un golpe muy bajo. 

Dicen quienes la conocen bien que Isabel es así: una mezcla entre gran humanidad y firmeza cuando toca. Y lo ha sido desde que era pequeña y era, simplemente, Lilibeth para todos lo que la conocían (un apodo que se puso a sí misma de pequeña al no poder pronunciar correctamente su nombre). El propio Winston Churchill, cuando la conoció siendo una cría de pocos años, observó que tenía «un aire de autoridad y reflexión asombrosos para una chiquilla tan pequeña». 

Gracias a esa personalidad tan acusada, Isabel pasará la historia como una de las monarcas con más prestigio de la historia. En un país acostumbrado a reinas poderosas (la propia Isabel I y la reina Victoria), ella tendrá, sin duda, un papel de honor. Aunque en el fondo, a ella le hubiese gustado ser simplemente una royal anodina y la mujer de un marino. 

A Isabel II, simplemente, le hubiese gustado ser sólo Lilibeth. 


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.