James Bond no comenzó conduciendo un Aston Martin, sino un Bentley, y tampoco bebía Dry Martinis, sino Vespers, una variación del famoso cóctel que, como el propio espía explicó en la novela Casino Royal, se preparaba con «tres partes de Gordon’s, una de vodka y media de Kina Lillet». Tampoco lo del «shaken, not stirred«, agitado y no removido, era correcto, porque es al revés: «Un Martini siempre debe ser removido, no agitado, de modo que las partículas descansen sensualmente unas sobre otras», explicó el escritor inglés W. Somerset Maugham. 

Maugham, sin duda, sabía de lo que hablaba: fue él, de hecho, quien creó el primer espía de ficción aficionado al famoso cóctel. Fue en 1927 cuando, inspirado por sus experiencias como agente de Inteligencia en Rusia, dio vida a Ashenden, un espía de la Primera Guerra Mundial, un escritor de unos cuarenta años, meticuloso y exponente de los mejores valores de un gentleman inglés, que es reclutado por «R», un coronel de los servicios de Inteligencia británica, para evitar la revolución bolchevique.

A Ashenden le gusta el bridge y, aunque es prácticamente abstemio, se desvela como un consumado connoisseur: «Beber una copa de sherry cuando puedes tomar un Dry Martini es como viajar en tercera cuando puedes ir en el Orient Express«, sentencia. Y, probablemente, tenía razón. 

Aparte de ser el primero en patrocinar los Dry Martinis como bebida oficial del espionaje, dicen los expertos que Ashenden también destaca por ser el mejor espía de ficción de toda la historia y muchos aseguran que le da mil vueltas a Bond, a quien inspiró clarísimamente (Ian Fleming, el autor de la saga Bond, era un gran admirador de Maugham). 

Aunque hoy parezca que solo existió Bond, James Bond, en la literatura, solo fue un espía más, y ni siquiera el mejor»

De hecho, aunque hoy en día parezca que solo existió Bond, James Bond, en la literatura, la verdad es que solo fue un espía más, y ni siquiera el mejor. Más bien lo contrario: Bond sólo fue el resultado de muchos espías anteriores y, desde el punto de vista literario, sus libros son tan encartonados y llenos de topicazos que no merecen excesivo interés.

Incluso hay quien asegura que Bond jamás hubiera triunfado realmente sin las películas y, sobre todo, sin la magistral interpretación de Sean Connery, el primer Bond de la filmografía y quien lo dotó de una personalidad cautivadora más allá de los cuatro estereotipos al uso.

No es una crítica exagerada —de hecho, es bastante sensata—, porque el personaje, al principio de su andadura, no tuvo apenas repercusión. En realidad, cuando apareció por primera vez una novela de Bond —Casino Royal en 1953—, ésta tuvo un éxito limitado fuera de Inglaterra.

En Estados Unidos, por ejemplo, el libro se vendió poco y tres editoriales americanas llegaron a rechazar los derechos. Eso sí, una vez aparecieron las películas, la saga vivió un éxito arrollador: tan sólo en 1966, ya se habían vendido 45 millones de copias. 

Los libros que cambiaron la Historia

No es que el género de los espías no triunfara, pero el público, sobre todo el británico, estaba acostumbrado a espías literariamente mucho más complejos y narrados con una prosa elevada, propia de grandes escritores, como Kim, de Rudyard Kipling, publicada en 1901, sobre un adolescente que espía para los británicos en la India colonial y que se ve inmerso en “El Gran Juego”, el conflicto político entre Rusia y el Reino Unido para dominar Asia Central. 

De hecho, desde principios de siglo, las novelas de espías habían gozado de una excelente salud. En 1903, la baronesa británica de origen húngaro Emma Orczy había escrito La Pimpinela Escarlata, sobre Sir Percy Blakeney, un caballero inglés que rescata a aristócratas franceses de la guillotina en pleno Reino del Terror. Poco después, en 1907, se publicó El agente secreto, de Joseph Conrad, una novela sobre un ataque bomba al Observatorio de Greenwich, y que trata de manera magistral las complejidades del anarquismo y el terrorismo internacional.

G.K. Chesterton había dado forma en 1908 El hombre que fue jueves, sobre un poeta que es reclutado por una sección contra-anarquista de Scotland Yard, y algo menos literaria pero igualmente exitosa fue El enigma de las arenas, de Erskine Childers, en 1903, sobre dos marinos británicos amateurs que descubren por casualidad los planes alemanes de invasión de Inglaterra. 

Aparte, no se puede decir que las novelas de espías fueran sólo leídas por un público muy reducido, porque hasta los miembros del gobierno, incluso de la realeza, las devoraban. Se sabe, por ejemplo, que Winston Churchill se inspiró en El enigma de las arenas para poner bases navales en varias islas de las Highlands mientras sirvió en el Almirantazgo. 

No sería el único libro que influiría en decisiones política. Se cree, en particular, que las novelas de William Tufnell Le Queux de principios de siglo XX, aunque lamentables desde el punto de vista literario, fueron claves para crear unos servicios de Inteligencia profesionales en el Reino Unido.

Le Queux fue un escritor que perfectamente podría haber protagonizado una de sus novelas: espía aficionado, viajero incansable y corresponsal de guerra, vivía obsesionado con lo que él llamaba The Day, el día en que supuestamente las potencias europeas iban a invadir Inglaterra. Aseguraba que un tal Herr N le había desvelado que el Káiser tenía una red de espías en Inglaterra y se hartó de enviar informes al gobierno alertando de tan temible posibilidad. 

Nadie, por supuesto, lo creyó, pero Le Queux no se rindió y convenció a Lord Northcliffe, propietario del Daily Mail, para que le dejase escribir una historia ficticia sobre cómo los alemanes podrían invadir el país en los próximos años. Incluso llegó a contratar a tres expertos militares para que trazaran la ruta que podrían seguir los ejércitos del Káiser entre East Anglia hasta Londres (finalmente, sin embargo, el recorrido hubo que cambiarlo, porque resultó que los pueblos inicialmente escogidos eran los que menos leían el Daily Mail). 

Cuando el día de la publicación llegó, en 1906, Lord Northcliffe puso en marcha una de las campañas de comunicación más sensacionalistas de la historia. Contrató espacios publicitarios en los periódicos de más tirada (incluso en The Times) para anunciar cuáles serían los pueblos que podrían ser fácilmente invadidos y actores profesionales vestidos de soldados prusianos desfilaron por las calles de Londres. Ni que decir tiene que las ventas fueron sensacionales y, poco más tarde, cuando se publicó La invasión de 1910 como libro, se convirtió en un bestseller de la noche a la mañana. 

El gobierno británico acabó por prometer la creación de la primera oficina de servicios de inteligencia para evitar los desastres de los que Le Queux alertaba»

Al año siguiente, cuando salió Los espías del Káiser, otra novela que supuestamente alertaba de planes alemanes (esta vez, del robo de los planos de un nuevo submarino), la reputación de Le Queux como escritor se consolidó hasta tal punto que muchos en Inglaterra llegaron a pensar que sus tramas eran ciertas y el resultado de una extenuante y peligrosa investigación.

El gobierno llegó a tener que pronunciarse sobre el asunto y acabó por prometer la creación de la primera oficina de servicios de Inteligencia profesional para evitar los desastres de los que Le Queux alertaba. Que hoy en día exista el MI5 se debe, en gran parte, a aquel lunático obsesionado con una invasión de las tropas del emperador alemán. 

Los espías que estuvieron allí

Lo de Le Queux, por supuesto, fue pura mentalidad conspirativa y paranoica, pero pronto quedó claro que Inglaterra podía jugar un papel determinante en el tablero europeo si posicionaba a espías en lugares claves, lo que no sólo significaba Alemania, sino también Rusia. Enseguida los ingleses comenzaron a hacerse con una nómina de agentes en el extranjero, algunos de los cuales acabarían siendo pastos de leyenda, como Sidney Reilly, un ruso que decía descender de irlandeses (era falso), que había hecho una gran fortuna como contrabandista y que jugó un papel clave para alertar del peligro del bolchevismo. 

Aparte, desde Londres se enviaban regularmente espías a Rusia para misiones específicas, en especial escritores y artistas, los cuales tenían coartadas perfectas: si eran interrogados, sólo tenían que contestar que estaban en el extranjero para escribir un libro. Por aquel entonces, los servicios de inteligencia tenían en nómina a Compton Mackenzie, quien sirvió en Siria y en Grecia y que en 1928 publicó la novela Extreme Meets basada en sus experiencias. El dramaturgo Edward Knoblock también haría pinitos de espionaje en la India y Gerald Kelly trabajaría en España. 

W. Somerset Maugham fue enviado a Rusia en 1917, a pocos meses de la Revolución con el objetivo, precisamente, de evitar que los bolcheviques tomaran el poder y que Rusia abandonara las trincheras de la Primera Guerra Mundial frente a los alemanes. El zar Nicolás II había firmado el Acta de Abdicación el 16 de marzo y, poco después, se había creado un gobierno capitaneado por el socialista Alexander Kerensky.

A través de Sasha Propotkin, la hija del anarquista, a la que Maugham había conocido en Londres (y con la que había mantenido un tórrido affaire), pudo contactar con Kerensky. La primera vez que se vieron fue en el Medvied, el mejor restaurante de Petrogrado. Las voluminosas facturas de caviar y vodka corrieron a cargo del gobierno británico. 

Kerensky necesitaba ayuda urgente de los ingleses y la pidió sin rodeos: el hambre consumía al país, el ejército estaba al borde de un motín, los bolcheviques ganaban posiciones y el invierno estaba a la vuelta de la esquina. O Downing Street reaccionaba enseguida o Rusia sería derrotada. Maugham regresó inmediatamente a Londres y le expuso la súplica al primer ministro, Lloyd George, pero éste, lacónicamente, le contestó: «No puedo hacer lo que me pide». Al poco tiempo, el gobierno de Kerensky caía y los bolcheviques tomaban el poder. Maugham siempre pensó que, en parte, la Revolución Rusa había sido culpa suya. 

El trabajo de agente de Inteligencia es muy monótono y, en su mayoría, inútil»

somerset maugham

Maugham siguió un tiempo más como espía, básicamente como enlace e informador, un trabajo sumamente aburrido. «El trabajo de agente de inteligencia», reconoció en el prólogo a Ashenden, «es extremadamente monótono y, en su mayoría, inútil”. Sin embargo, a él le ayudó a conocer personas claves que le explicaron anécdotas jugosas, muchas de las cuales acabaron en su libro de espías. Eso sí, no pudo usarlas todas. Algunas eran tan detalladas y verídicas, que el gobierno le obligó a eliminarlas. El propio Winston Churchill llegó a leer algunos manuscritos y le alertó que su publicación supondría una violación de la Ley de Secretos Oficiales. 

Espías perfectamente imperfectos

Ashenden, el espía de Somerset Maugham, sentó un precedente en el que se inspiraron muchos autores posteriores. Él es exquisitamente británico en sus modales y filosofía de la vida: es un exponente de la flema, el pragmatismo y el humor cínico. Pero también es un hombre (im)perfectamente humano: de mediana edad, algo calvo, tímido y demasiado tolerante con las bajezas morales de los demás. Es el arquetipo que más tarde John Le Carré haría mundialmente famoso con personajes como George Smiley.

También tendría una influencia en Eric Ambler, el autor de La máscara de Dimitrios, un autor de novelas de espías que apostaba por personajes fuera del circuito habitual: los suyos no eran agentes de Inteligencia o militares, sino tipos anodinos que, por un giro del destino, se encontraban en compañía de criminales y revolucionarios. 

Al principio Fleming concibió a Bond como un «tipo aburrido, sin ningún tipo de interés» y su nombre lo escogió porque era anodino

También Ashenden influyó sobremanera en Ian Fleming, el creador de James Bond.  De hecho, lo admiraba tanto que, al principio, concibió a Bond como un «tipo increíblemente aburrido, sin ningún tipo de interés, completamente neutro». El propio nombre de James Bond lo escogió porque era perfectamente anodino (en realidad, era el nombre de un ornitólogo estadounidense especializado en aves de las Indias Orientales). Sin embargo, luego le fue imbuyendo de rasgos más sofisticados y acabó siendo un playboy redomado y bonvivant profesional. 

Bond supuso un punto y aparte en la saga de espías británicos, y quizás ahí esté la clave de su éxito. Nada de tipos arrugados, medio clavos y con crisis de los cuarenta que fracasan en sus proyectos, sino un hombre bendecido con todos los dones al que el destino le sonríe. Siempre gana, se queda con la chica y destroza a sus enemigos mientras disfruta de un sinfín de bebidas alcohólicas (tan sólo en el libro Al servicio de Su Majestad se llegaron a contar cuarenta y seis: de un Château Mouton Rothschild del 53 a los lujosos champanes Taittinger y Krug, pasando por whisky Jack Daniel’s y litros y litros de vodka).

Sus gustos culinarios no le van a la zaga: mientras Inglaterra vivía una austeridad asfixiante y sobrevivía a base de cartillas de racionamiento, Bond viajaba por el mundo degustando delicatessen y fumando cigarrillos de Morland, el famoso estanco de Grosvenor Street. Sus opiniones personales hoy no pasarían el tamiz de la corrección política: no sólo es machista hasta el extremo, sino que también es homófobo y racista. 

En realidad, más que por ser espía, Bond triunfó por su elitista y hedonista cosmopolitista»

En realidad, más que por ser espía, Bond triunfó por su elitista y hedonista cosmopolitismo. En un momento en que Europa aún vivía los duros estragos de la Segunda Guerra Mundial, él disfrutaba de la alta sociedad, con sus viajes lujosos y paisajes exóticos. La política exterior y el espionaje tan sólo era una excusa, en realidad. Lo importante es que las novelas proveían de un agradable escapismo. 

En ese sentido, Bond no se acabó pareciendo a Ashenden, sino a Lanny Budd, el mítico personaje del escritor estadounidense y Premio Pulitzer Upton Sinclair, un espía, playboy y debonair que se codeaba con los grandes protagonistas de la historia, de Hitler a Roosevelt, de Stalin a Truman, y que vivió en primera persona los grandes acontecimientos que cambiaron el mundo, del Tratado de Versalles al auge del nazismo, de la Guerra Civil española a la creación de la URSS.

Las comparaciones entre ambos son evidentes: los dos son guapos, ricos, expertos en idiomas extranjeros y con una exquisita educación (Bond fue a Eton y Budd leyó a Racine, Molière y todo Shakespeare con tan sólo quince años). Lanny Budd era americano, aunque nació en Suiza y había pasado la mayor parte del tiempo en la Riviera Francesa.

Los orígenes de Bond también estaban en Suiza: su madre, Monique Delacroix, era de Vaud. Bond, en realidad, pasó los primeros años de su vida en el extranjero, donde aprendió alemán y francés. Aparte, los padres de ambos personajes eran traficantes de armas. Los dos tienen un ingenio descomunal, una gran valentía y, al final, siempre triunfan. 

Los dos también sirven como arquetipos de un nacionalismo desaforado. A principios de la década de los cincuenta, cuando apareció la saga de Bond, y en la década de los sesenta, cuando consiguió fama mundial, el mundo se embarcó peligrosamente en la Guerra Fría. Los soviéticos demostraron que no sólo eran capaces de construir una bomba atómica en tiempo récord, sino que dejaron claro que podían desencadenar en cualquier momento una guerra nuclear. Que se comenzaran a descubrir un sinfín de redes de espías infiltrados en el Reino Unido y en Estados Unidos no hizo sino inflar la paranoia de que los soviéticos estaban ganando la partida y, encima, sin esforzarse en lo más mínimo. 

Occidente necesitaba alguien que le devolviera cierto orgullo perdido y James Bond, en el fondo, fue lo que hizo: era la personificación de las mejores virtudes del país o, en realidad, cómo el país quería verse a sí mismo. 

Una anécdota intrascendente

La propia creación de James Bond ilustra este punto. Ian Fleming reconoció que partió de una anécdota personal para crear el primer libro de la saga. Según explicó, mientras servía en la Inteligencia Naval durante la guerra, fue una vez a Lisboa con el almirante Godfrey y, en un casino de la ciudad, se enfrascó en una partida de baccarat con unos nazis para sacarles todo el dinero que tenían encima.

En su finca de Jamaica, llamada Goldeneye, Fleming transformó esa historieta en una trama tan rocambolesca como poco creíble: en el pueblo imaginario de Royale-les-Eaux, Bond juega al baccarat con Le Chiffre, de la organización SMERSH, y gana una suma fabulosa de dinero, con lo que le niega a la URSS la posibilidad de seguir con sus actividades subversivas en Francia. 

En realidad, la noche original no había sido tan espléndida: en el casino donde fue Ian Fleming sólo había un pequeño grupo de portugueses y la gran heroicidad se resumió a que, en un momento de la velada, Fleming le comentó a Godfrey: «¿Te imaginas que esos portugueses fuesen nazis alemanes? ¡Si les ganásemos la partida, vaciaríamos las arcas de Alemania!». Desgraciadamente, perdieron a las cartas. 

Pero daba igual. James Bond podría haber ganado la partida: ahí estaba la clave. James Bond podría haber existido, podría haber derrotado a los soviéticos tan sólo con una insignificante partida de naipes en Lisboa. Los podría haber humillado y derrotado sin despeinarse. Ése era el mensaje y lo demás eran tonterías.  

James Bond, en el fondo, triunfó porque hizo olvidar al resto de espías, a Ashenden y todos los demás. Esos que fracasan y no se quedan con la chica. Esos que no viajan en aviones imponentes, ni en yates de postín ni se emborrachan. Esos que no tienen un Bentley ni un Aston Martin. Esos beben Dry Martinis porque ni siquiera saben lo que es un Vesper. 


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.