Sostiene Anne Applebaum en The Atlantic que «los chicos malos» están ganando la partida global. Son los autócratas que cada vez suman más poder. En 73 países se registró una erosión de las libertades en 2020, la mayor en 15 años. Y ha seguido en 2021. La democracia liberal está en crisis, incluso en Europa, donde hay quienes se han inventado un derivado, «la democracia iliberal», que poco tiene que ver con el original. En este contexto, el presidente de EEUU, Joe Biden, ha convocado una Cumbre por la Democracia, que convocará de forma virtual a un centenar de líderes mundiales. ¿Servirá de algo? En el libro Renovar la democracia. Gobernar en la era de la globalización y el capitalismo digital, Nathan Gardels, redactor jefe de The WorldPost, y Nicolas Berggruen, fundador y presidente del Berggruen Institute se plantean qué pasos habría de dar para que este sistema de gobierno puede cobrar nuevos bríos.

A Nathan Gardels, no le parece que la cumbre convocada por Biden vaya en la buena dirección. «El enfrentamiento con China no puede ser el motivo de la reunión. La democracia no está funcionando. Biden está mirando hacia atrás, y eso puede estar bien, pero no hacia delante, y es necesario. No están fijándose en lo que no funciona en la democracia: la pérdida de confianza y sus razones, el impacto de las redes sociales en las instituciones… Va a terminar siendo un plante contra China, cómo no ser China. Va a estar marcada por la geopolítica y la distancia con China. Esta división en dos bloques es un error. El conflicto con China es tan inevitable como es imperativa la cooperación».

A la Cumbre por la Democracia están invitados Irak y Pakistán, o Taiwán, pero no Hungría aunque sí Polonia. También han quedado fuera Turquía los estados del Golfo. La participación de Taiwán ha enfurecido a China que considera «un chiste» que se tenga en cuenta a una nación que apenas reconoce una veintena de países en el mundo. También Rusia ha criticado este foro. Los embajadores en Washington de China, Qin Gang, y Rusia, Anatoly Antonov, han acusado a EEUU de mantener una «mentalidad de Guerra Fría» que fomenta la confrontación ideológica. El pasado fin de semana China celebró un foro alternativo y difundió un documento en el que defendía su gobernanza.

China y el «fantasma democrático»

Nathan Gardels ha tenido ocasión de entrevistarse, con los miembros de la Fundación Berggruen, con los principales dirigentes chinos, entre ellos el presidente Xi Jinping. Recuerdan Gardels y Berggruen en su ensayo cómo en el primer encuentro con Xi, el mandatario chino insistió en que «el ‘sueño chino’ solo podía realizarse si el país continuaba implicado en el mudno interdependiente actual. ‘Cuanto más se desarrolle China’, dijo, ‘tanto más abierta será. Es imposible que China cierre la puerta que ya ha abierta'». Y remarca cómo Xi aseguró que «China ‘estaba lista para ser más activa’ en los asuntos globales y trabajar con otras nacionales para instaurar nuevas reglas de juego». Pero ahora ven cómo se les quiere dejar fuera del juego.

Xi Jinping tiene claro que no pueden quedarse atrás en tecnología y están avanzando a marcha acelerada en Inteligencia Artificial, por ejemplo. Y, según Gardels, en ese sentido hay conflicto sobre quién controla los datos. «En este aspecto habrá competitividad pero en cambio climático es necesaria la cooperación porque sin China no habrá manera de avanzar. Hay que ser realista».

La URSS estaba desnuda, como el emperador del cuento. China no está desnuda. Han construido una sociedad próspera con un sistema de gobierno que les funciona»

La impresión es que juzgamos a China como si fuera la URSS 2.0. Y nada más lejos de la realidad. «La diferencia es que la Unión Soviética era como el emperador desnudo del cuento. Por eso colapsó el sistema. Pero China no está desnuda. Han construido una sociedad próspera con un sistema de gobierno que les funciona. Dan prioridad a la estabilidad. Su fortaleza es construir el consenso y la fortaleza de Occidente es el pluralismo pero tiene dificultad para el consenso, de modo que en EEUU tienes a Obama y luego a Trump, que desmantela todo lo que hizo Obama. Eso para China es una locura porque creen que obra en contra del sistema», señala Nathan Gardels, redactor jefe de The WorldPost.

Cita en la conversación, y en el libro, al politólogo australiano John Keane, quien argumenta cómo China es una especie de «fantasma democrático» en el que paradójicamente «el miedo a la democracia fuera un estilo de liderazgo político que en muchos aspectos refleja e imita a las democracias electorales, donde el miedo a las elecciones hace que los líderes vivan en un modo de campaña electoral permanente».

El ethos confuciano de la gobernanza relaciona la legitimidad con la virtud del gobernante, mientras que en el ethos moderno es el consentimiento de los gobernados el que genera la legitimidad. Gardels y Berggruen se basan en el académico chino Zheng Yongnian para señalar cómo en China «se ha producido un desarrollo de la esfera civil sin parangón en Occidente». Zheng se refiere a este «proceso dual de legitimación y dominación», un proceso que ha transformado el partido y la sociedad civil. «Al tener en cuenta los intereses de otras fuerzas sociales y vincularlos con los suyos propios, el Partido se ha visto necesariamente autotransformado, creando una especie de responsabilidad sistémica», apuntan en la obra.

Cuando perciben que las críticas están fundadas en «la búsqueda de la verdad de los hechos», no en intrigas, las toman muy en cuenta. De hecho, utilizan las redes sociales para detectar descontento o denuncias de corrupción, y si están fundamentadas, actúan, aunque luego cortan de raíz la denuncia para que no dañe el sistema.

De este modo, Nathan Gardels argumenta que desde Occidente podemos criticar a China, con argumentos, pero «no demonizarla». Y recomienda conocer mejor cómo es su sistema de gobierno y cuáles son sus logros, así como su trasfondo histórico y cultural.

Houston, tenemos un problema

Lo que mueve a Gardels y Berggruen a escribir esta propuesta para renovar la democracia es la constatación de que «algo no funciona en el sistema». Este crecimiento de China como potencia global hay que tenerlo en cuenta. Y también el avance del populismo en Occidente, con el triunfo del Brexit o la victoria de Donald Trump en 2016 como grandes señales de alarma. Sin embargo, no es la oleada populista la causa de la crisis de gobernanza, sino «los síntomas de la decadencia de las instituciones democráticas occidentales, que secuestradas por los intereses organizados de un establishment interno, han fracasado al abordar los trastornos de la globalización y los desajustes de la rápida transformación tecnológica». De esta forma, la revuelta contra la clase política se ha transformado en una revuelta contra el sistema de gobierno, contra la democracia. Aquí el diagnóstico.

Si no logramos renovar la democracia, pasaremos a ser ciudadanos de segunda porque China sí sabe cómo crear consenso, y por ende, estabilidad»

¿Qué proponen Gardels y Berggruen para salvar la democracia? Las alternativas son la autocracia o implicar a los ciudadanos en el proceso para renovar la democracia. «Los cimientos del edificio de nuestro sistema ya no están en pie. Hay que incluir a la sociedad civil en el gobierno pero no con democracia directa, sino en un proceso deliberativo con el fin de fomentar el consenso. En un referéndum se pregunta a los ciudadanos qué quieren. En un asamblea deliberativa se plantean los problemas y se intentan buscar soluciones que puedan aplicarse», explica Gardels. Es una forma de recuperar, de verdad, el control. Para ello, proponen «fortalecer la participación no populista integrando las redes sociales y la democracia directa en el sistema mediante la creación de nuevas instituciones mediadoras que complementen el gobierno representativo». También abogan por «reconfigurar el contrato social para proteger a los trabajadores y al mismo tiempo distribuir la riqueza».

Según Gardels, cuando implicas a los ciudadanos, suelen moverse hacia el consenso y rompen la dinámica de la política actual, que solo se mueve por el objetivo a corto plazo de ganar las próximas elecciones. «El proceso inclusivo y deliberativo ha de introducirse de forma progresiva como una profundización en la democracia. Los ciudadanos tienen sus opiniones, pero las instituciones han de ser imparciales», remarca. Y avisa: «Si no logramos renovar la democracia, seremos ciudadanos de segunda clase, porque China sí sabe cómo crear, o a veces forzar, este consenso, y esta estabilidad necesaria para seguir adelante. Su sistema funciona y eso nos plantea un desafío».