Barrios completos arrasados bajo jornadas de inclementes bombardeos. En el este de Alepo o en Guta Oriental, a las puertas de Damasco, el plomo dejó su huella más terrorífica. Internarse en su geografía con los últimos rescoldos del conflicto era recorrer kilómetros de edificios residenciales reducidos a escombros. Un cementerio de amasijos inservibles y derribos donde no había quedado rastro de vida. Ningún ser vivo fue capaz de soportar tales arremetidas. Sus vecinos pagaron su rebeldía con la destrucción total de sus hogares. Luego, a los que tuvieron la dicha de vivir para contarlo les llegó el destierro, otra tragedia.

“Mira. Esto es lo que le hicieron los armados a la ciudad”, recuerdo que me comentó en uno de mis viajes a Siria el funcionario del ministerio de Información que me asignaron para controlar mis movimientos al hablar de Alepo. En el léxico que impuso el régimen de Bashar Asad, “los armados” eran los opositores, los que optaron por tomar las armas cuando las primeras manifestaciones pacíficas fueron salvajemente sofocadas por el ejército allá por la primavera de 2011. Bastaba mirar la desolación de aquel paisaje para cerciorarse de que aquel páramo, destripado hasta la más brutal aniquilación, no había sido obra de unos combatientes sino de aviación.

Vladimir Putin, cuyo ejército somete ahora a continuos bombardeos a ciudades ucranianas como Mariúpol o Járkov, aprendió la eficacia macabra de arrasarlo todo en territorio sirio. Alepo fue su campo de entrenamiento, el patio trasero donde perfeccionar el monstruo. En los confines del país árabe el estruendo de su aviones sembró el terror entre quienes optaron o no tuvieron más remedio que resistir. Recuerdo la reacción de una anciana que encontré caminando, solitaria y taciturna, por Guta Oriental en 2018.

Hoy son los ucranianos los que sufren esas mismas bombas que mataron antes a nuestros seres queridos y destruyeron nuestras ciudades

Omar al Shogre, ACTIVISTA Y EXILIADO SIRIO

En mitad de aquel callejero carcomido y desfigurado por los misiles, le pregunté por lo que había sucedido allí. Su respuesta fue elevar la mirada al cielo. “Nos refugiábamos en un sótano cuando había enfrentamientos y bombardeos. Yo rogaba a Dios para que nos protegiera de los aviones”, agregó en una traducción que el funcionario renunció a hacer. En su versión de los hechos, solo cabía un responsable: "los armados", por mucho que carecieran de fuerza aérea.

Alepo y Ucrania: un "déjà vu" de muerte y hambre

“Hoy son los ucranianos los que sufren esas mismas bombas que mataron antes a nuestros seres queridos y destruyeron nuestras ciudades”, reconoce en conversación con El Independiente Omar al Shogre, un joven sirio que, tras ser detenido a los 15 años, sobrevivió a tres años entre rejas y sojuzgado por torturas diarias. “Es una tragedia similar a la que ha padecido el pueblo sirio. Verlo ahora en otro lugar del mundo es revivir la sensación de horror cuando te haces a la idea de que la muerte llega del cielo. Una fuente de esperanza se convierte de repente en una fuente de miedo y peligro”, agrega.

En Siria el plomo cayó durante años, incesante como una perpetua lluvia ácida. El auxilio ruso y el envío de mercenarios iraníes, a petición de Damasco, resultaron decisivos para cambiar el curso de la guerra civil. Entre 2015 y 2018 los bombardeos se cobraron más de 18.000 vidas. Los ataques aéreos salvaron a Asad, que ha recuperado el control de dos tercios del país. A cambio, sin embargo, arrasaron el país. Sus bombas caen aún sobre la provincia de Idlib, el último bastión rebelde en la frontera con Turquía. Los cazas Tu-22 y Tu-160 sobrevuelan todavía las zonas del país fuera del redil de la capital.

Hospital destruido en la ciudad siria de Alepo en 2018. Edificio gubernamental en la ciudad ucraniana de Járkov esta semana.

Solo cesaron con la rendición incondicional de los territorios bajo el radar, tras resistir heroicos meses de asedio y hambre. El precio fue atroz y cambió para siempre el mapa sectario y multiétnico del país. Los últimos habitantes experimentaron la misma humillación, representada en unos autobuses del régimen dirigiéndolos hacia otro extremo del país, alejándolos de su tierra de origen y arrojándolos en otro terruño, completamente ajeno pero en manos rebeldes, que sería sometido a la misma táctica de los bombardeos hasta la asfixia. Un movimiento interno que acabaría con la salida del país, con el exilio.

La que vemos hoy en Ucrania es parte del plan que Putin desarrolló en Chechenia y Alepo

Nicholas A. Heras, experto en el New Lines Institute

“La que vemos hoy en Ucrania es parte del plan que Putin desarrolló en Chechenia y Siria, la estrategia que puso en práctica en Grozny y Alepo”, indica a este diario Nicholas A. Heras, experto en el New Lines Institute, un centro de análisis estadounidense especializado en geopolítica. “Al igual que sucedió en Siria, Putin ha dado luz verde a los ataques militares rusos contra áreas urbanas. Su ejército está tratando de imponer asedios de hambre en algunas ciudades ucranianas. El ejemplo más notable es la estratégica ciudad costera de Mariúpol”, indica el analista.

La táctica sigue con detalle el mismo manual que permitió a Asad permanecer en palacio y sobreponerse a una contienda que llegó a amenazar su futuro político y el de su clan. “En el caso del asedio a Kiev, no sería sorprendente que los rusos participaran en la destrucción masiva de la ciudad, aunque Putin probablemente quiera evitar esa situación porque Rusia no tiene ninguna intención de pagar por la reconstrucción de Ucrania”, agrega Heras.

Bloques destruidos en Homs, Siria, en 2018. Destrucción en Mariúpol, Ucrania, esta semana.

Envío de mercenarios

El escenario sirio conoce otra derivada, la que representa el envío de combatientes progubernamentales, principalmente mercenarios que fueron adiestrados en la espiral de violencia en la que ha vivido el país durante la última década. Putin concedió este viernes su plácet para el reclutamiento de 16.000 supuestos voluntarios en Oriente Próximo, que serán desplegados en territorio ucraniano en apoyo de sus soldados y los rebeldes prorrusos que combaten en el este del país. Poco después, la televisión del ministerio ruso de Defensa difundió imágenes de soldados sirios lanzando proclamas a favor de Asad y Putin y enarbolando enseñas de ambos países.

La guerra civil siria ha dejado más de medio millón de muertos y millones de refugiados

“Sabemos que muchos de estos voluntarios ayudaron a luchar contra el IS [Estado Islámico, por sus siglas en inglés] durante los últimos diez años”, manifestó el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigu, en una reunión del Consejo de Seguridad de Rusia. “Si estas personas quieren venir a ayudar a las personas que viven en el Donbás por su propia voluntad, no por dinero, entonces debemos darles lo que quieren y ayudarlos a llegar a la zona de conflicto", agregó Putin, que lo consideró una respuesta al creciente desembarco de voluntarios occidentales en el lado ucraniano. Kiev ha constituido incluso una brigada internacional, entre llamadas a enrolarse dirigidas a ex militares estadounidenses y europeos.

Hasta su confirmación por el Kremlin, la llegada de combatientes sirios como fuerza de apoyo a la invasión rusa de Ucrania circulaba entre medios de la oposición siria. “Los mercenarios que Putin va a enviar a luchar en Ucrania son sirios”, indica a este diario Omar Abu Layla, director de DeirEzzor24, la publicación siria que avanzó este nuevo frente en la guerra ucrania que tiene su origen a más de 2.000 kilómetros de distancia, en uno de los principales conflictos que han marcado la última década, con más de medio millón de muertos y millones de refugiados.

“Son las milicias Wagner las que están encargadas de reclutar mercenarios en Siria, principalmente en el este del país”, añade. Wagner es, en realidad, una firma privada de seguridad que en los últimos meses también opera en la ex república soviética. Es la conexión Damasco-Moscú que tiene a Ucrania en su objetivo.

Ofertas de empleo a 2.700 euros

La más absoluta discreción rodea este proceso, como sucedió antes con el uso de los mercenarios rusos en la contienda siria. “Están uniéndose a cambio de ciertas condiciones financieras y otras demandas pero, en este momento, resulta complicado aportar más pruebas de esa implicación”, asevera Abu Layla. Las ofertas, nos obstante, han comenzado a emerger en páginas web del régimen sirio, con emolumentos que llegan hasta los 2.700 euros “dependiendo de la experiencia”, una cifra jugosa que multiplica por cincuenta el salario de un soldado raso sirio.

El anuncio exige disponibilidad inmediata y detalla, entre las tareas a desarrollar, la participación en “ataques militares, operaciones en el extranjero y viajes a Ucrania, con todo incluido”. “Era un escenario previsible. El régimen de Asad está en deuda con Rusia y no tendrá problema de sacrificar a los suyos, como ha hecho en su propio territorio con tal de mantenerse en el poder”, replica a este diario Mohamed Khedhr, cofundador y director de Sonido e Imagen, un grupo de activistas repartidos por Siria que levanta acta del curso bélico.

Unos menores sirios entre los escombros de un edificio en Alepo.
Unos menores sirios entre los escombros de un edificio en Alepo.

Alepo, campo de entrenamiento de Rusia

“Esa cooperación se ha producido ya en otros aspectos. Damasco ha enviado 50 toneladas de alimentos para las zonas de Ucrania bajo control de Rusia y el siguiente paso es suministrar mano de obra”, admite Khedhr. Putin mantiene en Siria un despliegue militar del que se desconocen las cifras exactas y actualizadas.

Llegaron a ser 63.000 soldados sobre el terreno, con dos bases militares, la base aérea de Hmeimim, en el noroeste, y la base naval de la mediterránea Tartús, en el sur. También fueron enviados a la zona buques de guerra y submarinos. El ministerio de Defensa ruso ha llegado a reconocer que los últimos sistemas de armamento han sido testados en suelo sirio. A cambio de su ayuda militar, Damasco ha adjudicado a compañías rusas la explotación de campos de petróleo y fosfatos y la reconstrucción de un país arrasado por el conflicto y sostenido frágilmente por una economía de guerra.

Pensaba que, tras vivir siete años en Europa, lo olvidaría pero estos días estoy rememorando ese trauma. Es el mismo dolor

Mohamed Khedhr, ACTIVISTA SIRIO

La influencia rusa es claramente perceptible en las calles de las ciudades sirias bajo control del régimen baazista, con carteles que reproducen el rostro de Putin o banderas rusas que agradecen su implicación.

Para sirios como Khedhr, el despliegue de mercenarios sirios, la táctica de bombardear sin tregua o la amenaza del uso de armas químicas -una realidad en Siria que ni siquiera sacudió la indiferencia occidental- aplican en su vida de exiliado un triste “déjà vu”. “Cuando veo las imágenes siento el mismo dolor porque fui testigo de esos bombardeos y mi casa fue destruida. Mi suegro murió bajo unos ataques idénticos. No solo fue Alepo. También Homs o Raqqa sufrieron esos mismos zarpazos. Pensaba que, tras vivir siete años en Europa, lo olvidaría pero estos días estoy rememorando ese trauma. Es el mismo dolor”, murmura.

Dos semanas de hostigamiento aéreo, en evidente in crescendo, no son comparables con los años que desfiguraron concienzudamente a Alepo, a Siria. “En Ucrania Rusia aún no ha usado todas las armas con las que nos atacaron a nosotros”, argumenta Badi Khlif, que trabajó como fotógrafo en Hama, captando las instantáneas de la destrucción que sucedía a cada descarga desde el cielo.

Según Kiev, el plomo ruso ha dañado o destruido más de 200 escuelas, 34 hospitales y más de 1.500 edificios residenciales. Los golpes en la infraestructura exceden los 10.000 millones de dólares. Es el balance provisional que crece a razón de horas y días. Las cicatrices del conflicto han asomado por urbes como Járkov, Chernihiv o Sumy, con la amenaza cierta de extender su destrucción y el éxodo que vació y alteró para siempre barrios y pueblos enteros de Siria, que los convirtió en fantasmas. “Lo de Ucrania es como volver a Siria. Cuando lo veo, me entra el pánico y me asaltan los mismos terribles sentimientos. Y entonces vuelvo a llorar como un crío”, concluye Badi.