Si hay un líder que encarna la esencia de un macho alfa en política, ese es Vladimir Putin. Lleva desde el año 2000 en el poder en Rusia y tiene una espina clavada: el desmoronamiento de la Unión Soviética. Culpable fue Mijail Gorbachov, que hace 30 años avaló esa nueva fase, y todos los dirigentes de aquella época. Pero también Occidente, que Putin siempre dibuja como un ente maléfico que busca el hundimiento de lo que queda del imperio soviético. En su rueda de prensa de este jueves, Putin, que ha emplazado tropas en la frontera con Ucrania porque se opone a que Kiev se oriente hacia la UE, acusó a la OTAN, alianza defensiva, de querer expandirse hacia su frontera. Para Putin la voluntad de los ucranianos no cuenta.

Tampoco contó lo que querían los bielorrusos, que hartos de los abusos de Aleksander Lukashenko, que lleva en el poder desde 1994, salieron a respaldar masivamente en las calles a la opositora Svetlana Tijanovskaya. Su esposo, Serguei Tijanovski, acaba de ser condenado a 18 años de cárcel por promover disturbios e incitar el odio. Fue él quien empezó con una batalla contra la corrupción que denunciaba con un lema «Noticias Auténticas».

Tijanovskaya, que fue candidata a la Presidencia en el verano de 2020, tuvo que exiliarse. Lukashenko se atribuyó la victoria por un 80% de los votos pero cientos de miles de bielorrusos, entre ellos muchos trabajadores de empresas estatales, rechazaron su elección en concentraciones masivas. Con la ayuda de Putin, Lukashenko acalló a los disidentes. Los que no están en la cárcel han tenido que huir de Bielorrusia.

«Los dos han aprendido las lecciones de la Primavera Árabe, y tienen presente lo que pasó en 1989, cuando las dictaduras comunistas cayeron como fichas de dominó: las revoluciones democráticas son contagiosas. Si puedes evitar que triunfen en un país, evitarás que lo hagan en otros. Las manifestaciones prodemocracia y anticorrupción que tuvieron lugar en Ucrania en 2014 reforzaron esta idea del temor al contagio democrático. Después de todo, si los ucranianos podían desembarazarse de un dictador corrupto, ¿por qué no iban a hacer lo mismo los rusos?», escribe Anne Applebaum, autora de El ocaso de la democracia en un artículo reciente en The Atlantic.

Para Putin lo que ocurrió en Ucrania en 2014 es un desafío. Ucranianos y rusos son hermanos en su visión y no concibe que tengan destinos separados. Poco le importa que la mayoría de los ucranianos discrepe: una encuesta que cita Andrew Wilson señala que el 70% de los ucranianos rechaza que formen parte del mismo pueblo que los rusos. De aquel choque de 2014 quedó la impune invasión de Crimea y la guerra latente del Donbás. A finales de 2021 lo que pretende evitar es que Ucrania, nación soberana, decida su destino y pueda ampararse en el paraguas de la OTAN. Putin y el presidente de EEUU, Joe Biden, conversaron sobre la cuestión de forma virtual en diciembre y sus representantes iniciarán negociaciones en enero en Ginebra.

La línea roja de Putin es la expansión de la OTAN. Es lo que dice explícitamente. En realidad, lo que teme Putin es que las demandas de democracia se extiendan por Ucrania, Bielorrusia y la onda expansiva alcance Rusia. Para que la Unión Europea sepa a lo que se expone ha desplazado tropas a las fronteras de Ucrania, y antes ha alentado a Lukashenko en su desafío a Polonia utilizando la migración como un arma de presión.

Ya lo había hecho otro macho alfa, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan en 2015, cuando abrió las puertas a que decenas de miles de sirios, afganos, iraquíes salieran del país. Desde entonces utiliza a los millones de refugiados que acoge en Turquía, en campos donde no se integran, para poner contra las cuerdas a la UE.

Desde el verano pasado, miles de iraquíes y afganos fueron instigados por el régimen de Minsk a que se desplazaran a la frontera con Polonia. Con el frío llegó el momento más crítico para quienes hicieron caso y creyeron que había posibilidad de llegar a Europa. Tanto Putin como Lukashenko saben que la migración es un asunto sensible en la UE, y más aún en un país como Polonia, con el que hay fricciones sobre su respeto al Estado de Derecho. Un cóctel molotov 2.0.

Putin y Lukashenko han impuesto su ley del más fuerte en este 2021. Como lo ha hecho en Hungría su primer ministro, Viktor Orban, que se enfrenta a unas cruciales elecciones el próximo año. De momento todos ellos van ganando la partida. Pero no son los únicos.

Autócratas de todo pelaje

En el club de las autocracias, al que pertenece Bielorrusia gracias al apoyo no solo de Rusia sino también de China e Irán, también ocupa un lugar relevante Venezuela. Como subraya Applebaum en The Bad Guys Are Winning, «las autocracias ahora no están a cargo solo de un hombre fuerte, sino de sofisticadas redes compuestas de estructuras financieras cleptócratas, servicios de seguridad y propagandistas profesionales. Estas redes se extienden por varios países… Entre los autócratas modernos hay quienes se autodenominan comunistas, nacionalistas y teocráticos… lo que realmente diferencia a los miembros de este club es su deseo de poder personal y riqueza».

Nicolás Maduro es uno de ellos. Al igual que el régimen de Lukashenko, el chavismo está en el punto de mira de las sanciones de Estados Unidos y de la UE. Varios dirigentes chavistas son objetivo de penalizaciones, algunos de ellos por su relación con el narcotráfico. Nicolás Maduro, que sucedió a Hugo Chávez cuando murió en marzo de 2014, se ha revelado como un fiel aliado del régimen castrista. No en vano la Inteligencia cubana mueve los hilos en Caracas y Maduro está ahí gracias a sus buenas relaciones con La Habana.

La mayor muestra del fracaso de Maduro está en el desastre económico en el que está sumida la potencia petrolera, donde la hiperinflación es la mayor del mundo. La gran mayoría de la población está en la pobreza y tiene dificultades para alimentarse adecuadamente. Unos seis millones de venezolanos han salido del país. Esta sangría ha ido a más desde que asumió el poder Maduro. La activista por la democracia Srdja Popovic habla del «modelo Maduro» para referirse a esta fórmula por la que el autócrata sigue impertérrito a pesar de que al aferrarse al poder condena a su país a ser un Estado fallido. Es lo que hizo, guerra incluida, Asad en Siria.

En 2021 se han celebrado elecciones legislativas en Venezuela. A los autócratas les gustan las votaciones porque les dan una capa de legitimidad aparente. Pero siempre que tengan el control. La oposición, que aún mantiene su apoyo aunque con fisuras a Juan Guaidó como presidente encargado, se dividió y no se presentó con candidatos fruto de primarias. El oficialismo arrasó y donde no lo hizo, como en Barinas, patria chica de Chávez, va a repetir la elección.

Los autócratas buscan al acaparar poder un objetivo: impunidad. Maduro ha recibido una mala noticia. Venezuela se ha convertido en el primer país de América al que la Corte Penal Internacional ha abierto una investigación formal. Después de la visita del fiscal Karim Khan, el 13 de noviembre la Corte Penal Internacional anunciaba que procedía a determinar la veracidad de los supuestos crímenes contra la humanidad cometidos en Venezuela al menos desde 2017.

En el continente americano también se ha consagrado como autócrata, aunque de menor empaque, Daniel Ortega, quien ha celebrado las elecciones más surrealistas en décadas. Encarceló a todos los posibles opositores, así como a periodistas, incluso a empresarios, para evitar cualquier sorpresa en las urnas. Ortega y su esposa, Rosario Murillo, han impuesto un régimen de terror que para muchos asemeja a la dictadura de Somoza.

Los autócratas no son exclusivos de América del Sur. La experiencia en Estados Unidos con Donald Trump derivó en el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. Trump pretendía impedir que el vencedor de las elecciones de noviembre de 2020, Joe Biden, asumiera como presidente. Nadie imaginaba que un presidente de EEUU fuera capaz de llegar tan lejos. Trump amenaza con volver: de momento ha creado Truth, una red social alternativa, ya que las convencionales le han vetado después de su participación en ese intento de asesinato de la democracia americana. Si los trumpistas logran avances en las midterms de 2022, Trump puede volver a escena.

Capítulo aparte merece el líder chino, Xi Jinping. Es un hombre fuerte como no se recuerda en China desde Mao. Todo indica que permanecerá en el poder por un tercer mandato como presidente. Su objetivo es hacer realidad «el sueño chino». Es decir, la preeminencia de China como potencia global. Para lograrlo la gobernanza china se basa en la cohesión. Todo se sacrifica para conseguir esa unidad. En una nación de más de 1.400 millones de habitantes. En 2021 los que reclamaban más libertad en Hong Kong han chocado con Pekín. Han sido derrotados. Como los uigures, minoría musulmana en Xinjiang, a los que Pekín considera como terroristas por amenazar esa cohesión.

En Asia está el poder en el siglo XXI. Y China emerge como un nuevo imperio basado en una economía pujante que da prioridad a la innovación y la tecnología. La ruta de la seda digital se extiende a velocidad vertiginosa. Estados Unidos sabe de este desafío ha desplazado sus objetivos de seguridad al IndoPacífico. Es una rivalidad creciente, que la Administración Biden ha querido plantear en términos de democracia/autocracia, lo que tiene ecos de Guerra Fría. Sin embargo, China no es la URSS 2.0. Es Rusia quien tiene ese papel. China juega en otra liga.