Europa

Un mes de guerra en Ucrania deriva en la batalla por las ciudades

Los alcaldes de Kiev, Járkov, Mariúpol o Leópolis, siguen la estela de presidente Zelensky como garantes de la unidad y de la resistencia frente al asedio ruso

«La meta es destruir Ucrania. Y para conseguirlo el Kremlin busca destruir nuestras ciudades». Vitali Klitschko, alcalde de Kiev, la capital, habla en nombre de los regidores de las principales urbes del país. La invasión que ordenó el líder ruso, Vladimir Putin, hace justo un mes, ha derivado en una batalla por las principales ciudades de Ucrania. Y desde ellas se ha levantado una resistencia feroz, encabezada por las autoridades locales.

«Estamos luchando contra uno de los ejércitos más poderosos del mundo, pero no nos rendiremos. Rusia nunca dominará Kiev», asegura el ex campeón mundial de boxeo que está afrontando estas semanas el combate de su vida. Vitali Klitschko participa, junto con otros alcaldes como líder de la Asociación de Municipios de Ucrania, en un encuentro con autoridades municipales europeas y periodistas con el fin de dar a conocer cómo evoluciona la guerra y cuáles son sus demandas más urgentes. Entre ellos está el vicealcalde de Mariúpol, Serguei Orlov, que describe el «infierno» que vive esta ciudad martirizada por las fuerzas rusas.

El primer objetivo de Putin era conquistar Kiev, la joya de la corona, con unos tres millones de habitantes. Había concebido una guerra relámpago que condujera a un cambio de gobierno en la capital. El Kremlin no calculó bien la capacidad de resistencia de las tropas ucranianas, la firme voluntad de los ciudadanos y la fortaleza del liderazgo del presidente, Volodimir Zelenski, que sigue al pie del cañón en la capital ucraniana.

Desde Kiev, Zelenski ha librado una batalla mediática excepcional que está teniendo sus frutos. Los ucranianos cada vez están más unidos, a pesar de las numerosas bajas civiles, que parece que irán en aumento. A la vez, está lanzando su mensaje al mundo con éxito. Ha intervenido en el Parlamento Europeo, el Congreso de Estados Unidos, el Parlamento británico, la Asamblea Nacional francesa, la Cámara de Diputados italiano o la Knesset israelí, entre otros legislativos, por videoconferencia.

El mensaje de fondo es el mismo: ayudadnos, esto va con vosotros también. Pero lo adapta a los interlocutores con alusiones históricas muy ilustrativas. A los británicos les habla de los nazis, a los estadounidenses del 11-S y a los israelíes de su persecución. Zelenski es de origen judío, lo que no parece importar a Putin que habla de que en Ucrania libra «una operación militar especial» dirigida a «desnazificar» y «desmilitarizar» Ucrania.

En primer plano está Zelenski, Y sobre el terreno, los alcaldes, como Vitali Klitschko, Andrei Sadovyl, de Leópolis, o Vadim Boychenko, de Mariúpol. Son quienes lidian cada día con las consecuencias de los indiscriminados ataques que están perpetrando las tropas rusas en estas cuatro semanas. Los bombardeos han tenido como objetivo las vías de suministro de agua, gas, las instalaciones eléctricas. En su día a día están pendientes de que se reparen estos daños para evitar que los ciudadanos padezcan hambre, sed y frío. Es díficil calcular el número de víctimas civiles ucranianas: habría cerca de un millar verificadas por la ONU, entre ellas un centenar de niños, pero el número real es con toda probabilidad mucho mayor.

Pendientes del destino de Mariúpol

El ejemplo de Mariúpol es desolador. Esta ciudad portuaria, que vivía un resurgir industrial y cultural gracias a la inversión del gobierno de Kiev, ha quedado arrasada. «El 90% de la ciudad está destrozado. Es como un nuevo Hiroshima», afirma en este foro de alcaldes el vicealcalde, Serguei Orlov. Según sus datos, el 30% de las bombas rusas han caído en esta urbe, que tenía más de 400.000 habitantes. Habrían muerto unas 3.000 personas en esta ciudad, donde los cadáveres se entierran en cualquier sitio, ya que llegar hasta el cementerio resulta imposible por los ataques y la escasez de combustible.

El presidente Zelenski ha dicho este miércoles que aún quedan unas 100.000 personas en Mariúpol que apenas salen de los refugios. «Cae una bomba cada diez minutos», decía un capitán a la CNN esta semana. La reclamación constante es que se abra un corredor humanitario seguro, para evitar heridos o traslados forzosos a territorio ruso.

El 45% de los ciudadanos en Mariúpol eran rusófonos, y son rusas muchas de las víctimas, según las autoridades municipales de esta localidad. Hemos visto bombardeos a una maternidad, que para el Kremlin era un escondite del Batallón Azon donde las embarazadas salían en camilla, al teatro de la ciudad o una escuela, donde se refugiaban aterrorizados cientos de ciudadanos.

La toma de Mariúpol sería un punto de inflexión para las tropas rusas, que llevan sin cosechar éxitos desde hace días. Están estancadas y todo indica que tienen problemas logísticos. Según nos explicaba Christian D. Villanueva, director de la Revista Ejércitos, tras fallar la operación relámpago inicial ahora la estrategia es la imposición de costes. Es decir, se libra una guerra de desgaste con el fin de que los ucranianos se ven forzados a rendirse. Pero están lejos de hacerlo.

Si Mariúpol cae, el Kremlin podría derivar tropas a otros frentes. Además, este puerto facilitaría la conexión de las autoproclamadas repúblicas separatistas del Donbás con la península de Crimea, anexionada en 2014. A su vez, impediría el acceso de Ucrania al mar de Azov.

Mariúpol es una ciudad mártir como antes lo fueron Alepo o Grozni. Pero no es la única. En cada ciudad de Ucrania, desde Leópolis, en el oeste, a Odesa, en el sur, a Járkov, en el este, la resistencia es feroz. Hasta el momento de las ciudades de mayor tamaño solo han tomado Jersón, donde los ucranianos luchan por recuperar el control.

En el noreste, Járkov, la segunda ciudad del país, también ha sufrido una gran destrucción. Casi un millar de edificios están destruidos por los bombardeos, según los servicios de emergencia ucranianos. La mayor parte de estos edificios eran residenciales. Al menos 500 habitantes de Járkov, a unos 50 kilómetros de la frontera rusa, han perdido la vida.

«Járkov es hoy la Stalingrado del siglo XXI», decía hace unos días Oleksiy Arestovich, asesor del presidente ucraniano. «Era una ciudad vibrante y universitaria, repleta de jóvenes estudiantes. Hoy las universidades permanecen cerradas y el personal ha sido evacuado. Es difícil asumir esta situación». Este panorama es cada vez más común en las urbes ucranianas.

Volver a 1991

En las últimas horas Sumy, en el este, con unos 270.000 habitantes, está casi cercada, según Andrei Baranov, uno de los concejales locales. Unas 100.000 personas han salido de la ciudad, según la BBC. Hay escasez de medicinas y de combustible. Aún así el concejal asegura que pueden resistir tres o cuatro semanas. Pero demanda ayuda.

«Han secuestrado alcaldes. Algunos han desaparecido y no sabemos cuál ha sido su destino. El alcalde de Hostomel, Yuri Ilich Prylypko, fue asesinado por el fuego ruso mientras ayudaba a sus vecinos. Quieren extender el caos y el pánico, pero no lo están consiguiendo», relata Klitscko. El ex campeón mundial de boxeo y su hermano gemelo, Wladimir, han cambiado en pocos años su gloria deportiva por la lucha por la supervivencia de su pueblo.

Los alcaldes tienen claro que Putin no va a parar. «Quiere volver a 1991 [antes de la caída de la Unión Soviética]. La ayuda económica y militar es fundamental para ponerle freno. Cada vez tendrá más reclamaciones», afirma Serguei Morgunov, alcalde de Vinnytsia, de 360.000 habitantes.

En el oeste, el alcalde de Leópolis, Andrei Sadovyl, relata cómo los testimonios de los ucranianos que llegan a su ciudad en busca de un lugar más seguro son estremecedores. «Están destruyendo la vida. Matan a civiles y violan a mujeres. Estamos reviviendo la Segunda Guerra Mundial», dice Sadovyl. Leópolis ha empezado a escuchar el sonido de las sirenas que anuncian los bombardeos, si bien dista mucho su situación de la que vive Járkov, en el este, o la misma Kiev.

Leópolis, situada a 70 kilómetros de la frontera polaca, acoge de momento a unos 200.000 desplazados. Diez millones de ucranianos, uno de cada cuatro, ha dejado su hogar en este mes.

El número de refugiados crece imparable: ya hay más de 3,5 millones, según ACNUR. Más de dos millones están en Polonia, que ha abierto sus puertas. La Unión Europea ha activado por primera vez un mecanismo para facilitar la recepción de ucranianos en sus fronteras. A España han llegado más de 25.000, según el ministro español de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá.

Batalla casa por casa

Las ciudades han sido clave estas cuatro semanas y seguirán en el punto de mira de las tropas rusas. Pero tomarlas será muy complejo. Exigirá la movilización de más tropas y el Kremlin ya ha sufrido miles de bajas. Fuentes rusas hablaban hace un par de días de unos 10.000 efectivos, aunque el dato se corrigió rápido. Los ucranianos elevan el número hasta los 15.000, más que en las dos guerras chechenas. Estados Unidos cuenta con al menos 6.000. En un mes es una cantidad muy elevada. Y librar una batalla casa por casa demandará más tiempo, dinero y tropas.

«Ucrania ha planteado resistencia desde las grandes ciudades porque desde ahí dan ventaja al defensor. Es muy difícil porque desde una ciudad pueden lanzarte un misil desde cualquier sitio», afirma Christina D. Villanueva, director de la Revista Ejércitos

Coincide Félix Arteaga, investigador principal del Real Instituto Elcano, con este planteamiento. «Las ciudades dan la ventaja al que defiende. El que ataca ha de arriesgar mucho más. Cuando se pasa a la zona urbana hay que ir casa por casa y con una resistencia decidida retrasa el avance, no se puede ayudar desde el aire. La capital siempre es más atractiva para el atacante porque ahí está el gobierno, por ahora. Quizá cambien por otro blanco menos complicado y dejar a Kiev cierto movimiento y ocupar otras zonas más fáciles. Hay que ver cómo recomponen su estrategia». 

Hemos de presionar a los gobiernos europeos para que apoyen una zona de exclusión aérea. Así se evitarán los bombardeos a nuestras ciudades»

oleksyi chernysov, ministro ucraniano de comunidades y territorios

Los alcaldes, al igual que el presidente Zelenski, están pidiendo a la comunidad internacional que actúe claramente en favor de los ucranianos. ¿Cómo? El ministro ucraniano de las Comunidades y Territorios, Oleksiy Chernysov, expone tres peticiones fundamentales: «Hemos de presionar a los gobiernos europeos para que apoyen una zona de exclusión aérea. Así se evitarán los bombardeos que están matando a ucranianos día y noche. En segundo lugar, insistimos en que la presión económica es imprescindible. Las empresas internacionales han de salir de Rusia. En tercer lugar, Ucrania precisa una vía rápida para ingresar en la Unión Europea».

La campaña por la zona de exclusión aérea está chocando con el rechazo de la OTAN. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha vuelto a repetir este miércoles, al presentar la cumbre de este jueves, que esta medida conduciría a una escalada que derivaría en una Tercera Guerra Mundial. El boicot económico se encuentra con el freno de la dependencia energética de Rusia. El propio canciller alemán, Olaf Scholz, ha reconocido que hoy por hoy sería muy costoso para su país cortar el grifo del gas ruso.

Los alcaldes, y Zelenski, que actúa como su comandante en jefe, van a mantenerse firmes. «Si ustedes creen que la guerra solo nos concierne a los ucranianos, se equivocan. Es una guerra que afecta a cada ciudadano europeo. Es la mayor guerra desde la Segunda Guerra Mundial. Si ustedes creen que están lejos, se equivocan. Estamos luchando no solo por nuestro país, sino por los valores que nos unen», concluye Vladimir Klitschko, que cada día confirma cómo van muriendo sus conciudadanos. Decía este miércoles tras dar cuenta de las últimas víctimas:»El enemigo continúa bombardeando la capital».

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