Javier Fernández, presidente de la gestora socialista, ha insistido en diversas intervenciones públicas en una tesis: «El PSOE se ha podemizado». Lo malo para el Partido Socialista es que se ha contagiado de lo peor de Podemos, su sectarismo, y, sin embargo, no ha sabido ganarse el respaldo de los jóvenes, cosa que sí ha ha hecho la formación de Pablo Iglesias.

Lo que ocurrió en la asamblea de afiliados socialistas de Alcorcón (información publicada el pasado jueves en El Independiente) es el fiel retrato de lo que pasa en centenares de agrupaciones del partido. La mayoría de los militantes del PSOE la componen viejos socialistas que han vivido la transición, pero cuyos hijos se han pasado a Podemos (el caso de Ramón Espinar es un buen ejemplo).

El arraigo del «no es no» no es fruto de un cambio generacional en el Partido Socialista, la consecuencia de la incorporación de nuevas generaciones a la organización, sino de la asunción por parte de muchos de sus militantes de toda la vida de que las recetas de Podemos son las que convienen a la izquierda.

Por eso Fernández lo tiene tan difícil. No se trata tan solo de ganar la votación en el Comité Federal; ni tan siquiera de convencer al grueso del Grupo Parlamentario para que se abstenga en la investidura de Mariano Rajoy. La cuestión es convencer a las bases de que facilitar un gobierno del centro derecha -que, por cierto, ha ganado las elecciones- no supone traicionar ningún principio ni implica «bajarse los pantalones».

Javier Fernández y Pablo Iglesias.

Javier Fernández y Pablo Iglesias. Efe

El «no es no» puede quedar como la mayor aportación de Sánchez al devenir reciente del PSOE. Entronca con unos afiliados que llevan años identificando al PP con un partido corrupto hasta la médula, que ha beneficiado a los banqueros y que es heredero directo del franquismo. Alberto Garzón (líder de IU, ahora integrado en Podemos) ha dicho que en un país serio de lo que se estaría hablando ahora es de la «ilegalización del PP».

El «no es no» es, además, simple, no necesita de mayor reflexión y se acomoda a los tiempos que corren, en los que el discurso político ha sido sustituido por los 140 caracteres de Twitter o por las intervenciones en los platós de televisión en programas cuyas audiencias están en relación directa con el nivel de confrontación de los tertulianos. Es decir, en los que se penaliza todo intento de comprensión de una parte por la otra.

El «no es no» es sencillo, no necesita reflexión y, además, es un puente hacia Podemos

Además, el «no es no» tiene la virtualidad de crear un puente entre el PSOE y Podemos. La confluencia en torno al enemigo común (la derecha) es siempre más fácil que el acuerdo sobre bases programáticas o ideológicas.

Pero la podemización del PSOE no es obra exclusiva de Sánchez. Tiene sus raíces en la radicalización que imprimió Rodríguez Zapatero en su partido al tratar de arrinconar al PP en la derecha más extrema. La puesta en marcha de algunas leyes, como la de la Memoria histórica, no tenía como objetivo fundamental el resarcimiento de las víctimas (que, en todo caso, debería haber sido compartido), sino buscar en la reacción contraria del PP la excusa perfecta para identificar a dicho partido con el franquismo. Ese movimiento es absolutamente coherente (como recordaba acertadamente Victoria Prego en su artículo Antes muertos que abstenidos) con el Pacto del Tinell, en el que la izquierda y los independentistas forjaron un «cordón sanitario» para aislar al PP.

La idea de que «el PP no es homologable con los partidos de la derecha europea», expresada reiteradamente por Núria Parlon (alcaldesa de Santa Coloma por el PSC) ha calado tan hondo en la militancia socialista que ahora resulta casi imposible justificar que sea precisamente el Partido Socialista el que propicie la continuación en el poder de Rajoy. Recordemos el grito de guerra de Miquel Iceta en un mitin reciente: «¡¡¡Pedro, líbranos del PP y de Rajoy. Líbranos de ellos!!!»

El sectarismo, el odio se ha instalado en una parte de la juventud. Está de moda ser intransigente

Pablo Iglesias es consciente de esa desconexión entre lo que siente la militancia socialista y el giro que pretende la gestora encabezada por Fernández y dirigida en la sombra por Susana Díaz. Y cree que tiene una oportunidad histórica para garantizarse el sorpasso en las próximas elecciones asestándole ahora un golpe mortal. Su giro a la izquierda, minusvalorando el papel de las instituciones y reclamando la lucha en la calle, no sólo tiene por objeto ganarse las simpatías de los activistas de IU y de la Izquierda Anticapitalista en su pugna contra Íñigo Errejón, sino en ahondar las contradicciones dentro del PSOE.

Iglesias sólo entiende el pacto de la izquierda desde la sumisión del PSOE y, por ello, no tiene inconveniente en agredir a un símbolo vivo del socialismo como es Felipe González, recordándole que «tiene las manos manchadas de cal viva» (en referencia a los asesinatos de Lasa y Zabala).

Aunque Podemos no esté detrás de la organización de la algarada en la Universidad Autónoma contra el ex presidente del gobierno, sus políticas, sus gestos, sus actitudes son las que han dado cobertura y sustento a los alborotadores.

Seguramente, muchos de ellos ni siquiera habían nacido cuando se organizaron los GAL, pero eso da lo mismo. Al igual que no importa si los bárbaros que la han emprendido contra la estatua ecuestre de Franco en Barcelona vivieron bajo la dictadura. El sectarismo, el odio, se ha instalado en una parte de la juventud. Esta de moda ser intransigente. Iglesias no tiene empacho en decir que Podemos tiene que volver a «generar el miedo de los poderosos» y, para generarlo, no hay mejor arma que la violencia.

El gran problema de la izquierda, lo más complicado para Fernández, es precisamente resituar al PSOE en ese contexto de radicalización, en el que Podemos puede llegar a superarle en votos utilizando un lenguaje y unas prácticas propias de la etapa anterior a la transición.

Si los socialistas quieren desaparecer en el sumidero de la historia no tienen más que dejarse llevar por la demagogia del populismo.