La Francia ilustrada ha ganado a la Francia de la cólera. La dicotomía entre esas dos formas de ver el mundo que utilizó Ana Alonso en su artículo Dos Francias, frente a frente refleja con nitidez lo que estaba en juego en estas elecciones. El poder ya no se lo disputaban la izquierda y la derecha, sino un partido que quiere reformar el sistema y otro que pretende destruirlo.

Ni la izquierda (el Partido Socialista) ni la derecha (UMP / Los Republicanos ) han sabido gestionar el deterioro sufrido en Francia tras la crisis financiera de 2008. Ni Sarkozy ni Hollande se atrevieron a modificar ni una sola de las leyes proteccionistas del obsoleto estado de bienestar francés. Cualquier pequeño intento por retocar el modelo suponía tener que enfrentarse a los afectados en la calle o en la Asamblea, ya fuera un tímido intento de reforma laboral o la liberalización de los horarios comerciales.

Como bien explica Miguel Sebastián (La macro de Macron), la gran diferencia entre Francia y Alemania en estos últimos diez años es que, con un crecimiento similar, la primera mantiene un nivel de paro del 10%, mientras la segunda lo ha bajado del 4%. Francia es uno de los países de la UE con mayor déficit y con mayor deuda (en niveles parecidos a los de España). El eje París/Berlín, que ha sido básico para la construcción de Europa, se ha quebrado en la última década en detrimento de Francia. La supremacía política de Merkel no sólo se basa en la continuidad política y en la coherencia de la canciller alemana, sino en la debilidad de su socio. Mientras Alemania definía y marcaba las pautas en la UE, Francia se miraba el ombligo tratando de mantener un gasto social y unos privilegios insostenibles.

En la primera vuelta los electores le dieron la espalda a los partidos tradicionales y en esta segunda le han otorgado una amplia mayoría a Macron (más del 65%) en un claro aval a su apuesta patriótica por el cambio. “Se empieza a escribir una nueva página”, ha clamado tras conocer los primeros resultados.

A pesar de su juventud (39 años) el fundador de En Marcha no es un desconocido. Fue ministro de Economía con Hollande y proviene de la elitista ENA (Escuela Nacional de Administración). Se hizo millonario en la banca Rothschild y económicamente se define como liberal.

No ha prometido milagros ni mantener los privilegios, sino hacer de Francia un país eficiente y ello va a tener un elevado coste social y político.

Los franceses saben que han votado por un político que parece dispuesto a hacer lo que sus antecesores no se atrevieron.

En ese sentido, el voto a Macron es un voto valiente. No ha prometido milagros, ni reducciones de la jornada laboral, ni subidas de salarios, ni protección para los agricultores o la industria nacional, cosas a las que la derecha y la izquierda francesa nos tiene acostumbrados. A lo que se ha comprometido es a hacer de Francia un país eficiente. Y eso va a tener un elevado coste. Ni los antisistema de Mélenchon, ni la ultraderecha de Le Pen le van a dar un respiro. Los socialistas pueden convertirse en aliados porque están demasiado débiles y les espera una larga travesía del desierto, pero los republicanos tampoco se lo van a poder fácil.

La revancha de los viejos partidos tiene ya fecha: las legislativas del mes de junio. En el plazo de un mes, Macron va a tener que poner a punto a su imberbe partido para pelear por el control de la Asamblea. Si En Marcha no logra una mayoría suficiente, Macron va a tener muy complicado poner en práctica su programa de reformas.

Francia ha dado un primer paso para ser un país más moderno, más eficiente, con mayor peso en Europa. Macron ha salvado al euro y Bruselas y los mercados han vivido el mejor domingo en mucho tiempo. La pesadilla del populismo ha sido derrotada, pero, ¡atención!, ahora toca pasar de las musas al teatro. Esperemos que a Macron no le fallen las fuerzas y que los que ahora le han dado su confianza no le abandonen al primer contratiempo.