Al final va a tener sentido que fuera el día de San Isidro, fiesta en la que Madrid relame gallinejas, entresijos y demás vísceras, cuando los tres candidatos a la secretaría general del PSOE quedaron para sacarse en público los higadillos.

Lo más parecido al pudor para que no salpicara mucho la sangre en el único debate de las primarias socialistas fue celebrarlo a mediodía, lo más alejado posible del prime time, para asegurarse cuantos menos espectadores mejor.

El primero en llegar a la sede del Partido Socialista fue Pedro Sánchez, que interpretando su papel del llanero solitario contra el Goliat del aparato, se acercó solo ante el peligro.

Tras él, al fondo, se vislumbraba a Susana Díaz avanzar por la calle Ferraz cortejada por una comitiva que la arropaba con aplusos y banderas que, como no pudo entrar a ver el debate en directo, se fue al bar de enfrente a gritarle olés a su favorita. Algunos, los más, se confesaban tomasistas traicionados desde que Sánchez expulsó a Tomás Gómez del PSM. Del Frente Judaico Popular no había ninguno.

El último en llegar a Ferraz fue Patxi López diciendo que esperaba que ganaran las ideas. Lástima que al final, con tanto fragor en el cuerpo a cuerpo, quedasen descalificadas por incomparecencia.

La duda era si Susana Díaz entraría en el enfrentamiento personal con Pedro Sánchez. Y vaya si entró

La duda era si Susana Díaz entraría en el enfrentamiento personal con Pedro Sánchez. Y vaya si entró: «Tu problema es que tus portavoces parlamentarios ya no trabajan contigo. Que José Luis Rodríguez Zapatero no se fía de ti. Que Felipe González cree que le has engañado», reprochó la presidenta andaluzada al ex secretario general al que ella misma apoyó en 2014.

«Convendrás conmigo en que la abstención fue el peor de los errores cometidos en los últimos años», replicaba Sánchez a la presidenta andaluza. El vaivén de reproches en el debate se volvió tan visceral como las tapas de la Pradera de San Isidro.

Y entre tanto fuego cruzado, el ex lehendakari pedía de vez en cuando la palabra con los brazos en alto cual pantocrátor. Trató López todo lo que pudo de alzarse como la voz de la unidad y la búsqueda de soluciones frente al enfrentamiento de los dos favoritos. Pero al final no pudo resistirse y se sumó a repartir estopa, aprovechando su posición en el atril del centro, a derecha e izquierda: «La abstención no fue una buena idea», le dijo a Díaz, a quien también le pidió que reconociera que «100% PSOE somos todos». Y a Sánchez, con más recochineo, le soltó: «Me parece muy bien que si no tienes ideas, cojas las mías».  Y si éste era el candidato conciliador, imagínense el resto.

Para alejarse lo más posible del batacazo del socialismo francés, que como el fantasma de las futuras Navidades se aparece para recordar que siempre se puede ir a peor, Sánchez quiso dejar claro que su referente ya no es el malogrado Hamon. Ahora el espejo en el que se mira es el del primer ministro de Portugal, la resistance socialista en Europa. Pero por más que intentaba evitarlo, se le iba poniendo cara de Corbyn. Hubiera resultado más convincente si al menos se hubiera aprendido bien el nombre del mandatario portugués, al que se refirió como Antonio Soares en vez de Antonio Costa.

Díaz no se equivocó, pero tampoco brilló lo necesario para disipar las dudas de que Sanchez puede ganar el domingo. Se le complican las cosas a la andaluza para ponerse a coser un partido que ella misma reconoce que «está malito». Prudente eufemismo para dejar entrever que con remendarlo ya no vale. Hay que llevarlo a la UCI.

Y López reivindicaba con aplomo la reconciliación y la vuelta al socialismo: «Nosotros representamos la ‘O’ de obreros». Pero a medida que avanzaban los reproches quedaba más claro que a estas alturas la letra que está en juego en el PSOE es la ‘P’ de partido.

¿Titulares? Para todos los gustos. Depende del género que uno prefiera

¿Titulares? Para todos los gustos. Depende del género que uno prefiera. Para comedia romántica habría que elegir entre «Tu problema no soy yo, Pedro. Eres tú» y «el No mientas, cariño», dos de las perlas que le dedicó Díaz al madrileño. Para un concurso con Jordi Hurtado mejor Patxi López: «¿Tú sabes lo que es una nación, Pedro?» . Y en un drama social de León de Aranoa, la confesión de Pedro Sánchez: «Estoy en el paro».

Al terminar el debate, en la calle Ferraz, no reinaba el enfrentamiento, como en los idus de octubre. No se vieron ni aplausos ni navajazos, más bien desolación ante la cuenta atrás que es difícil que traiga nada bueno. Por no haber, no había siquiera militancia esperando a que salieran los líderes que aspiran a ser el futuro de un partido que lleva demasiados meses en funciones. Es lo que tiene celebrarlo en la clandestinidad.

Hay que reconocer que la victoria del debate no está del todo clara. Tanto Mariano Rajoy como Pablo Iglesias tienen muchos motivos para declararse vencedores. El perdedor, sin embargo, es evidente: el PSOE.