Este fin de semana los socialistas celebramos nuestro 39º Congreso Federal. Y no es un congreso más, pues se desarrolla en una situación excepcional, en el doble sentido que esta palabra tiene: constituye una excepción a la regla común –Pedro Sánchez concurre como Secretario General, elegido por segunda vez por los militantes en primarias, tras los acontecimientos del pasado mes de octubre-, y porque se aparta de lo ordinario, pues no se circunscribe a la elección de los órganos de dirección del partido y a la aprobación de la ponencia política que marcará el rumbo del socialismo español en los próximos años, sino que supone un punto de inflexión, un hito, en nuestra ya larga historia: con este 39º Congreso comienza su andadura un nuevo PSOE.

Pero, ¿qué implica este nuevo PSOE?

Desde luego, no significa desconocer nuestros anteriores casi 140 años de servicio a España y a los españoles, ni prescindir de nuestras señas de identidad ni de nuestros principios: reivindicamos más de un siglo de lucha por la conquista de los derechos políticos, sociales, laborales y civiles; por la libertad, la solidaridad y la democracia, por la igualdad de todos, hombres y mujeres; por garantizar unos servicios públicos de calidad que permitan a todos gozar de las mismas oportunidades, a través del acceso a la educación, a la sanidad, a las pensiones, a las prestaciones por dependencia, a la cultura. Reivindicamos el feminismo, el laicismo, el europeísmo, el ecologismo, el derecho de participación política, la necesaria y urgente regeneración de la vida pública que devuelva la dignidad a las instituciones, y en especial, a los cargos que representan el mandato de los ciudadanos y la soberanía popular.

Este es el legado del Partido Socialista, lo que nos define, lo que inspira nuestro espíritu de servicio, y lo que avalan los años en los que, desde el Gobierno o la oposición, hemos trabajado responsablemente -con nuestros aciertos y nuestros errores- por mejorar la vida de nuestro país.

Entonces, ¿qué es lo nuevo?

Yo suelo decir que la sociedad no recompensa a quien no la sirve. Durante las últimas cuatro décadas, España ha avanzado más que en muchos siglos gracias al desarrollo social y económico que los sucesivos gobiernos democráticos propiciaron: el PSOE sirvió bien a la sociedad durante esta etapa histórica. Pero ese avance como país no ha sido lineal ni uniforme ni equitativo, y muchos españoles han sufrido de forma descarnada las sucesivas crisis por las que hemos atravesado como país. Y desde luego, la última de ellas, de la que ahora empezamos a salir, deja tras de sí un dramático escenario de desigualdades y un retroceso en los derechos civiles, sociales y laborales que nos ha devuelto a tiempos que habíamos creído ya superados. Y esto es precisamente lo nuevo que puede y debe ofrecer el PSOE que sale de este 39º Congreso: reconstruir ese contrato social con las personas que nos necesitan y nos esperan; devolver la ilusión y la esperanza a los que sufren, sueñan, se esfuerzan, luchan y creen que una sociedad mejor es posible.

Alinear lo que se piensa, lo que se siente, lo que se dice y lo que se hace. Ese es el único camino para recuperar la credibilidad

En estos días hemos rememorado el 40 aniversario de las primeras elecciones generales democráticas; yo me acuerdo de aquel día -aunque era una niña-, y como yo, lo recuerdan todas las generaciones anteriores a la mía. Pero viendo uno de esos reportajes con mis hijas mayores, ambas de la generación llamada millennial, comprobé con ternura y sorpresa que ese período de mi propia vida para ellas es Historia -con mayúscula-: han estudiado el 15 de junio de 1977 en el instituto, (incluso les ha caído en el examen), pero no lo han vivido, no lo han sentido.

Ellos, los jóvenes menores de 35 años han nacido en un país donde ya había democracia, en el que podían estudiar en colegios, institutos y universidades públicas -con becas en caso de necesitarlas- y, con su esfuerzo, acceder en igualdad de condiciones a una educación y una formación de excelencia, al aprendizaje de otros idiomas y a cursos en el extranjero; estas generaciones nacieron en un país en que los servicios públicos sanitarios ofrecen cobertura médica de la más alta calidad a todos los ciudadanos, independientemente de su origen, estatus o condición; han encontrado un país con transportes públicos avanzados, con una oferta cultural y deportiva diversificada y accesible, con posibilidad de disfrutar de la música y las artes; han nacido cuando ya había teléfonos móviles e inteligentes, con acceso a la tecnología, a la información libre e inmediata, a las redes sociales… Puede que algunos de ellos sepan que todo eso fue posible gracias, en buena medida, a los gobiernos socialistas; pero que nos lo agradezcan no es bastante para que confíen en nosotros, pues por luminoso que fuera el pasado, ellos exigen que les ofrezcamos un futuro donde también salga el sol.

El PSOE debe servir a la sociedad de 2017, radicalmente distinta a la de 1977. Para eso necesita adaptarse

Los jóvenes de alrededor de 35 años crecieron en la certidumbre de aspirar legítimamente a vivir al menos de la misma forma que sus padres, que somos nosotros, los de la llamada generación X y los baby-boomers. Les prometimos que tendrían trabajo si se formaban bien y eran competitivos. Les prometimos una sociedad justa, donde la democracia llevara mayúsculas y la desigualdad, minúsculas. Les prometimos un mundo mejor porque íbamos a cuidar del medioambiente, y donde las instituciones internacionales preservarían la paz. Les convencimos de que los derechos civiles ya conquistados eran intocables. Y resultó que nada de eso fue cierto.

Todos ellos: los jóvenes; los que no han podido acceder a un trabajo digno después de prepararse durante años; las familias que han sufrido el desempleo y la exclusión; las personas mayores que necesitan apoyo, ayuda, cariño y compañía; los que se han visto privados de servicios esenciales de calidad por los recortes en el Estado del Bienestar; ellas, las mujeres, las que son víctimas de la discriminación laboral y social, las que son asesinadas por el machismo, las que han sido de nuevo culpabilizadas por defender la libertad sexual y su derecho a decidir su maternidad… todos ellos han mirado alrededor y no han encontrado al aliado que sí les había acompañado durante las décadas pasadas: han echado de menos al Partido Socialista.

Y esto es exactamente el nuevo PSOE: el que debe saber servir a la sociedad de 2017, una sociedad radicalmente distinta a la de 1977. Y para servirla bien, es necesario adaptarse. Sólo las organizaciones que se adaptan sobreviven. Y adaptarse implica cambio, autocrítica, crisis -en su sentido etimológico- renuncia, actualización, reconversión, renovación, apertura. Escucha activa, pisar las calles, abrir las ventanas, mirar a los ojos, tender la mano, con reconocimiento a nuestros referentes y, sobre todo, con lealtad a los principios y coherencia en los actos.

Alinear lo que se piensa, lo que se siente, lo que se dice y lo que se hace. Ese es el único camino para recuperar la credibilidad.