Es un grito mudo, porque ningún sonido es capaz de expresar tanto dolor. Un alarido silencioso que nos deja a todos de piedra, que atenaza los músculos. Es el reflejo más exacto del dolor. El de Michael Corleone cuando, tras oír unos disparos, ve como su hija cae derrotada ante las escaleras. Ve cómo una de las balas que iban dirigidas a él ha atravesado su pecho y, tras un “papá” agonizante, se desmorona.

Se trata del final de la tercera parte de El Padrino, la peor película de la saga para muchos, pero con el mejor final de todos. La hija de Corleone no es otra que Sofía Coppola, su padre dirigió la película, y su actuación, la de Al Pacino como Michael Corleone, es tan precisa como impactante.

Sofía Coppola vuelve ahora como directora de La seducción, que se estrena el próximo 18 de agosto. Cuando escucho o leo el nombre de esta actriz y directora no puedo evitar volver a la misma escena. Vuelvo a ese hombre duro que al salir de una fiesta asegura que «cuando oigan el nombre de Corleone pensarán en una voz» y que no se da cuenta de que el recuerdo será ese silencio angustioso, será el dolor más intenso, el de perder a una hija sabiendo que ese destino era el tuyo.

La película la he visto unas cuatro veces, el final más de tres decenas. Se lo solía poner a mi padre, quizá buscando en él una reacción que confirme que ese dolor es igual para todos. Debe ser tan similar, que se negaba a volver a verlo.

Tras su muerte, la de Mary Corleone, la nada. Un Al Pacino mayor se muestra sin fuerza en una silla, viejo, canoso, triste. Como si la vida no hubiese sido lo esperado se levanta y, sólo, muere de un ataque al corazón. La interpretación de Mary por Coppola fue tan criticada que dicen acabó con su carrera como actriz y le hizo dar el salto a la dirección. A Vírgenes suicidas, Lost in traslation y Somewhere.

Da lo mismo, son dos personas distintas. Una la que hizo, pese a su mala actuación, derrumbarse al gran Michael Corleone. La otra, la gran directora de cine. Fue ese grito el que la convirtió en un antes y un después. El silencio que se queda grabado por insoportable.