La manifestación convocada para esta tarde en Barcelona para mostrar la determinación de los ciudadanos libres y demócratas de no ceder ante el chantaje que supone el asesinato masivo de personas debería ser un acontecimiento multitudinario y, sobre todo, unitario y con un solo mensaje, pero tiene todas las trazas de ir a convertirse en una versión, aunque más contenida, de las últimas Diadas. Es decir, en una manifestación de propaganda política de los independentistas catalanes.

Lo que se gritó tras la concentración del viernes pasado en Barcelona tras el minuto de silencio en memoria de las víctimas del jueves, «No tengo miedo», es un buen eslogan, por más que todos tengamos miedo a morir bajo la explosión de una bomba o atravesados por la hoja de un cuchillo. Pero lo que esa frase expresa, o debería expresar, no es el miedo de cada uno ante su propia vida sino la actitud de toda una sociedad en defensa de su modo de vida y de los valores que la sustentan. Si la manifestación discurriera por esos derroteros sería un éxito indiscutible y mostraría al mundo entero el espectáculo de una sociedad cohesionada frente al terror.

Pero ese «No tengo miedo» ha adquirido con el paso de los días otra acepción, un significado netamente político, porque los secesionistas se han apropiado del mensaje y le han dado el mismo sentido que le han dado también a lo dicho por el major de los Mossos,  Josep Lluís Trapero, cuando contestó a un corresponsal extranjero que abandonó la rueda de prensa porque no todas las respuestas eran en castellano. «Pues muy bien, pues adiós», dijo Trapero. Esa frase del jefe de los Mossos ha sido imprimida en miles da camisetas y ha adquirido un nuevo significado: el adiós del independentismo a España.

La marcha tiene todas las trazas de convertirse en una versión, aunque más contenida, de las últimas Diadas. Es decir, en una manifestación de propaganda de los independentistas

Lamentablemente, parece que todo va a ser así. Y  más después de conocer las palabras del presidente Puigdemont ayer en el Financial Times, en las que acusaba al Gobierno central de haber «jugado políticamente» con la seguridad de los catalanes. Las autoridades del gobierno catalán no han desperdiciado ni una sola ocasión para, bajo capa de los trabajos de identificación y detención o abatimiento de los terroristas, montar una operación de propaganda política cuyos objetivos han tenido efectos muy negativos en los resultados de las operaciones policiales. Ni qué decir tiene que el episodio de la explosión de la casa de Alcanar es el más escandaloso de todos porque la miopía de la policía autonómica, pero sobre todo, el afán de que ningún otro cuerpo policial que no fueran ellos mismos interviniera en la investigación del suceso, impidió que se detectaran a tiempo las intenciones de ese grupo de asesinos e hizo posible que finalmente consiguieran parcialmente sus propósitos. Eso ya de por sí evidencia la cortedad dramática del prisma que las autoridades políticas de esa policía autonómica han impuesto a la actuación de sus agentes.

Esa actitud recuerda a la de los niños muy pequeños cuando intentan independizarse de sus madres e insisten en coger ellos la cuchara o echarse a andar sin ayuda.»¡Yo solito, yo solito!», es una exclamación que puede entenderse y provocar ternura en un bebé porque desconoce el grado de sus limitaciones para actuar por su cuenta sin contar con nadie más, pero no es de ningún modo de recibo, es directamente inadmisible, en un cuerpo policial que sabe positivamente que la colaboración y la coordinación con otros cuerpos policiales, sean de ámbito nacional o sean de ámbito internacional, resulta imprescindible para cumplir su cometido, que no es otro que ofrecer a la ciudadanía el mayor grado de seguridad que sea capaz.

Pero, desgraciadamente, en este atentado se ha colado la independencia como meta. Y lo que se lleva procurando desde hace muchos años por los responsables políticos de la Generalitat, y se ha tenido ahora la oportunidad de poner en práctica, es la exhibición de la autonomía de los Mossos, la demostración de que «ellos solitos» son capaces de enfrentarse a todo, incluido un atentado del terrorismo yihadista. Esa pretensión, esa ilusión insostenible, es la que está detrás de la abrumadora catarata de elogios, parabienes y autosatisfacción que se  puso en marcha a las 48 horas de que la furgoneta conducida por uno de los asesinos abriera la secuencia sangrienta que todos conocen ya.

Mientras el Gobierno guardaba un prudente silencio y apostaba, como Rajoy volvió a hacer ayer en la rueda de prensa celebrada tras el Consejo de Ministros, por poner en valor la cooperación entre los Mossos y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y subrayar lo necesaria que es la unidad política contra el terrorismo, los independentistas, con Puigdemont a la cabeza, no han dejado un solo instante de barrer para la causa independentista. Una práctica deleznable que mucho me temo que se puede reproducir esta tarde en la manifestación convocada.

A la convocatoria de hoy va a asistir, junto con el presidente Rajoy, el Gobierno prácticamente en pleno y todos los presidentes de las autonomías que conforman España. Es decir, España entera va a acompañar con su afecto y con su apoyo a los familiares de las víctimas y a todos los catalanes en este momento tan trágico y tan doloroso. Y eso no ha sido del agrado de los secesionistas, que hubieran preferido que la manifestación les permitiera dirigir la repulsa ciudadana para sus propósitos propagandísticos. Que fuera para «ellos solitos». Abrió el fuego la CUP -que es quien dirige desde hace mucho tiempo los pasos del soberanismo en todos los órdenes- e hizo foco en el Rey antes de que se supiera si éste iba a estar presente en la manifestación. La pretensión de estos antisistema era que el Rey no participara en la marcha con la excusa de que Felipe VI y por extensión, la Monarquía española, mantienen relaciones con países árabes, como Arabia Saudí, los Emiratos o Qatar, que financian el terrorismo. ¡Cinco años ha estado el Barça sacando a sus jugadores con la publicidad en las camisetas de Qatar Airways que, como casi todo en aquel país, es propiedad del gobierno catarí y fue fundada por el jeque Mohammed bin Rashid, y ni una palabra de condena, ni una leve crítica, por parte de la CUP! Es ahora cuando sacan a colación la buena relación con el Rey de España y la usan como pretexto. Lo que intentaban los cuperos era lo mismo que deseaba el gobierno de independentistas que ocupa la Generalitat: que Felipe VI no estuviera presente en la convocatoria de esta tarde. Lo cual habría llenado también de satisfacción y alivio a Ada Colau que, para que el Rey no encabece la marcha de rechazo al terror y no se le vea por encima -físicamente también- de todos los demás, ha optado por modificar la costumbre y ha decidido que en la cabecera de la manifestación se sitúen los componentes de los organismos que han participado de manera tan elogiable en la respuesta a los asesinatos y en la ayuda a las víctimas.

 El Rey debe ocupar su papel, también en medio de la manipulación partidista y aun rodeado por ella

Nada que objetar a eso. Policía autonómica, guardias urbanos, equipos sanitarios, bomberos, servicios de emergencia merecen todos nuestro reconocimiento y su actuación merece ser muy puesta en valor. Pero si tras esa decisión se esconde el propósito de que Felipe VI se ausentara de la convocatoria, ya se ve que ha sido un intento inútil. El Rey de España, en representación de todos los españoles, estará presente en esa marcha a pesar de que va a ser utilizada políticamente por el independentismo como plataforma de propaganda. Lo ha dicho Jordi Sánchez, el presidente de la independentista Asamblea Nacional Catalana: «La mejor respuesta a jefes de Estado (sic) es miles de banderas [esteladas, por supuesto] con crespón negro». En definitiva, es muy posible que la convocatoria se convierta al final en una demostración de las fuerzas secesionistas y no en lo que debería ser, un testimonio masivo de los demócratas unidos frente el terror.

No importa. El Rey debe ocupar su papel, también en medio de la manipulación partidista y aun rodeado por ella, porque más allá de quienes buscan la propaganda para calentar el clima político ante el próximo 1 de octubre, estamos todos los demás españoles y él encarna todas nuestras voces. Probablemente no va a ser una situación fácil pero hay que aplaudir a su Casa por esta decisión valiente que ha tenido en cuenta el sentimiento de todos los ciudadanos de nuestro país y ha querido representarlo. Se sitúe donde se sitúe, el Rey de España destacará siempre por encima de la multitud y no habrá bandera independentista que sea capaz de restar protagonismo a su presencia. Bien por el Rey.