Esta madrugada se han vuelto a cumplir esas grandes tradiciones europeas según las cuales las negociaciones son una componenda que termina de madrugada y, siempre, para universal satisfacción de todas las partes. Las partes que cuentan, se entiende. Nigel Farage  –el líder populista del UKIP, el partido eurófobo que provocó la convocatoria de la consulta sobre el Brexit – ha vuelto a pedir, con la estridencia habitual, que el Partido Conservador «se deshaga de Theresa May«.

Igual no le hacen caso, pero tiene razón. Lo que se ha anunciado hasta ahora apunta hacia una salida británica en dirección a la solución noruega o lo que es lo mismo: una salida del andamiaje institucional de la Unión pero la permanencia en el mercado común – lo que a su vez presupone la aceptación del andamiaje legal y regulatorio.

Según lo que vamos sabiendo, Reino Unido se ha comprometido a mantener la frontera entre el Ulster y la República de Irlanda abierta, como pedía Irlanda y al Ulster integrado en Gran Bretaña en las mismas condiciones que el resto de regiones del país, como demandan los unionistas norirlandeses que sostienen al gobierno de Theresa May en Londres. Esto significa que para evitar comprometer el proceso de paz en Irlanda del Norte y su propia mayoría en Westminster, el gobierno de Londres tiene que mantener a todo el Estado dentro del mercado común.

Los negociadores han llegado a la conclusión de que para mantener el statu quo lo más sensato es no cambiar nada»

En otras palabras, los negociadores han llegado a la conclusión de que para mantener el statu quo lo más sensato es no cambiar nada. Como lo arriba descrito puede inducir a confusión los negociadores también han acordado, con esa humanidad tan propia de los valores europeos, que la Unión se comprometa a evitar el desabastecimiento en Reino Unido y a garantizar el normal transcurso de la vida económica y comercial en las islas.

Contagiados, sin duda, por la buena voluntad continental, los negociadores ingleses se han avenido a aceptar la normativa aduanera de la Unión. Normal que, escribiendo estas líneas, a uno le asalte el impulso de ponerse el Himno de la Alegría en los altavoces.

En resumen, Reino Unido podrá prescindir de mancillar su centenaria tradición parlamentaria involucrándose en las mencionadas componendas y ahora sólo tendrá que aceptar sin más lo que deciden en Bruselas. Empezando por la factura de este divorcio, entre 40.000 y 45.000 millones de euros, que empieza a coger cariz de segundas nupcias: parece que Londres se dispone a aceptar la cifra estipulada por Bruselas, pero en vez de soltar amarras mediante un solo pago va a mantener sus contribuciones a las arcas europeas durante años.

Jean-Claude Juncker y Donald Tusk están tan satisfechos con el desempeño de Theresa May que el tonillo oleaginoso amenaza con levantar sospechas en esos pubs de la campiña inglesa donde se reúne el pijerío agropecuario del que procede, por ejemplo, el ministro británico de Exteriores, Boris Johnson.

Nada menos que «un éxito personal» de May, nos dice Tusk. La opinión en los pubs cutres de barrio desindustrializado, que son el otro vivero de euroescépticos y donde se crió el secretario de Estado para el Brexit, David Davies, es menos problemática: para bregar con los hooligan están Rupert Murdoch y los persuasivos titularees del tabloide The Suncuyos titulares de hoy versan, en este orden, sobre la ola frío, una señora que casi aplasta los testículos de otro viajero en un tren y el gran avance de la primer ministra en Bruselas. Todo tan british que parece sacado de una sátira del programa de la BBC Little Britain, o del más universal Mr. Bean.

Desde el insufrible acento de Eton – el internado que educa a la realeza – de Johnson, hasta el papel crucial que han venido jugando los tabloides más propensos a colocar cuestiones de seguridad nacional junto a la foto de una señora en tetas. Que tiene su aquel, porque May va a necesitar carretas para sacar a Reino Unido del atolladero en el que lo metieron, entre otros, sus co-carnetarios de partido Johnson y Davies.

Y es que para entender qué ocurrió ayer en Bruselas es útil recordar la situación a orillas del Támesis, que lleva congelada desde el referéndum de hace año y medio. Entonces Johnson, apoyó el Brexit porque no vio venir el resultado y quiere ser primer ministro igual que los niños pequeños quieren el juguete con más lucecitas de colores.  David Davies apoyó el Brexit entonces porque también quiere ser primer ministro y porque, aunque él saliera del ambiente hooligan, no puede sacarse el hooligan que lleva dentro.

May se puso de perfil ante el referéndum porque quería ser primera ministra… Sabía que sería un desastre»

May, por su parte, se puso de perfil ante el referéndum porque quería ser primera ministra. Fue casi la única que sí vio venir el resultado y sabía que un Brexit real sería una catástrofe.

Desde entonces hasta ahora la primera ministra ha tenido que instalarse en la retórica del Brexit duro mientras trabaja en la praxis del Brexit de blandiblú – o lo que viene siendo a la noruega, que es lo que se ha plasmado esta madrugada.

Y por eso se aseguró de que Johnson y Davies fueran parte de su equipo, donde hasta la fechase ven forzados a asumir la ‘responsabilidad colectiva’ del gabinete ante decisiones que sólo toma ella y a cohabitar con el Ministro de Economía y Hacienda Phillip Hammond, que suena cada día más como sucesor de May además de (o porque también es) otro firme partidario de la europlastilina.

Así las cosas se entiende mejor que los medios de eso que los ingleses llaman el Continente se feliciten por la sagacidad lampedusiana de las partes– imposible no recurrir a El Gatopardo en estas circunstancias –, mientras los medios de Londres se colocan de perfil, Johnson felicita (congratulations! ha tuiteado) a su primera ministra y Davis habla de las «buenas noticias» desde Bruselas. Y es que la separación entre Reino Unido y el resto de la Unión que se apuntó ayer en Bruselas tiene la consistencia de los ladrillos de gominola, como la convicción de los partidarios del Brexit en el gobierno una vez que se enfrenten a la realidad.


David Sarias es profesor de Pensamiento Político en la Universidad San Pablo CEU.