Quince años después del asesinato de Joseba Pagazaurtundúa (44 años, casado y padre de dos hijos), afiliado al Partido Socialista de Euskadi y jefe de la Policía local de Andoain (Guipúzcoa), sus paisanos han homenajeado a los dos chivatos que facilitaron la información que permitió a los terroristas matarle, después de anunciarle “¡ya te pillaremos!”.

Los que señalaron a la víctima, que llegaban al pueblo (18.000 habitantes), tras cumplir una condena de seis años de prisión, fueron recibidos por centenares de vecinos, que les rindieron honores, con un “Bienvenidos, dos menos”. Poco importaba que básicamente se hubiesen dedicado a cobrar el impuesto revolucionario y a dar información sobre objetivos. Lo importante es que eran de los suyos.

Antes de ser asesinado, Pagaza fue agredido y amenazado, pero no pasó nada ya que las denuncias se iban amontonando en las comisarías y ni los políticos ni los gubernativos intervinieron para condenar los hechos.

Antes de ser asesinado, Pagaza fue agredido y amenazado, pero no pasó nada ya que las denuncias se iban amontonando en las comisarías

Los seis concejales populares, equipados, bajo la intensa lluvia, con una fotocopia de la foto de Pagaza y recibidos como “fascistas“ y “provocadores”, protestaron en silencio, a la vez que algunos menores de edad ondeaban las banderas repartidas minutos antes por la plataforma organizadora. a favor del acercamiento de presos.

Maite, la combativa hermana de la víctima, lamentaba que “se reciba como héroes a gente que no se ha arrepentido ni ha condenado el pasado” y había solicitado, sin éxito, a la Audiencia Nacional, que prohibiera este homenaje, que tuvo lugar en una herriko taberna que se quedó pequeña para congregar a los asistentes.

Mientras se iban retirando, un vecino espetaba a los responsables populares: «¿Qué hacéis aquí?”. No parece que le importara la denuncia de “inmoralidad e indignidad” por lo que acababa de suceder. Tampoco que el resto de partidos democráticos no estuviese al lado del PP en esa tarde de domingo. Los concejales del partido político de la víctima no aparecieron.

Ya se habían encargado los medios abertzales de desacreditar su presencia: “ruido español y para españoles” y de justificar su saña: “hipócritas retorcidos, necesitados de organizar fuegos artificiales”.

Pero este desdén mediático no disuadió a los intrépidos gudaris que se plantaron con sus chubasqueros en la plaza de Andoain: “Por mucho que se empeñen no les dejaremos vencer, se lo debemos a las víctimas. Ser cómplices del asesinato de una persona sólo es motivo de repudio y de vergüenza. No hay ética ni justicia que pueda respaldar o justificar homenajear a unos delincuentes y cómplices de asesinato”.

Maite, la combativa hermana de la víctima, lamentaba que “se reciba como héroes a gente que no se ha arrepentido”

Y la gran cuestión, el relato histórico: “Los asesinos etarras tienen que quedar como tales y las víctimas como héroes caídos en defensa de la democracia y unidad de España”. Es preciso no olvidar que los verdugos no dejaron de asesinar por convicción, sino por obligación, no abandonaron las armas por considerar que matar era inmoral sino porque vieron que así no conseguían nada. Iban cayendo, uno tras otro, por la acción policial.

Borja Sémper (Irún, 42 años) es un barón disparejo en la corte popular, incapaz de decir: “ahora no nos metamos en eso”. Presidente del PP de Guipúzcoa y portavoz en el parlamento vasco, se remueve ante la pregunta de si, después de tantos años en la trinchera del horror, está curado de espanto: “¡Cómo vamos a ser capaces de inmunizarnos frente al odio, de restituir el inmenso daño causado por el terror, si se recibe como héroes a quienes asesinaron o ayudaron a hacerlo!. En el último año se han celebrado decenas de homenajes a etarras tras salir de prisión. Hemos llevado este tema al parlamento Vasco pero nadie nos ha hecho caso”.

Pero no desfallece y se bate contra la ignominia: “El homenaje fue muy desagradable para nosotros (te insultan y notas el odio en la nuca) pero ha permitido que se sepa que esto ocurre, con impunidad y descaro. Quienes defendemos y creemos en el Estado de derecho lo aceptamos y asistimos con serenidad a su regreso; lo que nadie nos puede pedir es que callemos y traguemos con que se les rinda un tributo. Eso no. Sentí una inmensa amargura bajo la lluvia, al ver cómo centenares de personas aplaudían y jaleaban a asesinos. Si en mi tierra son tantos los que son capaces de sentir tanto afecto y dar tanto respaldo al terror, queda mucho camino por recorrer.

Visto Andoain, es de temer que actos como estos alejan la necesaria reconciliación. Lo que los políticos denominan, con distancia brechtiana, “normalización”.

Visto Andoain, es de temer que actos como estos alejan la necesaria reconciliación

Sémper tiene sentimientos encontrados: “Entre los que aplaudían en la plaza, había chicos que creen que los que salen de la cárcel son héroes ¿qué futuro van a protagonizar con estos mimbres éticos? Sentí serenidad por saber que, aunque aún son muchos, demasiados, son menos que cuando asesinaban, y que sin pistolas no son nada y satisfacción por hacer lo debido, lo necesario”.

Así transcurrieron los años de plomo. La vida seguía apacible para la mayoría, mientras era invivible para otros. Y aunque, tras la renuncia del terror a las armas, ha mejorado la existencia, el discurso del odio, “putos españoles”, no se ha alterado y se mantiene la impasibilidad.

Como muestra, el testimonio de una mandamás nacionalista, lanzando torpes insinuaciones sobre la media docena de peligrosos jóvenes, a los que ha acusado de “intentar sacar réditos políticos y electoralistas”. Sin novedad, señora la baronesa.

Los electores, desconcertados y con una desazón que va en aumento, necesitan la épica de gente decente. No entienden que quede impune la apología del terrorismo como tampoco los desesperantes tiempos de la justicia. El respeto al Estado de derecho resulta apodíctico. La Fiscalía de la Audiencia Nacional no ha tardado en anunciar la puesta en marcha de la investigación del homenaje a los que proporcionaron la información necesaria para el asesinato, por si hubiera un delito de enaltecimiento del terrorismo. Ese es precisamente el cambio que ha introducido la insurrección de las instituciones catalanas.

El gobernante que no escuche ese clamor, se estampará contra la lógica de las urnas y la realidad de una población más inquieta y mejor informada.