No hay un mundo femenino, no hay un problema común a todas las mujeres a menos que alguien se atreva a equiparar la situación de las féminas de las democracias europeas a la realidad dramática que se vive en tantos países en los que las mujeres son vendidas por el precio de una cabra o las niñas entregadas por sus padres a hombres viejos -siempre viejos en relación con la edad de las niñas sacrificadas- para contraer matrimonios inconcebibles para los códigos que se manejan en esta parte del mundo. Lo que sí se puede decir sin temor a equivocarse es que muy mayoritariamente las mujeres viven en la mayor parte del planeta en situación de inferioridad respecto de los hombres.

Desde luego, las mujeres de las democracias occidentales viven hoy en una situación que comparativamente puede y debe considerarse como  privilegiada en términos de igualdad de derechos y libertades públicas. Pero sí es cierto que, cuanto más avanzan las mujeres de occidente en su camino hacia la igualdad, más se evidencian las diferencias entre lo que podría describirse con trazos muy gruesos como el universo masculino frente al femenino y, en consecuencia lógica, con más intensidad se reclaman los cambios exigibles para que esa igualdad llegue a ser verdaderamente efectiva. Y en esas estamos, en vísperas del 8 de marzo y de la huelga convocada, al menos en España, por distintos grupos feministas, por algunos partidos políticos y por los sindicatos.

Y aquí viene el problema: ¿es ésta una huelga política o, por encima de eso, es la llamada de atención de cientos de miles de mujeres que exigen que la brecha enorme que está abierta entre lo que establecen las leyes y lo que impone la realidad se cierre cuanto antes?  Probablemente es las dos cosas pero creo que el segundo aspecto es el que debe primar sobre el interés, eternamente oportunista de los partidos, que procuran siempre beneficiarse de todo movimiento que despunte en la sociedad, sea el de las mujeres, el de los jóvenes o el de los pensionistas.

¿Es ésta una huelga política o, por encima de eso, es la llamada de atención de cientos de miles de mujeres que exigen que la brecha que está abierta entre lo que establecen las leyes y lo que impone la realidad se cierre cuanto antes?

Yo soy periodista. Algunas periodistas tienen como tarea la de informar de lo que está pasado en el momento en que pasa. Ellas tienen mi total comprensión y mi aplauso si se mantienen en su puesto de trabajo porque su tarea resultará esencial para dar cuenta de la dimensión de lo que suceda el próximo jueves. Pero esta profesión no obliga a todos por igual porque no todos están “al filo de la noticia” y, por lo tanto, no debería ser excusa para parapetarse detrás de nuestro “sagrado deber de informar” de modo que se eluda lo que yo creo que es una buena ocasión para dar un serio toque de atención sobre una realidad que, siendo infinitamente mejor que la que conocimos en su día quienes pasamos ya de los 60 años, mantiene una desigualdad inaceptable entre el lugar que ocupan los varones en la sociedad y el que ocupan las mujeres.

No nos engañemos: las españolas están mejor de lo que nunca estuvieron, aunque el esfuerzo de avanzar está muy lejos de haberse terminado. Lo que sucede es que hubo un momento en que, una vez logradas las exigencias feministas de que las leyes implantaran sin ningún género de dudas la igualdad de derechos de hombres y mujeres, las siguientes generaciones dieron por hecho que la batalla estaba  ganada. Y no lo estaba en absoluto.

Durante muchos años ha habido un movimiento ciertamente bajo de reivindicación igualitaria. Pero es un hecho que las jóvenes españolas, que han sido educadas por sus madres mayoritariamente en la idea de igualdad, que han acudido a escuelas mixtas, que han estudiado codo con codo con sus compañeros en la universidad, con curriculums más brillantes que ellos en muchos casos, cuando salen definitivamente a la vida adulta se encuentran de bruces con que las cosas no eran como ellas habían creído. Y entonces empiezan a comprobar que su posible empleador le pregunta con desconfianza si piensa quedarse embarazada porque si eso sucede el empleador pasa a considerar a esa joven profesional como una carga de la que no puede deshacerse -la ley lo prohíbe- pero con la que tenderá a contar cada vez menos, y a pagar también menos que a sus colegas varones porque ya se sabe que si hay que llevar al niño al pediatra será ella la que pida permiso para ausentarse del trabajo. Y también será ella -las cifras lo demuestran- la que pida jornada reducida porque en su propia casa se ha dado por supuesto que él no va a dejar de trabajar por eso  y que su vida laboral va a seguir transcurriendo exactamente igual que si no tuviera hijos.

Y así nos va, que no nacen niños en España porque cada mujer joven sabe que, de una manera u otra, tendrá que elegir: o hijos o carrera profesional, de tal manera que quedarse embarazada se convierte en una decisión dramática que inexorablemente tendrá un alto precio para la mayor parte de ellas. No para ellos. Esta diferencia está en la base de la desigualdad que siguen sufriendo las mujeres en la España contemporánea. Y la que explica la extensión del movimiento de protesta.

Y por eso, porque estamos ante un reproche muy fundamentado por el desdén con el que las empresas privadas -no las públicas, que cumplen la ley a rajatabla- insisten en tratar el valor que aportan las mujeres a la buena marcha de la empresa, tanto valor o más que el que puedan aportar los hombres. Por la inercia con la que los varones continúan huyendo de sus responsabilidades domésticas. Por el mantenimiento de la idea falsa, pero todavía esculpida en mármol, según la cual el cuidado de los hijos pequeños es tarea de ellas, aunque trabajen fuera de casa tanto como ellos. Por el mantenimiento en demasiados varones todavía del afán de ser más que la mujer que tienen delante: más importante, y más inteligente, y más brillante, y más sólido, o también el que gana más y el que tiene un despacho cuanto más grande mejor porque esa es la medida que muchos de ellos tienen del éxito en la vida. Por todo eso, entre otras muchas razones, yo apoyo firmemente  la convocatoria de esta huelga, que es una protesta y una exigencia de cambio necesario.