No deberíamos dedicarles el espacio y el tiempo que les llevamos dedicando desde hace nada menos que 10 días, precisamente desde que los últimos supervivientes de la banda terrorista buscaron volver a la palestra para anunciar a los  españoles -ellos dicen que al pueblo vasco, pero es al pueblo español porque han asesinado a lo largo y lo ancho de toda España- que desde este momento dejan de existir. Mentira. Dejaron de existir desde hace años ya y desde luego que no fue por decisión propia sino porque la democracia, a base de convicción y dignidad aguantó de pie, sin ceder un milímetro, los sangrientos y constantes ataques con los que varias generaciones de asesinos intentaron durante décadas doblegarla.

Son muchos, infinitos, los daños producidos por esta banda terrorista que hoy nos monta un espectáculo más, tan falsario como todos los anteriores, para intentar tapar su realidad: la de que han fracasado en su tenebrosos propósitos. Han fracasado. Sin más. Su proyecto, si es que a eso que les movía a matar sin cuento ni medida a personas pacíficas fueran éstas civiles, militares o miembros de la Policía y de la Guardia Civil se puede calificar como proyecto; por siniestro y repugnante que haya sido -y si por ellos fuera seguiría siendo-, ese proyecto  se ha estrellado y se ha disuelto en la nada. Nada han conseguido de lo que querían, que era someter a todos los españoles y doblarles el espinazo por la vía del terror; nada han logrado avanzar en sus siniestras pretensiones, nada. Nada.

Y, por el contrario, es mucho lo que aún nos deben. Nos deben no únicamente pedir perdón a las miles de personas a las que han destrozado para siempre la vida, que son los familiares y los amigos de los casi 900 seres humanos  asesinados y, lo primero de todo, pedir perdón  a los muertos, a todos sin la menor distinción. Nos deben también la explicación de los más de 300 casos de asesinatos que han quedado sin resolver, para que la Justicia pueda hacer su trabajo. Nos deben algo que jamás podrán pagarnos: la vida de aquellos a los que mataron y el desgarro hondísimo que padecieron los españoles durante todo este tiempo sufrido. Y nos deben el reconocimiento palmario de su fracaso, un  reconocimiento público, sin ambages ni evasivas. Sin disimulos.

Los que quedan no son nadie más que unos grandísimos asesinos, pero no representan ya ninguna fuerza

Por eso carece absolutamente de sentido el montaje que va a tener lugar hoy en la localidad francesa de Cambo-les -Bains, cerca de Bayona, que lo único que persigue es revestir de cierta verosimilitud la ocultación del hecho indiscutible de que la banda terrorista ha sido derrotada y ha dejado de existir. Los que quedan no son nadie más que unos grandísimos asesinos, pero no representan ya ninguna fuerza y no encabezan ninguna organización porque ésa ha sido hace tiempo desmantelada. Es un paripé lo que esa gente pretende hacer tragar a los demócratas. Es su último esfuerzo por sacar la cabeza de su fracaso. No nos dejemos, no se lo permitamos.

Por todas esas razones, no deberían las víctimas sentirse humilladas porque, con sus inmensas heridas a cuestas, ellas son la representación más intensa, por más dolorosa, del triunfo de la democracia frente a los asesinos. Son la imagen de la victoria de las libertades y de la paz sobre los siniestros designios de sus verdugos. Ellas, las víctimas, son la mejor  foto de la derrota de ETA, el eterno recordatorio de su fracaso. Porque han pagado un precio inconcebible pero no ha sido en vano. Ellas pueden asistir al inútil intento de la banda de ocultar lo inocultable: que después de 60 años de infamia se tienen que retirar definitivamente porque han perdido y que ese fracaso es irrevocable.

Todo lo demás es farfolla. Podemos entrar a comentar el show que supone que uno de los asesinos más emblemáticos de la organización terrorista anuncie que se va a presentar de cara al público -al final parece que no se va a atrever- para leer una declaración zafia y con alguna ramplona pretensión poética como ese final “ETA nació de este pueblo y ahora se disuelve en él”.

No, no. No se disuelve: ha sido triturada. Ésa es la diferencia esencial que los supervivientes de la banda intentan tapar con este montaje final. Pero es que no merece la pena ni siquiera hacer un comentario de texto sobre el comunicado con el que los residuos envejecidos y ya inutilizados de la banda intentan maquillar su verdadero aspecto, que es el de un criminal disecado.

Podríamos decir unas cuantas cosas de su anuncio de que su “exmilitantes” -curiosa manera de llamar a un conjunto de asesinos- continuarán con la lucha por una Euskal Herria “reunificada, independiente, socialista, euskaldun” y bla, bla, bla, bla, “cada cual donde lo considere más oportuno con la responsabilidad y honestidad de siempre”.  Pues no va a poder ser, mire usted, porque esa “responsabilidad y honestidad” de la que hablan de manera tan insultante, que consistía en pegar un tiro en la nuca de un inocente o en destrozar con explosivos a quien iba dentro de un coche o estaba dentro de un cuartel, es precisamente lo que ya no han podido seguir haciendo porque la Guardia Civil, la Policía Nacional, los jueces, los fiscales, las víctimas y todos los ciudadanos de España han conseguido impedírselo para siempre. Esa es nuestra rotunda y magnífica victoria.

No caigamos, pues, en la tosca trampa que los terroristas intentan ponernos. Seamos capaces de ver con nitidez cómo, desprovista de todos sus afeites, la auténtica foto de la derrota de ETA es la de hoy.

Agur.