El putsch lanzado por Puigdemont el pasado otoño no tuvo el resultado esperado por los independentistas. El éxito, tanto en la realización, como en la explotación mediática de la represión en la jornada del 1-0, hacían prever un resultado electoral altamente favorable para los partidos que defienden la ruptura de España. Pero no fue así.

Los grupos secesionistas ganaron por un estrecho margen de escaños, pero perdieron en número de votos y tuvieron que soportar la humillación de que fuera Ciudadanos el partido ganador el 21-D.

A Puigdemont le preocupa la situación de “empate técnico”. Con el mapa político actual es difícil que en la UE pueda haber algún estado de peso que apoye la independencia de Cataluña. No sólo porque el contexto (Brexit, auge del populismo, etc.) no es el mejor para lanzar una aventura tan arriesgada como la ruptura de un Estado, sino porque para que esa aspiración tenga éxito se necesita una mayoría holgada. Si en Cataluña hubiera un 70% de partidarios de la independencia no habría fuerza capaz de frenar la ruptura. Eso lo sabe tanto Rajoy como Puigdemont.

La idea de Jordi Pujol era precisamente alcanzar una mayoría suficiente en un proceso gradual en el que la lengua, la educación y los medios de comunicación debían jugar papeles definidos y coordinados: conformar la idea de comunidad; construir una historia de la que sentirse orgullosos, y por último, propiciar a la movilización de masas.

Con Puigdemont se rompe el gradualismo pujolista, esencia de lo que representó CiU, y se abre una nueva etapa: la que busca la ruptura del empate por medio de la dinámica acción/reacción.

En esa perspectiva es como hay que interpretar la nominación de Quim Torra por parte de Puigdemont, al que ya nadie discute su protagonismo en esta nueva fase soberanista.

A Torra no le interesa la gobernabilidad, sino crear un clima de tensión que favorezca una victoria amplia del independentismo

Torra, en efecto, no ha sido designado a pesar de su trayectoria xenófoba, sino precisamente por ella. Ahora se necesita a alguien que no tenga escrúpulos a la hora de poner en marcha la sistemática provocación al gobierno de España.

Recuerda Santiago Tarín en La Vanguardia quiénes eran los hermanos Badía, a los que Torra ha definido como “uno de los mejores ejemplos del independentismo”. Estos chicos no eran precisamente unos pacíficos excursionistas. La pareja (que militó en Estat Catalá) era partidaria de la formación del un ejército catalán, pero se conformó con la creación de una milicia al estilo de los camisas negras de Mussolini. El mayor de los hermanos, Miquel (conocido como Capitá Collons) se hizo famoso como responsable de la policía de la Generalitat por su represión a los anarquistas de la CNT y la FAI. Fue precisamente un anarquista el que acabó a tiros con ellos en 1936.

Puigdemont ordena desde Berlín los movimientos a seguir y Torra obedece. La estrategia es que el gobierno de España se vea obligado a intervenir, imponiendo un 155 aún más duro y que reprima con dureza las manifestaciones que, a buen seguro, se van a organizar en las próximas semanas. Y si esa represión la lleva a cabo la Guardia Civil, aún mejor.

La estrategia es que el gobierno se vea obligado a intervenir, imponiendo un 155 aún más duro y que reprima con dureza las manifestaciones

No olvidemos que el fin de la estrategia es romper el empate, que una mayoría amplia de catalanes diga claramente en unas elecciones que quiere romper con España.

Torra no se va parar en barras. Su decisión de forzar el nombramiento de consejeros encarcelados (Rull y Turull) o huidos (Comín, Puig) para su nuevo gobierno, a pesar de la prohibición expresa del gobierno, es una prueba de ello.

Todo lo que haga el presidente de la Generalitat irá dirigido a crear el clima necesario para que se puedan convocar elecciones en estado de emergencia. A Torra no le interesa la gobernabilidad de Cataluña, sino la agitación de los catalanes para que la ruptura sea posible, esta vez sí, con una mayoría suficiente.