En las aldeas gallegas los funerales tienen algo de fiesta popular. Los tanatorios se llenan de gente que había saludado un par de veces al muerto y que se siente en la obligación de ir a despedirle. Por eso de conocerlo de toda la vida.

El verano pasado se murió de viejo uno de los vecinos de mis abuelos. Morirse de viejo es como si la muerte te encuentra con la puerta abierta. Le quita algo de tristeza al asunto y parece que apacigua el dolor. Era un tipo al que había visto un par de veces y que no sabía si cuando levantaba el bastón me estaba saludando o amenazando porque le pisaba los grelos.

Al final yo también sentí que le debía un adiós así que ese día les acompañé al tanatorio. Un local debajo de uno de los dos bares que hay en el pueblo y de los mismos dueños, que se encargan tanto del velatorio como de la merienda posterior. Pensé en una misma factura con las raciones de callos y el precio del féretro en la misma hoja. Quizá un descuento si elegías hacer ambas cosas. Mi abuela me debió de leer el pensamiento: “Tenían el local sin usar y aquí se muere mucha gente”, me dijo. Los dueños daban de comer y además enterraban. Se habían hecho con los dos grandes negocios del lugar.

La gente que entraba se apuntaba a la merienda gratis por eso de conocerlo de toda la vida”

El pobre vecino tenía más de 90 años y un montón de familia a la que la muerte le había pillado en la costa sur de España y que no habían tenido tiempo de llegar. Para morirse en verano hay que levantar poco el bastón, si no los nietos se quedan en la toalla. “Y aquí porque no está el día para ir a ningún sitio”, me dijo una de las amigas de mi abuela cuando vio que el tanatorio estaba hasta arriba. La lluvia le había dado a ese señor algo más de público. Y los callos, allí, son la leche. Fue más gente al bar que al tanatorio o quizá la gente que entraba se apuntaba a la merienda gratis por eso de conocerlo de toda la vida.

Después de tres cervezas, nos fuimos y de camino, mi abuela, tras reírse con alguna de mis bromas sobre el cadáver y la comida, me dijo: “Haz el favor, hija, si me muero hacedlo todo en casa. Pide los callos a los del otro sitio”.