Siempre voy al mismo bar después de trabajar. Y siempre, como soy demasiado puntual, paso la primera media hora hablando con Víctor, el camarero. Víctor es tan tímido al principio como expansivo al poco de conocerle y ha desarrollado una teoría que yo ahora vendo como propia y que está basada en los panchitos.

El primer día que me la contó fue porque le pregunté por una pareja que se pasaba las horas besándose como si se acabasen de conocer. Se sentaban en el mismo lado de la mesa y solo se separan cuando uno de los dos tenía que ir al baño. Daban cierta envidia. El mundo, para ellos, era como una novela romántica en la que sólo importa el ahora. “Pues llevan viniendo unos años y la primera vez que quedaron lo hicieron aquí. Lo sé porque ninguno de los dos probó los panchitos y bebían muy rápido”, me dijo. Y me explicó, tras ver mi cara de sorpresa, que “cuando las parejas están empezando no se atreven a comer, les da vergüenza. Por eso de mancharse o que se les quede algo entre los dientes”.

Si son amigos de toda la vida los cogen a puñados”

Víctor lleva tantos años en este lugar que tiene la teoría muy trabajada. Además, se pasa toda la noche comiendo los panchitos que deja encima de la barra. Es capaz de saber en menos de media hora si los dos están interesados, si es una cita de Tinder o son amigos de toda la vida. “En las de Tinder sabes si va a salir bien si los dos apartan el cuenco. Si uno se pone a comer y el otro no, es que eso no va a llegar a ningún sitio. Lo tengo comprobadísimo. En cambio, si son amigos de toda la vida los cogen a puñados”.

Desde entonces me voy fijando en todas las parejas, en si comen o no comen, en si sólo come uno y me encanta ver a matrimonios mayores peleándose en silencio para que el otro no se quede con su parte. En las relaciones, a medida que pasan los años, el egoísmo es parte del encanto.

El otro día cuando entré, me encontré a Víctor acompañado en la barra. Estaba con una nueva camarera, acababa de empezar. “Estamos saturados en verano y necesito ayuda”. Le vi liado explicándole cómo se hacía esto y lo otro, así que me puse a mirar a las parejas para luego cambiar impresiones con él sobre la situación sentimental de cada una. Cuando fui a meter la mano en el cuenco, que él siempre comparte conmigo en la barra, me di cuenta de que Víctor había apartado sus panchitos.