Opinión

El 1-O, la conmemoración de un fracaso

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El 1-O, la conmemoración de un fracaso

Carles Puigdemont vota en el referéndum del 1-O. EP

Resumen:

Tienen razón los independentistas en celebrar el primer aniversario de su intento de contar con un apoyo masivo de la población para  declarar definitivamente la independencia de Cataluña. Y tienen razón porque ese 1 de octubre de 2017 fue lo más cerca que estuvieron de que su fantasiosa y falaz apuesta se pareciera en algo a la realidad. Pero siendo lo más cercano, la verdad es que aquello quedó dramáticamente lejos de algo parecido a un referéndum real para quedar en un simulacro o una caricatura de lo que en el mundo civilizado se considera una consulta popular con garantías y homologable por las democracias occidentales.

De manera que lo que los independentistas catalanes conmemoran ayer y hoy es otro de sus grandes fracasos. Eso lo hacen siguiendo su costumbre de celebrar como hitos históricos sucesivas derrotas, léase la de 1714 y el homenaje a Rafael de Casanova, a quien llevan años atribuyendo la defensa de un inexistente movimiento de liberación del secesionismo catalán en la Guerra de Sucesión pero del que ya sabe hasta el último de los ciudadanos contemporáneos que fue un patriota español que llamó a los barceloneses a “derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”, aunque apoyó al perdedor en la contienda, el archiduque Carlos de Austria como rey de España. Pero una vez que las tropas del vencedor Felipe V de Borbón, tomaron la ciudad, Casanova se refugió inicialmente en casa de su hijo hasta que, cinco años más tarde fue amnistiado, regresó a Barcelona y ejerció como abogado llevando una vida placentera hasta que se retiró, seis años antes de morir.

Por lo tanto, de héroe de la causa independentista catalana, nada. Pero eso no es algo que importa a estos maestros de la manipulación histórica y lo que han hecho con los sucesos de la Guerra de Sucesión intentarán hacerlo con el episodio del 1 de octubre de 2017. Y la prueba de que pretenden de nuevo engañar a los incautos es lo que declaró ayer el presidente de la Generalitat, el racista y xenófobo Quim Torra ante una de las urnas que sirvieron para el simulacro de aquel día, recordando“el sentimiento electrizante de fraternidad al saber que nos estábamos autodeterminando” ese día.

No, señor Torra, no es estaban autodeterminando y la prueba es que todavía andan ustedes pidiendo la celebración de un referéndum imposible en España como fue el reférendum fracasado de Québec. Fracasado para las pretensiones de los independentistas quebequenses que desde entonces no han vuelto a levantar cabeza en lo que se refiere a sus aspiraciones. Por eso, porque lo del 1-O, no sirvió para nada, el señor Torra volvió a llamar a la población independentista a repetir los “actos de desobediencia” como esenciales para seguir adelante en su batalla por la independencia.

Ahora bien, también hay que decir que lo sucedido ese día fue un éxito parcial del independentismo por distintas razones y que, simultáneamente, fue un estrepitoso fracaso operativo del Gobierno y de los servicios de inteligencia dependientes de la vicepresidenta del Gobierno Soraya Sáenz de Santamaría. Y fue un fracaso porque muy pocas horas antes de que se abrieran los mal llamados “colegios electorales”, en el palacio de La Moncloa se seguía afirmando con total seguridad que “no tienen urnas, ni papeletas, ni censo”. Y lo tenían todo. Un censo robado, sí, pero suficiente para dar la impresión de que se abordaba un proceso si no legal sí por lo menos serio y homologable. Y tenían papeletas. Y, sobre todo, tenían urnas.

Que el recuento fuera, como fue, una gigantesca mentira no altera la constatación de que el independentismo había burlado al Estado. Es cierto que allí se constató que se podía votar una, dos, tres y cuatro veces en distintas urnas y que no había el más mínimo control exigible en una consulta popular, pero el hecho es que todo el que quiso votar pudo hacerlo. Naturalmente, los resultados que hicieron públicos los dirigentes de la Generalitat carecen de toda credibilidad. Dijeron que habían votado algo mas de dos millones de personas – exactamente 2.286.217- pero no hay manera de comprobar fehacientemente que esa cifra sea real o inventada. Y dijeron que el sí a la independencia había alcanzado el 90,18% de los votos emitidos. Podían haber dado cifras distintas y no habría habido modo de discutirlas porque no era posible acreditarlas con baremos internacionalmente aceptados. Pero el caso es que dieron ésas y ésas fueron las que han quedado para la oscura historia de aquella jornada triste para la democracia española.

Lo mismo puede decirse de la cifra de heridos, tan inventada como los resultados de la votación. La Generalitat sostuvo que fueron más de 800 los heridos, lo cual permitió asegurar al entonces líder de la ANC, Jordi Sánchez que “una cifra así no se había dado en Europa desde la II Guerra Mundial”. Ahí queda eso, el pseudo referéndum catalán equiparado a la Segunda Guerra Mundial, que no les gane nadie en desmesura. Pero la verdad es que la realidad fue muy distinta a esa fantasía de victimización con la que los independentistas quisieron envolverse para culpabilizar a España de “tan inmensa crueldad”: hubo solamente dos heridos graves, uno que perdió un ojo y otro al que le dio un infarto que no sabemos si podía haberle dado en cualquier circunstancia. Y dos heridos leves. Y nada más.

¿Alguien ha visto alguno imagen de los dirigentes independentistas visitando en el hospital a los pretendidamente casi mil heridos que ellos contabilizaron? ¿A que no? Por la sencilla y cruda razón de que no había nadie a quien visitar, porque no existían tales heridos.  Si hubiera habido sólo tres o cuatro, las fotos de Puigdemont y sus consejeros consolando a las víctimas habrían sido distribuidas por el mundo entero, pero no había posibilidad de acumular material gráfico de esas visitas porque faltaba la materia prima, los heridos. Por eso, a falta de heridos, echaron mano de viejas fotos de episodios anteriores y las envolvieron en embustes que la incauta o partidista prensa internacional compró sin pensar y luego se vio obligada a rectificar y reconocer que había  sido engañada. Aquélla fue otra de las grandes mentiras que la Generalitat difundió en un torbellino de falsedades en el que intentaron, y consiguieron en parte, envolver al Gobierno de Mariano Rajoy y con él a todo el Estado español.

Ése era su objetivo principal y en función de él se organizó y orquestó también la trampa más gigantesca que se ha tramado en 40 años de democracia a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Empecemos por decir que el Gobierno y los responsables de Seguridad cayeron como chinos en un engaño que ni por asomo habían considerado posible. Con una candidez digna de mejor causa, confiaron en la colaboración leal de los Mossos d´Esquadra y cuando se dieron cuenta de  que estaban metidos en una trampa ya era demasiado tarde.

Los dirigentes de la Generalitat y los mandos de la Policía autonómica lo tenían todo preparado para que Policía y Guardia Civil quedaran atrapados en el cepo entre los colegios y los votantes. Los Mossos tenían órdenes, como se está viendo ahora en la investigaciones judiciales, de no impedir de ninguna de las maneras ninguna votación y de no requisar ninguna urna. Pero, eso sí, habiéndose comprometido previamente a colaborar lealmente con las fuerzas mandadas desde el Gobierno. Por eso los policías  y los guardias civiles se vieron solos en la necesidad de reprimir una votación que desde el primer momento estaba preparada para poder celebrarse. Hay que anotar que los colegios no contaron con la antelación exigible con policías que impidieran que se encerraran en su interior centenares de ciudadanos que más de un día antes ya estaban dentro y dispuestos a resistir. En definitiva, una organización astuta y tramposa pero muy eficaz por parte del independentismo y un desastre de planificación, información, inteligencia y previsión por parte del Gobierno. Y así pasó lo que pasó.

Pero en realidad, al final no pasó nada. El referéndum del 1 de octubre fue un fiasco más de los muchos que han padecido los secesionistas desde aquel momento hasta el día de hoy y el resultado es el que todos conocemos: unos cuantos de sus dirigentes en prisión pendientes de juicio y otro puñado de ellos fugados de la justicia y huidos por Europa. Un movimiento independentista partido por la mitad y enfrentado a cara de perro a cuenta de la estrategia a seguir de aquí en adelante porque la realidad es que están en el mismo punto en que estaban en el mes de septiembre del año pasado, dándose cabezazos contra el muro de la ley y frente a un Estado que se ha visto arañado por sus ataques pero que en absoluto se ha dejado doblegar.

En el ínterin han pasado muchas cosas, algunas de ellas muy graves, pero lo que se ha visto es que ninguno de los actuales dirigentes de la Generalitat está dispuesto ya a volver a violar la ley porque ya sabe lo que le pasa si lo hace. Por eso recurren a agitar las calles, que es el único recurso que les ha quedado. Hasta que la calle se canse de ver como se la convoca para mantener la tensión de una situación que no avanza un ápice y sigue encallada en los mismos gritos, en las mismas reivindicaciones, en las mismas promesas nunca cumplidas.

Ya veremos lo que les dura la cuerda porque, a tenor de lo visto en los últimos días, la grieta abierta en el seno del secesionismo ya no tiene únicamente un ribete político sino que empieza a derivar en enfrentamientos con la policía autonómica que los responsables de la Generalitat no saben cómo abordar. Y eso ocurre porque, no solo los principales líderes discrepan y están enfrentados entre sí  por la estrategia política a seguir en el futuro, sino que los más radicales ya se han dado cuenta de que llevan, como el burro a la noria, todo un año dando vueltas al mismo punto sin haber avanzado ni un ápice. Ésa es la amarga verdad para ellos de lo conseguido en el referéndum.

Por todo eso, la conmemoración del 1 de octubre es, otra vez, la conmemoración de un fracaso.