Asombroso por escandaloso. Lo sucedido este miércoles en la Comisión de Justicia incumplió las mínimas exigencias derivadas del motivo que justificaba esta comparecencia. A la ministra de Justicia Dolores Delgado no se le hizo más que una sola pregunta concreta sobre el contenido de la conversación publicada por algunos medios de comunicación  y que constituyeron un escándalo de primera magnitud, tanto que desde entonces diferentes grupos de la oposición han estado reclamando la dimisión o el cese de la actual ministra de Justicia. Pero, si nos atuviéramos a lo escuchado en la tarde del miércoles -más de dos horas y media de intervenciones- nadie podría saber con certeza por qué razón esta ministra ha estado en la picota durante semanas. Imposible saberlo.

Empezando porque los grupos de Bildu y de ERC se dedicaron, como es costumbre en ellos, a hablar de  “lo suyo”.  La portavoz de Bildu empleó su tiempo en hablar  de las torturas a presos etarras por parte  de la policía y de las condenas al Estado español por parte del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Y la de ERC en sacar a colación a los que ella, naturalmente, calificó de “presos políticos” de los que dijo que eran personas buenas y hasta nos contó que, cuando fue encarcelado, Jordi Cuixart tenía un bebé de seis meses. La que esto escribe no daba crédito a lo que estaba oyendo pero no sabía, inocente, lo que estaba aún por llegar.

A tenor de lo escuchado en la Comisión de Justicia, nadie podría saber por qué razón esta ministra ha estado en la picota durante semanas

El portavoz del PNV había abierto la cancela de los despropósitos cuando afirmó que a ellos, al grupo parlamentario nacionalista vasco, no les había parecido en ningún momento que el contenido de esa conversación grabada por el ex comisario Villarejo contuviera nada que pudiera justificar una petición de dimisión o cese. En este punto hay que recordar al lector, por si se hubiera olvidado, que en esa cinta se escucha a la entonces fiscal en ejercicio y ahora ministra de Justicia decir que había visto a jueces y fiscales del Tribunal Supremo hacerse acompañar de chicas menores de edad con propósitos evidentemente de relación sexual y no consta que ella hubiera comprobado la edad de las acompañantes de sus colegas ni consta tampoco que,  ante ese posible delito, ella hubiera actuado.

Pero celebraba también la señora Delgado el acierto del propio comisario Villarejo al montar una agencia de prostitutas con el propósito de sacar información a importantes hombres del mundo empresarial e institucional para hacerles luego chantaje y poderles presionar, otro delito evidente ante el que tampoco consta que ella haya denunciado a su presunto autor.

Bien, ¿quieren creer ustedes que nada de eso se le preguntó a la ministra?  El portavoz de Ciudadanos, señor Prendes, fue el único que le preguntó, pero sin insistir más en ello, por este último punto al que la ministra no se molestó en responder. Y aquí se acabó la cosa. Pero si fue insuficiente, aunque resultara la más concreta, la intervención del representante del partido naranja, la que ya resultó inconmensurable fue la de la señora Moro, del Partido Popular. Esta diputada se dedicó a pasear por todos los senderos secundarios que alcanzó a encontrar hasta debajo de las piedras y eludió en todo momento cualquier pregunta que apuntara al centro de la cuestión.

La diputada Moro (PP) eludió en todo momento cualquier pregunta que apuntara al centro de la cuestión

Ni uno sólo de los interrogantes fue planteado por su señoría la diputada popular. Eso sí, supimos cosas de tanta trascendencia para el caso como que el PP admira y apoya a las fuerzas de cuerpos de seguridad del Estado y que la señora Moro también está, en comunión perfecta con la ministra de Justicia, muy orgullosa de ser mujer aunque le afeó, también muy levemente, a la compareciente que pusiera su condición femenina como explicación de la, según ella, persecución de la que está siendo objeto.

Con decir que su pregunta más concreta a la ministra fue “¿En qué consistió ese tercer encuentro con Villarejo?”.  Como la señora Delgado había reconocido tres contactos con el comisario, la portavoz del PP se mostró interesada, mire usted por dónde, en un encuentro del que no se ha filtrado conversación alguna y no hay, por lo tanto, ningún indicio de que se haya tratado  de un encuentro reprochable. Pero, por supuesto, ni la ministra se molestó en aclarárselo ni la señora Moro volvió sobre el asunto.

Es más, la señora Delgado pudo repetir varias veces y sin que nadie le pusiera la más mínima pega la siguiente frase que da una idea del fracaso estrepitoso en que se convirtió desde los primeros compases esta comparecencia inútil porque ha estado a años luz de cumplir su propósito: “Yo no voy a entrar en el contenido de las grabaciones”. Pues entonces ¿a qué habían venido la señora Delgado y sus señorías? Por lo que se ve, a echar la tarde. Porque hay que recordar que la ministra llevaba muchos días sin contestar a ninguna pregunta de los medios de comunicación porque, según decía, lo iba a explicar todo en la Comisión de Justicia. Y no explicó absolutamente nada. Bien es verdad que tampoco nadie hizo el menor intento de forzarla a ello.

El portavoz del PSOE, señor Campo, completamente cómodo y relajado hasta el extremo, vistos los caminos por los que estaba derivando la comparecencia, se permitió insinuar, sin decirlo abiertamente porque eso es más de lo que incluso él mismo habría podido tolerar, que juzgar los hechos del pasado con criterios e información del presente es un error y una trampa en la que hay que evitar caer. ¡Pero es que se refería, sin citarlo, al comisario Villarejo! Del que vino a decir que prácticamente nos acabamos de enterar ahora que era un policía corrupto.

Las prácticas sucias del ex policía son archiconocidas desde hace décadas por todos los que han tenido alguna relación con la vida pública

Hombre, no, eso no. Las prácticas sucias del ex policía son archiconocidas desde hace décadas por todos los que han tenido alguna relación con la vida pública, incluidos los periodistas y, por supuesto, incluidos todos los fiscales y todos los jueces de la Audiencia Nacional, sin faltar ni uno. Pero Campo lo dijo porque podía decirlo, y podía hacerlo porque el clima desdibujado y evanescente que se había instalado en la sala ya hacía posible cualquier demasía en la defensa de la compareciente.

Para que se hagan una idea, en la redacción de este periódico desde el que escribo, no había colega que no estuviera  con los ojos como platos: no puede ser posible lo que estamos viendo en esta Comisión, nos decíamos unos a otros. Cómo habrá sido la cosa que la señora Delgado, al final de su paseo por las flores en que se había convertido ya irremisiblemente su comparecencia, incluso se permitió atacar al PP y al gobierno anterior, de modo que la portavoz de ese partido se vio en la necesidad de intentar defenderse, cosa que no consiguió.

Al final, la ministra de Justicia le dijo a la señora Moro: “Me deja usted muy tranquila”. Hablaba aparentemente de la profesión de amor que la portavoz popular acababa de hacer de la Policía española, pero yo sospecho que la frase pudo tener la intención de abarcar el desarrollo completo de la sesión, que resultó toda ella un bochornoso fracaso.