Le están saliendo mal las cosas a Pablo Iglesias. La realidad tiene mucho de cruel sobre todo para quien se empeña en vivir fuera de ella y en convencer a los demás de que lo que ven con sus propios ojos no es lo cierto y que la verdad es la versión que él les está suministrando. Pero cuando llega el momento de contrastar la versión con la crudeza de los hechos el fantasioso o el fanfarrón se queda desnudo ante la mirada del público.

Esto es lo que le pasó ayer a Iglesias y, por extensión, a la cúpula directiva de Podemos representada por Pablo Echenique. La sesión de control celebrada ayer en el Congreso dejó con las vergüenzas al aire al líder del partido morado en un punto de especial sensibilidad para la clientela de Podemos. Estoy hablando de Arabia Saudí y del tenebroso episodio del asesinato del periodista Jamal Khashoggi y de las repercusiones comerciales que Iglesias exigía a Pedro Sánchez que asumiera. Era, y es, una mera cuestión de principios. Pero frente a los principios se alzan en esta ocasión las necesidades materiales directamente relacionadas con el caso de los contratos mil millonarios firmados con las autoridades saudíes, que estarían en serio peligro si el presidente hubiera optado por remitirse en exclusiva a las cuestiones de índole moral que exigen, efectivamente, que queden anuladas todas las relaciones comerciales con Riad.

No sabemos la reacción que esta mansedumbre de Iglesias va a causar entre los militantes de Podemos pero es seguro que no será de comprensión

Pablo Iglesias ha tenido que plegarse a la decisión del presidente del Gobierno con la misma mansedumbre con la que un perro golpeado agacha el lomo para evitar recibir más palos. Durante los debates de la sesión de control de ayer el líder morado inició una levísima presión sobre Pedro Sánchez pero cuando recibió la respuesta de éste en el sentido de que no se podía permitir el lujo de dejar de vender armas a Arabia Saudí no insistió más porque sabía que tenía esa batalla perdida y se limitó a recordarle que su decisión  no estaba “a la altura del espíritu de la moción de censura”.  Y, salvo la peregrina idea de que los 1.800 millones del contrato de Riad fueran asumidos por los Presupuestos Generales del Estado -y hay que suponer que también los otros miles de millones derivados del resto de contratos de otros países que existen con la industria armamentista española- Iglesias  pidió, más bien suplicó, inútilmente a Sánchez que rectificara su decisión. No lo consiguió y no hubo más.

El líder morado se plegó en silencio y abdicó de la posición sin hacer más ruido. Y optó por disimular haciendo exhibición vacua de otros puntos acordados por él con el presidente como la firma del tratado de prohibición de armas nucleares, un asunto sobre el que el Gobierno no ha dado hasta el momento señales de vida, o el reconocimiento del Estado Palestino, otra cuestión con la que el Ejecutivo tampoco se ha comprometido hasta ahora. No sabemos la reacción que esta renuncia de Iglesias ante un asunto tan sensible, tan de principios, va a causar entre los militantes de Podemos pero es seguro que no será de comprensión.

Y mucho menos cuando sepan también que una de las grandes conquistas enarboladas por los dirigentes de Podemos en materia económica ha sido de nuevo ignorada por el Gobierno. Me refiero a la cotización de los autónomos que el ministerio de Trabajo ya ha anunciado que va a incrementar en porcentajes que tienen a las asociaciones de autónomos en pie de guerra. “Esto no es lo acordado” se lamentan los dirigentes morados que ven como su brillante papel desempeñado durante las últimas semanas empieza a decolorarse y a diluirse por momentos. No será lo acordado pero así será, según ha explicado Magdalena Valerio, que ha hecho caso omiso de lo pactado con Podemos.

Si Iglesias no logra que los independentistas apoyen los Presupuestos habrá regresado a la zona oscura de la tabla de la que creyó que había salido ya

Pero Pablo Iglesias no sólo ha fracasado en su intento de que el Gobierno rompa los contratos con Arabia Saudí y se le ha torcido el logro de incrementar el salario mínimo sin que ese incremento dañara la economía de los trabajadores autónomos. Lo peor para Pablo Iglesias es que parece haber fracasado de plano en su intento de convencer a los independentistas de que aprueben los Presupuestos Generales. Ahí es donde el golpe que recibe el líder de Podemos le va a dejar más secuelas. Y no sólo porque con esos Presupuestos aprobados la prolongación de la legislatura estaría asegurada sino porque eso le habría permitido mantener públicamente el relato de que había sido él, él y ningún otro, el muñidor de un acuerdo tan esencial para la vida política y económica española.

Ese éxito le habría empujado a la parte más alta de la clasificación nacional de líderes y le habría dado la oportunidad de rentabilizar su éxito no sólo personalmente sino también para su partido, que quizá habría salido de las sombras en lo que a intención de voto se refiere. El futuro de Podemos y sus aspiraciones particulares dependían muy mucho de este acuerdo y al amparo de ese éxito podrían quedar olvidadas importantes renuncias anteriores como la renta básica universal o la derogación del artículo 135 de la Constitución. Pero parece que ni una cosa ni las otras.

Puede que, si no consigue sacar adelante sus Presupuestos, Pedro Sánchez decida prolongar la legislatura y no convoque elecciones generales. Podría perfectamente prolongar los de 2018 del gobierno de Mariano Rajoy y continuar gobernando con ellos hasta 2020. Pero en ese caso Pablo Iglesias habrá perdido la oportunidad de oro de refulgir como el autor del acuerdo entre los independentistas y el Gobierno del PSOE y como la mejor baza de negociación del presidente y habrá regresado a la zona oscura de la tabla de la que creyó que había salido ya para siempre.

Es lo malo que tiene la realidad, que suele ser muy cruel, sobre todo con quien se empeña en retorcerla y ponerla a su servicio.