Entramos en precampaña electoral. Menuda pereza. Se palpa en las actitudes y manifestaciones de los profesionales de la política, así como en las obras para asfaltar algunas calles. No pienso votar. Soy consciente de que es una obligación de los ciudadanos y si todo el mundo hiciera lo mismo tendríamos un problema. Sin embargo, el nivel de los candidatos es ínfimo, ninguno merece mi voto. Tal vez tenemos lo que nos merecemos y el nivel de los votantes sea tan paupérrimo como el de los posibles votados.

En este país persiste la polarización entre la derecha y la izquierda. Los de izquierdas consideran a los de derechas, la derechona, un peligro para la democracia, incapaces de asumir los resultados electorales, unos fachas. Los de derechas piensan que los de izquierdas son una pandilla de incapaces radicales que se dedican a quemar iglesias. Han pasado 80 años de eso, pero analizando la evolución de las encuestas y el trasvase de votos entre algunos partidos da la sensación de que no hemos superado esa guerra cainita. Más de 40 años desde el fin de la dictadura y todavía no hemos alcanzado la madurez democrática. Algo similar ocurre con la bandera. Mostrar la bandera de España no es un símbolo de orgullo por tu país sino un indicio de ser un facha. Muy triste.

El paralelismo entre política y fútbol es evidente. No existe la neutralidad. La gente no concibe que uno no sea ni del Madrid o del Barsa. Si opinas algo positivo sobre el Madrid es que eres un merengue peligroso. Si lo haces a favor del Barsa, eres un culé recalcitrante. Pues no, yo soy del Real Oviedo, me la trae al pairo Madrid y Barsa. Me fascina el fútbol, lo veo con distancia, independencia y tanta pasión como el que más. Admiro a Johan Cruyff, a la Quinta del Buitre o a Quini. No son de mi equipo, pero una cosa no quita la otra.

Así funciona este país, hay que ser de una caverna o de otra. La equidistancia no existe, hay que enarbolar una bandera

Tomando prestadas palabras del gran Arturo Pérez-Reverte: «Hay cuatro ópticas de la Historia de España: la de la derecha consiste en blanquearla. La de la izquierda consiste en ennegrecerla. La de los nacionalismos consiste en negarla, en decir que España es una aberración histórica. Y la cuarta consiste en aceptar lo siniestro y lo positivo de esta historia. Es la que a mí me gusta, pero te caen hostias de todas partes». Como siempre, extraordinario el maestro Reverte.

Así funciona este país, en fútbol, en periodismo, en política… Hay que ser de una caverna o de la otra. La equidistancia no existe, hay que enarbolar una bandera para no ser sospechoso. Por supuesto, tampoco existe autocrítica, todos ganan, ninguno comete errores. No creo que en otros países la situación sea tan funesta. Si lo llevamos al fútbol, en Inglaterra la afición está atomizada. No se divide entre Manchester United y Liverpool por definición. Equipos de tercera o cuarta división, como el Wimbledon o el Charlton Athletic disponen de su legión de fieles seguidores. Y no como segundo equipo después de uno de los grandes. Otra filosofía, ojalá aquí les copiáramos, pero mejor sólo a nivel futbolístico, porque, aunque son muy demócratas, el espectáculo que están ofreciendo al mundo con el Brexit es dantesco.

Así que no voy a votar, porque no me representan, porque son unos inútiles, porque no van a ser capaces de llegar a un acuerdo en las materias básicas, educación y pensiones, sin tratar de sacar ventaja electoral. Porque en parte del país se acepta que los representantes políticos se salten la ley. Porque en otra parte se invoca a la Constitución como si fuera algo inalterable cuando en un fin de semana se han hecho modificaciones en la misma.

Siempre he creído que para que un candidato merezca mi voto tiene que ser más inteligente y preparado que un ciudadano medio. En muchas épocas ha sido así, los líderes y miembros destacados de los partidos se encontraban en el primer cuartil en términos de inteligencia y preparación. Hoy, no digo que estén en el cuarto, entre el 25% de más ineptos de la población, no, pero sí que no veo casi ninguno que esté por encima de la media. Si acaso, el bolivariano que ahora se va a dedicar a cuidar a su prole. Pero no cuenta, porque vive en la ilusión del parnaso anarco comunista. Ojalá algún día cambie el panorama y haya gente válida dispuesta a servir al bien común. Entonces votaré, no tengo prejuicios sobre el color, pero votaré. Suerte.