Eso no se hace y desde luego no se hace así. Es difícil tener un comportamiento más indigno que el que ha exhibido Ángel Garrido antes y después de su salto mortal a las listas de Ciudadanos. Él es muy dueño de administrar su vida pública como le venga en gana pero existen unas cuantas normas, pocas, que todo ser humano debería respetar si pretende a su vez ser respetado por los demás. Y una de esas normas es la de apuñalar, si  es que hay que apuñalar, de frente y no por la espalda.

Más que nada porque resulta feo y porque evidencia un carácter ruin y encanallado que no da resultados cuando se pretende mantener una imagen pública de hombre de bien. Pero a Ángel Garrido se ve que en su casa no le enseñaron a portarse como un señor sino como un villano. Y, dicho esto, que es mi consideración final, voy a explicar por qué digo lo que he dicho y que es algo que no forma parte de mis costumbres profesionales ni personales.

Es verdad que Ángel Garrido fue desalojado de la cabecera de la lista electoral para la Comunidad de Madrid sin darle la oportunidad de intentar ganar las elecciones de mayo. Y también es verdad que fue sustituido en la cabecera de esa lista por una mujer que carece casi por completo de experiencia de gestión -apenas un tiempo en la consejería de Justicia- por decisión de un Pablo Casado que muchos pensamos entonces que había cometido un error descomunal que le iba a costar el gobierno de la Puerta del Sol. Aquello fue una humillación sin paliativos para un presidente como Garrido que acababa de labrarse un extraordinario prestigio entre los madrileños a cuenta de su posición en el conflicto del taxi.

A Ángel Garrido se ve que en su casa no le enseñaron a portarse como un señor sino como un villano

Durante aquellas jornadas nefastas, el señor Garrido no cedió un ápice y resistió las feroces presiones, y hasta los tumultos, que los taxistas madrileños, pésimamente asesorados y catastróficamente conducidos por los más radicales de entre sus colegas de Barcelona, organizaron en la capital de España convencidos por algún insensato ignorante de que cuanta más violencia y más agresiones e insultos, cuanta más huelga, incluso de hambre, más iban a debilitar al gobierno autonómico que acabaría asustándose ante tanta potencia y se avendría a aceptar sus exigencias sin rechistar.

Pero Ángel Garrido resistió el tirón y la opinión pública madrileña se lo agradeció otorgándole un prestigio del que hasta aquel momento había carecido porque él no era, al fin y al cabo, más que el hombre gris al que se había recurrido para sustituir a la dimitida Cristina Cifuentes. Todos en Madrid pensaron entonces dos cosas: una, que dado que a esas alturas ya sabía que no iba a encabezar la lista del PP por la Comunidad, se había sentido libre de servidumbres y había actuado con el valor que quizá no habría mostrado si hubiera tenido que competir por continuar en el poder en los comicios de mayo; y dos, que esa determinación, ese aguante, ese aplomo, eran cosa suya y de nadie más.

Error. La decisión de aguantarles el pulso a los taxistas madrileños no fue suya sino de la dirección del partido. Es decir, de los despachos de la calle de Génova. De manera que el mérito suyo, si es que le queda alguno, fue el de obedecer las órdenes y aplicarlas, eso sí hay que reconocérselo, a la perfección. Pero ahí entró otro elemento en juego que conviene examinar.

Descabalgado de la lista por Madrid, Garrido tenía dos opciones: hacerse la víctima y montar un pequeño escándalo que desestabilizase al recién llegado presidente del PP, o portarse como un caballero y aceptar la humillación poniéndose sin el menor reproche al servicio de su partido, que fue lo que hizo. Eso le dio un  resultado espléndido porque la dirección del PP, incómoda con la patada que le habían propinado en el trasero, reaccionó conmovida y agradecida hasta lo más hondo por un gesto que dijeron que honraba al señor Garrido  hasta convertirle en el candidato más elegante y generoso de ese partido.

Conclusión: «Ángel irá donde quiera, será lo que él quiera ser», decía a quien quisiera escucharle un emocionado Teodoro García Egea, secretario general del PP. Y dicho y hecho, el gris Garrido fue encaramado al honrosísimo cuarto puesto en las listas del partido al Parlamento europeo, donde todos sabemos que se vive muy bien y se cobra aún mejor. Era una forma de agradecerle su comportamiento. Y el dijo que sí. Y firmó su aceptación para ser incluido en las listas que ya están publicadas en el BOE.

Pero, cosas de la vida, el señor Garrido no estaba contento. Su situación personal se le complicaba mucho, demasiado, con su nueva futura actividad como europarlamentario. Y eso se comprende. Pero resulta que no habría necesitando nada más que decírselo así a sus jefes e inmediatamente le habrían buscado otro acomodo en España. Por ejemplo, sin duda habría obtenido el compromiso inmediato de nombrarle senador autonómico por Madrid, con lo cual no tendría que viajar y podría cumplir sus compromisos familiares. Todo menos dejar tirado a «Ángel» que tan bien se había portado con Pablo Casado y con el PP.

Pero él no dijo nada de eso sino que aceptó ese número cuatro en las listas europeas, lo que supuso empujar hacia abajo a políticos más notables y mucho más prestigiosos que él dentro de ese partido. Y ahora, cuando faltan cuatro días para las elecciones generales y toda la documentación que le incluye a él está ya publicada en el BOE, el «caballeroso» Ángel Garrido se descuelga pasándose a Ciudadanos con el fantástico argumento de que lo hace ¡»por razones de convicción y de principios»!

Garrido no es de fiar, eso ha quedado más que claro para cualquier observador, y carga a partir de hoy con una imagen de canallesca ruindad

Caramba, debe de ser que la convicción y los principios se le han aparecido delante de la cama una de estas noches y él se ha visto súbitamente compelido a convertirse de urgencia a la fe de Ciudadanos. La caída del caballo de Saúl -luego San Pablo- y su conversión al cristianismo duró más tiempo. De todas maneras, y aunque sea ésta la conversión más meteórica de la Historia, si pensaba que el PP de Casado se estaba derechizándose en exceso para su atribulado espíritu liberal, no habría estado de más que hubiera comunicado sus «escrúpulos» políticos a quienes le estaban poniendo la alfombra roja a sus pies, no porque él fuera un líder indiscutible que arrase a su paso, que no lo es y no lo ha sido nunca, sino porque sus jefes no tenían mejor modo de demostrarle su eterno agradecimiento por el modo en que se comportó tras ser apartado de la cabeza a la lista por Madrid.

No podía hacer más daño a quienes le han tratado tan bien. Y no es posible pensar que este hombre no sea capaz de calibrar la dimensión del roto político que le hacía a su partido apareciendo este miércoles en la sede de Ciudadanos junto a un Ignacio Aguado con cara de póker -como si quisiera mantenerse ajeno a la bomba que se estaba haciendo explotar en ese instante- para dar una rueda de prensa sin haber informado previamente a alguien, a cualquiera que hubiera sido de la dirección, de la puñalada que se disponía a asestar a todo el PP al borde mismo de unas elecciones en las que Pablo Casado se juega muchas más cosas que el gobierno de España. Pero no lo hizo, no advirtió a ninguno de los, hasta ese momento, suyos. Eso se llama apuñalar por la espalda con alevosía.

Garrido no es de fiar, eso ha quedado más que claro para cualquier observador, y carga a partir de hoy con una imagen de canallesca ruindad que le va a complicar la vida política en el futuro. Harbá que decirles a Aguado y a Albert Rivera lo mismo que se les dijo desde el PP de Castilla y León cuando decidieron fichar a Silvia Clemente, que hizo una operación muy parecida a la del ex presidente de la Comunidad de Madrid, pero a ésta finalmente no le salió  bien: «Vaya joyita te llevas».

El partido naranja debería afinar más a la hora de introducir material dudoso por traicionero en sus filas, que el que hizo un cesto hace cientos.