Parece que Podemos ha cambiado el “ganar o morir” de Juego de Tronos por el consenso, acuerdos y sentido de Estado de Borgen, y que Pedro Sánchez ha pasado del “no es no” a no entender que le digan “no”. Pero, más allá del ajedrez de las coaliciones hay suficientes razones para pensar que la política entendida desde el “ganar o morir” o el “no es no” sigue estando ahí, en los líderes y sus grupos. Pero, ¿cómo encaja lo anterior con el intento fallido de formación de gobierno y, sobre todo, con la insistencia de Podemos de entrar en el gobierno?

El “ganar o morir”, es decir, la política entendida como juego maniqueo entre amigo y enemigo que se resuelve por imposición, es una visión muy asentada en Podemos. A los mayores del partido les viene de Carl Schmitt, un intelectual que ha servido de punto de encuentro entre ellos y los franquistas, pues los dos son sus feudatarios.

Los más jóvenes aprendieron esta visión con los gobiernos populistas de América Latina. Tomaron nota de los mecanismos de movilización y de cómo quebrar lo que llaman “hegemonía del bloque dominante”, es decir, la casta y sus aliados, a la manera de lo realizado por Hugo Chávez en Venezuela o Rafael Correa en Ecuador. Fueron testigos también de la efectividad del discurso que divide los buenos de los malos -al pueblo de la oligarquía, a los “patria” de la “antipatria”-.

Al igual que los comunistas -aquellos que según Podemos traicionaron al pueblo legitimando el régimen del 78- tuvieron el ¿Qué hacer? de Lenin, los jóvenes de Podemos tienen su Santísima Trinidad formada por Gramsci, Laclau y Mouffe. Se trata de un mézclum de textos y teorías que egendró aquella frase de Errejón de “la hegemonía se mueve en la tensión del núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación – apertura”.

El ‘momento populista’ describe una situación de crisis en la que los ciudadanos cuestionan la hegemonía dominante, abriéndose a la posibilidad de probar alternativas de dominación y grupo dominante

De ahí viene también la idea del “momento populista”, que es esencial para obtener el poder en la visión de los líderes de Podemos. Se trata de una situación de crisis debida a la insatisfacción de demandas, en la que los ciudadanos cuestionan fuertemente “la hegemonía dominante” (el statu quo), abriéndose a la posibilidad de probar alternativas de dominación y grupo dominante. Para ello, un comando de “intelectuales orgánicos”de los sectores populares, por medio de la acción política, se encarga de construir un nuevo sujeto antihegemónico, que es “el pueblo”; sujeto que hay que delimitar, indicando claramente quiénes lo integran y quiénes no.

Establecidos los bloques, éstos se enfrentan en una lucha por el poder en la que todo lo que el uno gana, el otro lo pierde; pues el poder no se comparte -ganar matando-. En este proceso, las personas dejan de ser ciudadanos (en el sentido liberal) para supeditar sus identidades diversas e individuales a un escenario con sólo dos grupos -pueblo y antipueblo- que se enfrentan por el poder. No por nada, Laclau, que, en la Santísima Trinidad se sienta a la derecha del Padre, define el populismo como una estrategia de construcción de esta frontera política.

Es posible que la voluntad de pactar sea la evidencia de que han cambiado y renuncian al afán de hegemonía aceptando el pluralismo liberal. No obstante, aunque se forme parte de la estructura del Estado, se puede construir una hegemonía alternativa, es decir, un nuevo consenso con grupos subalternos. Venezuela, Bolivia o Ecuador son ejemplos. Ahí se reventó el poder de la casta desde el Estado, y aquí, en Cataluña se hace a diario.

Se pueden utilizar los ministerios y la vicepresidencia como herramienta política para delimitar la frontera política entre el pueblo y el no pueblo

Pero, ¿se puede generar un “momento populista” en el contexto europeo actual, muy diferente al de los países citados o al del momento de los indignados en España? Claro que sí. Otra cosa es que resulte. Por ejemplo, se pueden utilizar los ministerios y la vicepresidencia como herramienta para delimitar la frontera política entre el pueblo y el no pueblo. Para ello tendrían que proponer una serie de medidas que, en este momento, y con la actual coyuntura político-económica, serían de escasa viabilidad. Pueden ser de muy distinto tipo, pero siempre pensando en que benefician al pueblo (me las invento): elaborar la versión oficial de la memoria democrática donde quede muy claro quiénes son lo buenos y quiénes son los malos; elevar el salario; dar becas sin que importe la nota; hacer fijos a los becarios; universidad gratuita; derogar la reforma laboral; bajar el precio de la energía; prohibir los contratos temporales, los toros y la caza, la energía nuclear y los desahucios.

Como, presumiblemente, los miembros de gobierno por parte del otro partido tratarán de bloquear estas medidas, y la derecha extrema y no extrema se sentirá agraviada -pues la polarización también le conviene-, habrá crisis de gobierno y nuevas elecciones.

Dirán que se les expulsó del poder por no poner en marcha auténticas medidas sociales y enmendar lo perdido en 1939. Serán los candidatos del pueblo

Dirán que se les expulsó del poder por poner en marcha auténticas medidas sociales y enmendar lo perdido en 1939. Serán los candidatos del pueblo en un escenario en el que ellos marcan la frontera entre el pueblo y el antipueblo, pudiendo mostrar pruebas de que ellos sí se mojan, no como la izquierda cobarde del PSOE. Listo. Otro “momento populista” y sorpasso electoral a la vista. Ojo, no es política ficción. Rafael Correa lo hizo en Ecuador, aprovechando sus seis meses de ministro de Economía, previos a las elecciones que le harían presidente de la República durante 10 años.

También está lo del “no es no”. Esto es más simple y carece de mayor elaboración teórica. Sánchez perdió la secretaría general del partido por fidelidad a esta idea. Si bien le sirvió a su vez para recuperarla en las elecciones internas, gracias a los que veían en el no al PP una clara frontera justicialista a la que cada uno puede poner contenido. No a los fachas, o a los corruptos, o a los herederos del franquismo, o a los del aparato del partido, o a los que ganaron la guerra, o a los que dicen España en lugar de Estado español…


Francisco Sánchez es director del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca