Tenía 14 años cuando después de meses sin cortase el pelo y encerrado en su habitación escuchando Metallica apareció en la aldea gallega donde veraneamos con una cazadora de cuero 10 tallas más grande que él. Le había costado 300 euros en una tienda de segunda mano, los ahorros de todo un año, pero era «lo que se llevaba». Mi madre le miró con esa cara que ponen las madres cuando piensan cómo van a poner la lavadora para que «se deje de llevar» y mi padre ya había perdido la esperanza cuando la melena rubia de mi hermano rozó los hombros.

Él decidió que aquella sería la chupa del verano, la de todos los días del verano. Le gustaba una chica «rockera» del pueblo de al lado y su táctica era la perseverancia. Íbamos a cenar y venía con la chupa. Salíamos a tomar algo, venía con la chupa. Incluso se plantó un día en la playa encuerado y con bañador. Perseverancia ante todo.

Pronto supimos que aquella chica había empezado a salir con otro. Un rapero

Cuando ya no quedaba mucho para terminar el verano, supimos que aquella chica había empezado a salir con otro. Un rapero. Eso, juntado a que unos chicos, que le habían visto sólo de espaldas, le gritaran: «Menudo culo rubia», provocó que la chupa, con sus hombreras, acabará en la maleta y de ahí fuera a parar a su armario en Madrid, de donde nunca ha vuelto a salir. El pelo también fue desapareciendo, incluso un par de meses más tarde decidió raparse. Con 16 la vida ya eran The Killers, Muse, pantalones pitillo y converse.

Esta semana, he vuelto a ver a mi hermano después de 5 meses. Ya tiene 25 años y vive en Londres. Cada vez que viene, mi madre le lleva a comer tortilla, pulpo y croquetas de lacón. «Mejor que aquí no vas a estar», le dice, en un intento de que vuelva su hijo, al que le mantiene la habitación tal y como la dejó cuando se fue, con esa cazadora ocupando la mitad de su armario.

Ayer, mi hermano hacía la maleta para volver. Nos hablaba de su novia, de sus amigos. De que se quería comprar una bici. Estábamos todos con él en su habitación cuando abrió el armario. «Joe, la chupa. La tengo que enmarcar y colgarla en casa», dijo mientras la metía en la maleta. Mi madre la tocó, acariciándola, como si no existiera una mejor. Sabiendo que aquella casa de la que hablaba mi hermano ya no era la suya.