Últimamente me ha tocado viajar bastante. Me he dado cuenta de una cosa, no me gusta la globalización. Es un dislate colosal, un desatino magnífico que nos ha provocado una total pérdida de identidad a cambio de nada. Podríamos decir que, desde hace décadas, desde la pizza, no ha habido ninguna aportación de esa tan cacareada globalización.

Da igual por donde vayas, Londres, Madrid, Zurich, Luxemburgo, Oviedo, Málaga o Burgos, tienes las mismas tiendas, Zara, Mango, H&M, Uno de 50, etcétera. El comercio local no es una señal distintiva de una ciudad.

Antes, en España, había ciudades señoriales, elegantes, horteras, macarras, ahora son todas iguales. Las tiendas son las mismas, se ha producido una alineación, igualación, estandarización a la baja, y, se ha perdido todo tipo de sabor distintivo que aportaba el comercio de proximidad, da igual dónde te encuentres.

Se ha perdido todo tipo de sabor distintivo que aportaba el comercio de proximidad, da igual dónde te encuentres

Cuando ibas al extranjero podías saber de que país eran las personas simplemente por su ropa, ahora no, ahora no se aprecian las diferencias, todo el mundo viste parecido. Por supuesto que yo no, pero la mayoría han sucumbido a esa moda vertiginosa y adaptable que el señor Ortega y otros como él han inventado.

De la comida mejor ni hablamos, estoy de poke, wraps, hummus, sushi o bloomers hasta el corvejón. Qué es eso de comer cachopo en Andalucía, pescadito frito en Asturias, morcilla en Galicia y pimientos del padrón en Burgos. Por cierto, en Hawái no toman poke, lo tomamos aquí porque somos cool, somos guays.

En cuanto a los restaurantes, entre la influencia de las estrellas Michelin y la internacionalización, no hacen más que surgir como setas los gastrobares. Sitios monos, comida internacional, mediterránea, fresca, no sabes si estás en El Puerto de Santa María, La Bañeza, Cascáis o Ulán Bator. Fuera hombre, fuera.

La misma comida, las mismas tiendas, la misma ropa, qué pereza por favor. No me gusta nada, me parece una gañanada, como esos alemanes que vienen a Mallorca de vacaciones a comer salchichas.

Tenía un compañero de piso en Madrid que volvía a Oviedo todos los fines de semana a ver a la novia. Así durante varios años. El primer fin de semana que se quedó en Madrid se fue a cenar al Carlos Tartiere, una sidrería.

Tampoco es eso, hay que estar abierto al mundo, a experimentar nuevas cosas, pero no debemos perder nuestras costumbres y tradiciones. En una entrevista reciente con el primer ejecutivo de Meliá venía a decir eso mismo, que le gusta que sus hoteles tengan ese toque local que los diferencie.

Hay que estar abierto al mundo, a experimentar nuevas cosas, pero no debemos perder nuestras costumbres y tradiciones

A todo esto, según la nueva directora gerente del FMI, el 90% de los países del mundo sufrirán la mayor desaceleración económica en 10 años. Este frenazo puede lastrar a toda una generación. Por si alguno no tiene memoria, esta alerta mete mucho miedo, dado que lo que pasó entre 2008 y 2012 se cargó sistemas financieros, países e incluso estuvo a punto de llevarse por delante la zona Euro.

Por otro lado, la señora Giergieva cuantificó la factura que tendremos que pagar entre todos como consecuencia de la guerra comercial entre Estados Unidos y China: 600.000 millones.

Más o menos a la vez, el «doctor» Sánchez anunciaba subidas en pensiones, subsidios, salario mínimo, etcétera. Por supuesto ni palabra de dónde van a salir los recursos.

En cualquier caso, me recuerda a aquel debate celebrado en febrero de 2008 entre Pizarro y Solbes. Uno advertía la que se nos venía encima, el otro que todo iba viento en popa. El uno se fue por donde vino, con su prestigio intacto, el otro ganó las elecciones. Veremos qué pasa, porque los ingleses tienen el Brexit, los americanos a Trump y nosotros lo de Cataluña. No pinta muy bien. Suerte.


Kike González es executive director de Stellar Group en España