No era el mejor día para Felipe de Borbón y, sin embargo, era el día más adecuado –el Congreso ya había dado su apoyo a las medidas adoptadas por el presidente del Gobierno- para que el Rey de España se dirigiera a la nación y le mandara un mensaje de realismo pero también de apoyo, de ánimo y de esperanza. Pero los siete minutos que el Rey ha utilizado para hacerlo no sólo no han aportado nada que no nos hubiera dicho ya en todas las conjugaciones posibles Pedro Sánchez sino que ha estado dominado por una apariencia de tensión, o de incomodidad, o incluso de frialdad por parte del Rey Felipe a pesar de una cercanía que se percibía impostada.

No parecía estar cómodo, no parecía sentirse identificado con lo que decía, quizá porque no decía nada nuevo, nada que no hubiéramos oído decenas de veces antes. Pareció un discurso improvisado, sin cuidar y que saltó de un lugar común a otro lugar común sin solución de continuidad y no nos transmitió su calor, salvo en el momento en que habló de los profesionales de la Sanidad que son, dijo el Rey «nuestra primera línea de combate». En ese momento se percibió la emoción que había faltado en sus palabras anteriores y que volvió a faltar en las posteriores.

El Rey se dirige a la nación en contadísimas ocasiones y siempre con motivos de la máxima relevancia cuando sus discursos se emiten fuera de las tradicionales fechas de Nochebuena. Por eso sus palabras tienen que estar muy bien medidas y tener un calado hondo y potente. La tremenda y dramática amenaza que estamos soportando bien merecía una intervención extraordinaria por su parte porque el país está paralizado y cada vez más angustiado por lo que pueda venir, que ya nos han dicho que va a ser peor que lo que hoy estamos padeciendo.

Merecía su intervención, sí, pero no ésta. Porque sus palabras han sido irrelevantes y, en consecuencia, han resultado prescindibles. Quien le haya escrito este discurso al Rey es el responsable de haberle hecho caer en una condición en la que de ninguna manera puede caer un Rey, y menos Felipe VI, y mucho menos en un momento como el actual en el que está enfrentándose al descrédito provocado por su padre, algo que dañará inevitablemente a la Corona: la irrelevancia.

No parecía estar cómodo, no parecía sentirse identificado con lo que decía, quizá porque no decía nada nuevo, nada que no hubiéramos oído decenas de veces antes

Es la primera vez en los últimos cinco, casi seis años, en que Felipe fue proclamado Rey de España, en que percibo que ha desperdiciado la ocasión de enviar un mensaje propio, hondo, cálido, diferente, capaz de vincular estrechamente a la mayoría de los españoles con su persona, de ejercer efectivamente el liderazgo que le corresponde como Jefe del Estado. Nada que ver lo escuchado ayer con lo recibido el 3 de octubre de 2017 cuando se dirigió a todos los españoles con motivo del referéndum ilegal celebrado por los independentistas catalanes y que constituyó un desafío político de primera magnitud.

En aquella ocasión el Rey galvanizó el ánimo de los ciudadanos que defienden la Constitución y la unidad de España y que son una inmensa mayoría. Ésta de ahora es precisamente otra ocasión en que el desafío resulta también de primera magnitud aunque sea de índole muy distinta. Y por eso era una ocasión especialmente inadecuada para haber cometido ese error. Porque la población quería oírle, necesitaba escuchar su mensaje e identificarse con su persona y con todo lo que él representa. Pero eso no ha sucedido.

Es verdad que el momento personal para el Rey no era el más fácil sino todo lo contrario: no hacía ni 48 horas que había tenido que hacer público un comunicado despegándose rotundamente de cualquier relación con unas presuntas cuentas en paraísos fiscales pertenecientes, también presuntamente, a su padre, el Rey emérito Juan Carlos. Pero eso no explica nada o por lo menos no lo excusa ni lo justifica.

El clima político de hoy respecto del viejo Rey Juan Carlos I oscila estos días entre la perplejidad, el escándalo, la indignación y el rechazo, cosa que aprovecharon ayer a los miembros de Unidas Podemos y de Izquierda Unida para convocar a través de las redes sociales una cacerolada de protesta a la misma hora en que el Rey intervenía por televisión. Era una cacerolada contra Don Juan Carlos específicamente pero por extensión lo era también contra la Monarquía y por eso la hicieron coincidir con el discurso de Felipe VI.

Es la primera vez, desde que Felipe fue proclamado Rey de España, en que percibo que ha desperdiciado la ocasión de enviar un mensaje propio, hondo, cálido, diferente

Los responsables de Podemos e Izquierda Unida están en el Gobierno pero se comportan como si estuvieran en la oposición y en la militancia de izquierdas antimonárquica, un lujo que no deberían permitirse unos señores que se sientan en la mesa del Consejo de Ministros. Bien es cierto que las noticias recibidas les han dado pie para ello pero el argumento del entorno de Pablo Iglesias de que ellos, desde el Ejecutivo, no animan a ninguna cacerolada, no hace más que resaltar lo obvio; desde el Ejecutivo no, pero fuera de él, sí.

Sin embargo, el día de ayer, que estuvo plagado de noticias terribles como las relativas a las muertes masivas en determinados centros de mayores, con profesionales desbordados por la situación y que se infectan ellos también porque carecen de los instrumentos para protegerse del contagio, no tuvo más que una buena noticia que, contra lo que estamos acostumbrados, provino esta vez del Congreso de los Diputados.

Ayer todos los grupos presentes en la Cámara ofrecieron su apoyo al Gobierno y a las medidas que ha adoptado y que vaya a adoptar para enfrentarse a esta crisis. Hubo leves reproches por parte de la oposición pero esencialmente lo que hubo fue un apoyo masivo al presidente y a los miembros del equipo gubernamental que toma cada día las decisiones en la batalla contra el virus.

Una batalla que, como nos recuerdan todos los expertos, no ha hecho más que empezar y en la que todavía nos queda enfrentarnos a lo peor. Hay que aguantar y cumplir a rajatabla las recomendaciones. No queda otra.