Los datos, a veces, son engañosos. Nos dicen una parte de la verdad, pero no toda la verdad.

El coronavirus nos ha obsesionado con los datos. Todos los días sobre las doce menos cuarto saltan las alarmas: «¡Hoy por fin vamos un poco mejor!». Por la tarde, Italia. «¿Cómo va Italia?». Mucho mejor, nos alegramos por ellos y también por nosotros.

Los datos son fríos, crueles. Nos dicen que de la cifra total de fallecidos (ya casi 14.000) el 60% tenía más de 80 años. Y hoy, Cristina Castro nos cuenta que sólo un 1,2% de los mayores de 80 años ingresado con coronavirus en los hospitales accedió a una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), que es algo así como el último recurso, la esperanza final de vida.

Y entonces uno se pregunta: ¿es que acaso los médicos deciden sencillamente priorizar para su entrada en UCI a los más jóvenes, como si estuvieran estableciendo una selección natural, un criterio casi espartano sobre quién debe morir y quién no?

La decisión sobre la entrada en la UCI no se toma por un criterio de edad, sino en función de las posibilidades que tiene el paciente de seguir con vida

No. No es así. El criterio para decidir si alguien entra o no en la UCI es mucho más profundo y tiene mucho más que ver con la deontología de la profesión médica: se decide en función de las posibilidades de vivir que tiene el paciente. Es lo que se conoce como Limitar el Esfuerzo Terapeútico (LET).

Independientemente de la edad. La decisión, habitualmente, la toma el médico de planta. Si éste considera que su paciente tiene posibilidades de vivir tras el tratamiento en UCI, entonces defiende su caso ante el responsable de la Unidad.

Lo que ocurre es que en la mayoría de los casos los enfermos mayores de 80 años tienen muy pocas posibilidades de salir adelante y el médico renuncia a enviarle a la UCI porque no merece la pena tenerle entubado durante una o dos semanas -con el sufrimiento que ello conlleva- si el paciente tiene realmente posibilidades nulas o casi nulas de salir adelante.

Imagínense esa tensión -tener que decidir sobre las posibilidades de vida o muerte de una persona- que, en condiciones normales, es generadora de un fuerte y lógico estrés, hasta qué punto puede llegar cuando las UCI están llenas y hay varios enfermos esperando para conseguir una cama.

Lo que los datos ignoran es que los médicos se identifican con el paciente, le sienten como suyo y pelean hasta el límite para que supere la enfermedad. En ocasiones -me cuenta un médico que está viviendo en primera línea el combate contra el COVID-19- ha habido algo más que palabras entre los médicos de planta y los responsables de la UCI. Tanto uno como otro saben que de la entrada o no en la Unidad depende la vida de esa persona.

Los médicos/as, enfermeros/as, y todo el personal sanitario están dándolo todo (y las cifras lo demuestran: ¡unos 20.000 han sido ya contagiados!) por salvar la vida de sus pacientes. No añadamos a ello la duda sobre si su decisión tiene que ver con un criterio darwinista sobre quién debe o no salvarse.

Cuando les has visto trabajar de cerca te das cuenta de que el principal activo de nuestros sistema sanitario son ellos. Y tenemos que estar muy orgullosos de lo que están haciendo.