Nunca hubo comité de expertos. Nunca hubo una mesa circular de ciencia pura, ahí en un ambiente de ozono, bolas de plasma y perfiles de luz negra, decidiendo qué zona pasaba de fase después de teñirlas con rojo Congo. Cuando Simón nos dijo que no podía desvelar quiénes eran estos expertos, por la presión social o por los espías quizá, uno ya pasó a imaginarlos como costureras esclavizadas, como cosedores de balones, como galeotes de la Ciencia, por sotanillos de maquinaria y disentería, hundidos en la roca para que nadie los descubriera ni molestara. Simón nos contaba que tenían «unas discusiones muy intensas», como de submarino, dejando una imagen muy potente que unía la épica de guerra con esa tecnología de la minuciosidad, los silencios, las burbujas y el ojo guiñado. Pero ese comité nunca existió.

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