La ruta del miedo es una frontera. La construcción y el ejercicio del poder político de Donald Trump se han basado en la movilización de emociones que, más allá de cualquier razón, apelan a la frontera del nosotros y los otros. 

Si bien las emociones han sido un indicador esencial para el arte de la política desde tiempos inmemoriales, conducirlas a través del miedo es una herramienta que, también desde tiempos inmemoriales, se ha revelado como verdugo de las democracias.

El miedo es también una estrategia mediática. Y una promesa vacía a una población vulnerable a la Covid-19

El miedo es también una estrategia mediática. Y una promesa vacía a una población que acaba de perder millones de puestos de trabajo y que es vulnerable a la Covid-19 en un sistema sanitario colapsado y profundamente injusto. 

Más allá de cuál sea el tan esperado resultado de las elecciones estadounidenses, el triunfo de Donald Trump es el miedo. El espectáculo de su rueda de prensa del pasado jueves es un reflejo del poso que esto deja en la sociedad y en la política. Un desgarro que va más allá de los límites geográficos de Estados Unidos. 

La imagen de un Trump acorralado por la evidencia que intenta sabotear ha sido una sorpresa relativa para muchos. Su mandato ha estado basado en una agresión a cualquier oposición. Ha medido su poder por el aumento de la gente que le temía, desde medios de comunicación a periodistas concretos, sectores económicos, empresas e instituciones. 

La huella de polarización que caracteriza su mandato, así como la legitimación de la agresividad y del enfrentamiento, son hechos que la sociedad estadounidense reconoce. Esta última semana veíamos los comercios de algunas de las principales ciudades tapiados ante la violencia potencial y desmesurada de las reacciones a los resultados electorales.

Estas elecciones son también la herida que dejan. La reacción de Trump durante el recuento de votos es un símbolo de la crisis de la democracia liberal. 

Reconstruir los consensos que sustentan sus bases será tarea de todos. Por eso, expresar la «confianza en que las cosas irán como tienen que ir» -las palabras con las que se expresaba el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Seguridad, Josep Borrell– no es suficiente. Primero, porque la confianza ciega, el optimismo vacío, no nos salvarán del auge de los populismos. Segundo, porque se trata de un no-posicionamiento particular de la UE ante un hecho gravísimo e histórico en una de las grandes potencias mundiales, bastión de la democracia.

La UE, para convertirse en el actor fuerte, sólido e influyente en el ámbito internacional que aspira ser, tiene que ser coherente y consecuente en su política exterior, también en la simbólica. 

La democracia se defiende defendido posiciones, no jugando con omisiones.

No podemos ceder a la imagen caricaturesca, al meme que inclina a la burla, a la excusa de la excepción

 No podemos ceder a la imagen caricaturesca, al meme que inclina a la burla, a la excusa de la excepción. Trump es singular, no excepcional. Sus estrategias son compartidas por movimientos populistas a lo largo del globo, también en Europa.

Una vez el recuento haya llegado a su fin, desde la UE debemos ser más contundentes en la denuncia del comportamiento inaceptable de Trump con un mensaje que debe llegar al propio partido republicano, el único capaz de parar la crisis constitucional que la deriva totalitaria del presidente, negando la legalidad del sistema electoral de EE UU, puede abrir en el país.

También debe ser un mensaje a todos sus aliados europeos, que observan cómo desde la que parecía la democracia más sólida del mundo se puede dar desde el poder un golpe de gracia al sistema. 

¿Planchas de madera para proteger los escaparates de nuestras instituciones democráticas, como han hecho en EEUU sus comercios? No. Los que creemos en la democracia no podemos asistir en silencio al espectáculo. Nuestra confianza es la defensa explícita y activa que hacemos de esas instituciones. De la democracia.  


Soraya Rodríguez Ramos es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo