Este 1 de enero de 2021 ha entrado en vigor el acuerdo que regula la salida del Reino Unido de la Unión Europea. En contra de lo que apuntan la mayoría de los titulares, el acuerdo no culmina dicha salida, sino que establece las normas para que se produzca de forma ordenada. En otras palabras, durante el último año hemos vivido un periodo de transición en el que nada cambiaba y el Brexit propiamente dicho, en realidad, empieza ahora. Por eso es buen momento para reflexionar sobre cómo han llegado los británicos hasta aquí y qué podemos esperar en el futuro. 

Un buen punto de partida son los dos axiomas que suman el espíritu del movimiento conservador angloamericano del último medio siglo. La máxima, asociada al filósofo Richard Weaver, según la cual «las ideas tienen consecuencias’»; y el aforismo, muy vinculado al Institute of Economic Affairs, el laboratorio de ideas conservador más antiguo de Londres, según el cual la misión de los intelectuales es atreverse a «pensar ideas impensables».

Así mirado, el Brexit es la consecuencia de las ideas de Alan Sked y James Goldsmith. Sked, académico escocés vinculado a la London School of Economics, es el fundador del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido). Goldsmith, un multimillonario anglo-francés, creó el entonces llamado Partido del Referéndum.

Cualquier biografía de ambos incluye, o debería, el adjetivo «excéntrico» o, con más precisión y menos remilgos, «perfecto chalado» – tomamos el término prestado, en traducción libre pero fidelidad en la intención, del gran pensador conservador americano Russell Kirk.

Sked y Goldsmith llevaron a la práctica ideas que parecían impensables hasta la mañana del 24 de junio de 2016

Ambos, Sked y Goldsmith, llevaron a la política práctica ideas que parecían impensables hasta la mañana del 24 de junio 2016. Durante su primera década de existencia los resultados electorales cosechados por el UKIP y su propuesta de abandonar la Unión eran parejos a los del Monster Raving Loony Party (o Partido por la Fiesta Monstruosamente Salvaje y Enloquecida), con propuestas como ponerle ruedas al Parlamento de Westminster para moverlo por las islas y ahorrarse los costos de los parlamentos regionales.

Nadie se sorprendió, por tanto, cuando el mismo día del referéndum Nigel Farage – líder de UKIP y heredero político de Sked y Goldsmith –, concedía la victoria a los partidarios de permanecer en la Unión Europea. Dado el pasmo universal (también el de Boris Johnson) ante el resultado final, está claro que ideas impensables, incluso ridículas a fuer de las élites intelectuales británicas y europeas, están teniendo consecuencias igualmente impensables. 

Así las cosas, la mejor forma de especular sobre los derroteros va a tomar el proceso es, precisamente, el de evaluar ideas impensables como si no fueran chaladuras. A fin de cuentas, los líderes del Brexit han sido incapaces hasta la fecha de formular un plan de acción remotamente asimilable a lo que podríamos llamar programa.

Lo que sí han hecho los partidarios del Brexit es construir una narrativa delirante basada en la promesa de recuperar la gloria imperial inglesa y en la xenofobia, universal o eurófoba

Lo que sí han hecho durante la última década los partidarios del Brexit es construir una narrativa política absolutamente delirante y contradictoria basada a partes iguales en la promesa de recuperar la gloria imperial inglesa y en la xenofobia, universal o específicamente eurófoba según el momento. 

Frente al presunto corsé de las instituciones europeas Farage, Johnson y los suyos todavía prometen un futuro de libertad orientado hacia lo que ahora llaman la angloesfera y que representado en un mapa incluye, habitualmente destacado en rosa como en los mapas de la época victoriana, a los territorios del Imperio Británico, inclusive los Estados Unidos, el subcontinente indio y Australia o Canadá.

Entre sus defensores encontramos notables políticos culturalmente anglo-indios (en el sentido de la India imperial), como Syed Kamall, Sajid Javid o Nirj Deva (aunque la familia de este último procede del antiguo Ceilán), además de al propio Farage, quien ha demostrado su preferencia por recibir inmigrantes del subcontinente indio a procedentes del continente europeo – lo que no fue óbice para que al mismo tiempo sostuviera un discurso veladamente racista apoyado sobre estridentes denuncias de presuntas oleadas invasoras de inmigrantes extraeuropeos y de tez sospechosamente oscura. 

Que semejante idea de recuperación imperial ya se intentara con la fallida Commonwealth (por no hablar de la fallida Asociación Europea de Libre Comercio), que ninguno de los putativos Estados socios haya demostrado el menor interés o, como en el caso de la India, hayan reaccionado con abierta hostilidad no exenta de rencor postimperial, o que buena parte de los citados candidatos sean dictaduras de la peor especie parecen se detalles que los partidarios del Brexit consideran menores. Igual que los periodistas menos remilgados, los políticos más propensos a la fantasía nacionalista tampoco dejan que la realidad les fastidie un buen relato. 

Y el nacionalismo inglés en versión imperial  – no confundir con el nacionalismo británico en general – es un buen relato. Propio de chalados, pero emocionalmente satisfactorio para una parte del electorado. Tanto es así que a Johnson, Farage y los suyos les ha merecido la pena atizarlo aun a costa de poner en serio peligro la unión con el resto de las naciones de la Gran Bretaña. 

El Ulster queda, de facto, en un régimen de soberanía compartida de consecuencias imprevisibles con la República de Irlanda

A fecha de hoy ya conocemos algunas de las consecuencias inmediatas y sabemos que son, como las ideas de las que se derivan, perfectas chaladuras. En primer lugar, el Ulster queda, de facto, en un régimen de soberanía compartida de consecuencias imprevisibles con la República de Irlanda – sobre todo, pero no solo, en lo económico.

En segundo lugar, la posibilidad de un segundo referéndum en Escocia es prácticamente inevitable, pendiente más que nada de saber si se realizará en un momento conveniente para Johnson o para los nacionalistas escoceses. Normal que incluso Iain Duncan Smith, líder del Partido Conservador, otrora gran euroescéptico y hasta que le tocó gobernar notable chalado, ha admitió que el Brexit es un proyecto nacionalista estrictamente inglés y que una consecuencia perfectamente plausible de su consecución es la voladura del Reino Unido

En el plano económico, el crucial sector financiero de la City ha perdido acceso a los mercados europeos. Igual los sustituyen con un nuevo liderazgo neo-imperial en la anglosfera; o igual, ya se sabe que la gran banca comercial tiene una perspectiva menos fantasiosa sobre la relación entre relatos y realidad, se trasladan esos bancos a Munich y a Nueva York.

Entretanto, los británicos han logrado cerrar las fronteras a la libre circulación de personas; inclusive la suspensión del reconocimiento inmediato y recíproco de las titulaciones académicas. Y además han salido del programa Erasmus. Este último, en el que la integración de las universidades inglesas (con Oxford y Cambridge a la cabeza) jamás fue completa, va a ser sustituido por otro propio y de gran valor simbólico – Johnson no ha aludido expresamente a la angloesferea en este marco, pero es evidente que es lo que tiene en mente.

En cuanto a la cuestión de las titulaciones y habida cuenta de la sangrante necesidad de, por ejemplo, personal sanitario que sufren las islas, es posible que resulte en un programa especial para incorporar médicos de, por ejemplo, Australia o Sudáfrica. 

Aún es posible una solución a la noruega, a saber que la libre circulación de personas siga como hasta ahora pero por la puerta de atrás y con más papeleo

O también es todavía posible una solución a la noruega para el Brexit, que es lo que uno imaginaba como previsible y que todavía sigue siendo lo más plausible – a saber, que el asunto de la libre circulación de personas siga como hasta ahora, incorporando grandes cantidades de profesionales cualificados europeos, pero por la puerta de atrás y con más papeleo; al mismo tiempo los universitarios ingleses pueden seguir, también como hasta ahora, con su programa Erasmus de mentirijillas, pero con otro nombre. Pero las ideas tienen consecuencias y las ideas estúpidas pueden dar lugar a consecuencias absurdas e incluso suicidas, todas ellas a fecha de hoy perfectamente posibles para el Reino Unido. 

Mejor aún, no se crean que todo esto es exclusiva de los ingleses. Si unos tienen sus Farages y sus Johnsons, otros andamos con nuestros Abascales y nuestros Terstchs – los Iglesias y los Sánchez dan para otra artículo en idénticos términos. Si allí se inventaron la angloesfera, aquí se les ha ocurrido la iberoesfera y últimamente, como el gobierno de Johnson, también sugerían utilizar portaaviones para bregar con cayucos – tampoco se han quebrado la cabeza los chalados patrios.

Así que si 2020 les pareció entretenido, no teman, que siguen viniendo ideas para disfrutar de años emocionantes.


David Sarias es profesor de Historia del Pensamiento Político y los Movimientos Sociales y director del Máster en Comunicación Social, Política e Institucional en la Universidad San Pablo CEU.