El fracaso de la visita a Rusia no es un fiasco sólo para Josep Borrell, sino para la UE. El Alto Representante compareció ayer ante el pleno del Parlamento europeo para explicar las razones y conclusiones de su infortunado viaje, que sin duda ha sido prueba de cómo Rusia se está desconectando de Europa. Nuestros valores, con los derechos humanos en el centro -también en el centro de nuestra política exterior- son, para Rusia, una amenaza existencial. 

La declaración de persona non grata de los representantes diplomáticos de Polonia, Alemania y Suecia por su presencia en las protestas de apoyo a Alexei Navalni lo ilustra perfectamente. Para Vladimir Putin es inaceptable la expresión de la disidencia, y el arsenal de sus únicas herramientas para justificar la represión incluye la sempiterna retórica de la injerencia, la comparación y el relativismo.  

El descalabro de la visita de Borrell ha sido un fracaso anunciado. Desde Renew Europe, del cual forma parte la delegación de Ciudadanos, ya se manifestó que antes de ir a Moscú, el Alto Representante debía asegurarse de que contaba con la influencia necesaria para contribuir a la liberación de Navalni y, en caso negativo, posponer su visita.

Sin duda Borrell subestimó la estrategia del Kremlin y la de Lavrov. Fue un error. Pero el Consejo Europeo también se equivocó

“Sabíamos que había riesgos. Los asumimos”, nos dijo este martes Borrell.  Sin duda subestimó la estrategia del Kremlin, y la de Sergei Lavrov, el ministro de Exteriores, en particular. Fue un error. Pero el Consejo Europeo también se equivocó. No supo dar respuesta con la urgencia que la situación exigía. Sin un plan de acción sobre la mesa, sin sanciones ni propuestas concretas, no se entiende cómo una amplia mayoría del Consejo de los 27 pudo dar luz verde a la misión del Alto Representante. Por ello, Borrell no debe ser cabeza de turco de unas carencias que son mucho más estructurales.

La falta de consensos en el seno del Consejo en materia de política exterior y la preferencia por el unilateralismo táctico de la Realpolitik han demostrado ser uno de los talones de Aquiles de la UE en sus relaciones exteriores. La visita a Rusia lo ha puesto, una vez más, de manifiesto.

En el Parlamento trabajamos desde hace meses en el régimen europeo de sanciones por violaciones de derechos humanos. Tras la detención de Navalni, la Eurocámara emitió una resolución en la que se pedía explícitamente al Consejo hacer uso de éstas y otras herramientas en materia de sanciones y política exterior para dar respuesta contundente a la arbitrariedad y agresividad de Putin con respecto a la disidencia, y al caso de Navalni en particular.

Tras esta resolución, la conclusión del Consejo de Ministros de Exteriores de la UE, el pasado 25 de enero, fue débil y carente de resultados en la práctica. Ésta, y no otra, es la razón por la cual el Alto Representante acudió a Rusia con las manos vacías, y sin un mandato claro ni unánime. 

No es algo nuevo ni que debiera sorprender. Hace tan sólo unos meses, la falta de consenso causó el retraso en el establecimiento de sanciones a altos cargos responsables de violaciones de derechos humanos en Bielorrusia, incluyendo a Aleksander Lukashenko.

Borrell propuso al Consejo en 2020, en varias ocasiones, la utilización de la mayoría cualificada en materia de política exterior, una opción establecida en los Tratados que nos permitiría evitar los vetos que bloquean cualquier avance en este ámbito. La opción fue rechazada. De aquellos polvos también vienen estos lodos. La lentitud del Alto Representante no es sino la lentitud de la UE. 

El inadmisible comportamiento del gobierno ruso exige una acción firme, que no puede ser otra que el establecimiento de sanciones

Nos equivocamos si interpretamos el empeño de Lavrov en ridiculizar a Borrell como una afrenta personal: sus críticas son a la UE y a los valores que ésta representa. El inadmisible comportamiento del gobierno ruso exige una acción firme, que no puede ser otra en estos momentos que el establecimiento de sanciones.

Para ello, no podemos ignorar la realidad del Consejo y, en particular, de las diferentes perspectivas que se tienen de las relaciones con Rusia entre los 27, siendo el caso de Alemania y el gasoducto de Nordstream 2 quizás el ejemplo más claro. La búsqueda de la convergencia será ahora una tarea compleja, pero también imprescindible. 

La respuesta a Rusia debe ser contundente, urgente y, sobre todo, consensuada. Uno de los principales objetivos de Moscú es desestabilizar a la UE: el debate del martes en el Parlamento muestra que puede conseguirlo. Frente a ello, necesitamos reforzar más nuestra posición, estar más unidos.

Si aspiramos a construir una Comisión Geopolítica, si pretendemos apostar por la llamada «autonomía estratégica», necesitamos precisamente eso: estrategias a largo plazo adaptadas a ello. Y Rusia, y su sociedad civil -que sigue manifestándose en las calles- es una prioridad. Esperamos que el Consejo esté a la altura de las circunstancias. Así lo exigiremos desde el Parlamento, donde nos reunimos los representantes de los ciudadanos europeos.


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo