El Mediterráneo, definió el historiador Fernand Braudel, «es ese sistema en el que todo se mezcla y se recompone en una unidad original». Y así es: la región concentra una larga y compleja historia de mundos que se entrelazan e interconectan en este Mare Nostrum que nos separa y nos acerca a la vez. Para Europa, el Mediterráneo es su espacio natural, vecino, el cual sigue siendo un espacio de tránsito y diálogo, pero también de conflicto.

¿Cómo se contempla desde Bruselas? 

La pasada semana se presentó a los 27 la Nueva Agenda para el Mediterráneo, propuesta por la Comisión Europea y el Servicio Europeo de Acción Exterior. Es un esfuerzo renovado que se suma a las muchas iniciativas de los últimos 25 años para impulsar la relación con los vecinos del sur. Es, probablemente, el área a la que la UE ha dedicado mayores esfuerzos en pensar y repensar nuevas estrategias y, a la vez, la región en la que estos intentos han fracasado en un mayor número de ocasiones. 

En noviembre de 2020 se celebraban 25 años del Proceso de Barcelona, que establecía como objetivos la creación de un área de paz, estabilidad y prosperidad compartida con el diálogo y el intercambio entre ambas orillas. Más allá de las ambiciones quizás idealistas de este primer encuentro, los impulsos a través de la Política Europea de Vecindad (2004), la creación de la Unión por el Mediterráneo (2008) y la renovación estratégica en 2011 tras las Primaveras Árabes produjeron pocos resultados.

La fuerte influencia de algunas capitales en diferentes países del Mediterráneo tampoco ha ayudado a crear una verdadera política europea

La fuerte influencia de algunas capitales en diferentes países del Mediterráneo tampoco ha ayudado a crear una verdadera política europea, que se ha visto en ocasiones errática tras los pasos de intereses nacionales.

La liberalización comercial ha sido imperfecta en un área con un bajo nivel de integración económica; los principales conflictos continúan enquistados, y el Mediterráneo es hoy, también, un espacio marítimo que registra un número ya insoportable de desaparecidos.

Bienvenida la nueva Agenda, que quiere dar un impulso más a la renovación del diálogo, pero que será otra vez papel mojado sin una evaluación adecuada de objetivos, enfoque y, sobre todo, resultados hasta ahora. 

La Agenda anuncia un ambicioso plan económico y de inversiones financiado principalmente por el nuevo Instrumento Europeo de Vecindad, Desarrollo y Cooperación Internacional (NDICI). Esta visión holística del desarrollo es positiva, especialmente en un contexto donde las múltiples consecuencias de la pandemia de la Covid-19 tendrán efectos devastadores en numerosos países del Mediterráneo. En economías con elevados grados de informalidad –donde muchos sectores habrán desaparecido tras la pandemia–  la inversión europea en servicios sociales será un importante activo para la recuperación económica y social. 

Sin embargo, la presente estrategia adolece de la necesaria ambición política para que la UE juegue un papel fundamental en la región. 

El Proceso de Paz de Medio Oriente es un buen ejemplo. De una comunicación y programa de acción de 34 páginas se dedican tan sólo cinco líneas a mencionar los recientes acuerdos de normalización de relaciones entre Israel y países árabes. El Proceso de Paz, que ha sido considerado como prioritario desde las mismas raíces del Proceso de Barcelona, necesita más que nunca el liderazgo político de la UE tras la política unilateral y contraria al derecho internacional llevada a cabo por Trump.

Necesitamos reconducir el proceso hacia la hoja de ruta amparada por la comunidad internacional basada en el multilateralismo, la única vía eficaz para la consecución de una paz justa y duradera basada en la solución de dos estados.  

La UE no puede resignarse a ser un actor geopolítico secundario mientras es el principal donante humanitario. 

Por otro lado, la cooperación euromediterránea necesita promover el intercambio humano, el contacto y la diversidad de forma prioritaria. Un impulso político de alto nivel similar al que se desarrolla con los vecinos del este sería una señal positiva, pero no suficiente. Aumentar el diálogo y el respaldo a la sociedad civil es fundamental para promover las reformar democráticas que los ciudadanos demandan en muchos países del Mediterráneo.

En ocasiones, la UE y sus Estados miembros han apostado por la estabilidad de regímenes autoritarios pensando que ello significaría estabilidad para nuestros intereses

Es hora de dejar atrás dilemas que han resultado caducos e ineficientes. En ocasiones, la UE y sus Estados Miembros han apostado por la estabilidad de regímenes autoritarios pensando que ello significaría estabilidad en nuestros intereses. Esta perspectiva e insistencia en un enfoque excesivamente centrado en los intereses nos han hecho perder la perspectiva de cuáles son nuestros valores.

El dilema, que vuelve a plantearse con la nueva Agenda, es moralmente contestable y se ha demostrado poco útil en resultados. En una verdadera política exterior europea, nuestros valores han de ser nuestros principales intereses. 

Un balance honrado de lo hecho hasta ahora y una política exterior centrada en los valores serán nuestros mejores activos de futuro para acercarnos, de verdad y conjuntamente, al Mediterráneo.


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo.