En otros tiempos, las campañas de los partidos las diseñaban los listillos del aparato. No le decían al líder lo que debía hacer, sino que hacían lo que sabían que el líder quería que hicieran. Había que vender lo que el partido, si ganaba, podía hacer. Se prometían cosas, se asumían compromisos para lograr metas cuantificables, aunque fueran imposibles de alcanzar. A esa época del Pleistoceno político pertenece, por ejemplo, el eslogan de los 800.000 puestos de trabajo, con el que el PSOE ganó por mayoría absoluta las elecciones de 1982.

Ahora las campañas las dirigen expertos en imagen, spin doctors, magos de la comunicación. El poder de Iván Redondo -jefe de Gabinete del presidente del Gobierno- se basa en su capacidad para condicionar el comportamiento de los ciudadanos y en acertar con el mensaje que puede darle a Pedro Sánchez un mayor rédito electoral. Para llevar a cabo ese trabajo la intuición vale de poco: manda la información, el big data, los estudios sociológicos, el análisis… Últimamente, Redondo, ya confundido con Moncloa, ha sido el artífice del efecto Illa en las elecciones catalanas y es, de facto, el responsable último de la campaña de Ángel Gabilondo para las de la Comunidad de Madrid.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió en Cataluña, los comicios en la Comunidad de Madrid se han convertido en una confrontación nacional, casi en una primera vuelta de las generales. A ello han contribuido dos factores:

1º La aparición como candidato inesperado de Pablo Iglesias, que quiere dar la batalla por la supervivencia de Podemos en la ciudad donde nació su partido y, a la vez, derrotar con su sola presencia a lo que él ha calificado como «la derecha criminal».

2º La decisión de Isabel Díaz Ayuso de plantear su campaña en un plano puramente ideológico: «Comunismo o libertad». Esa dicotomía trasciende la gestión de la Comunidad y es una apelación al voto útil de la derecha frente a la posibilidad de la victoria de un frente popular.

El hecho de que se haya asumido que Madrid es ya un campo de batalla nacional es, de hecho, un triunfo de Miguel Ángel Rodríguez -director del Gabinete de Ayuso y secretario de Estado de Comunicación del Gobierno de José María Aznar– en su particular duelo de ingenio con Redondo. Al hombre de confianza de Pedro Sánchez le hubiera gustado más una campaña centrada en los problemas de la Comunidad, con la gestión de la pandemia y la puesta en valor de los servicios públicos como grandes temas de debate.

De hecho, lo que está detrás de la campaña que presenta al propio Gabilondo como «soso, serio y formal», es el intento de convertir al candidato socialista en el antihéroe que se queda fuera de la disputa entre los extremos, el hombre bueno que infunde calma y que rechaza el cuerpo a cuerpo que proponen a los electores Iglesias y Ayuso.

La de Redondo es una apuesta arriesgada. En una campaña tan polarizada como la que vamos a vivir en las próximas semanas, la moderación se queda sin espacio. Prueba de ello es que Ciudadanos, un partido que se presenta como bisagra entre bloques ideológicos, podría quedarse sin lograr representación el próximo día 4 de mayo.

Seguramente, si Iglesias no hubiera dado el arriesgado paso de saltar a la arena madrileña, Moncloa hubiera buscado otro perfil, más orientado a reclamar el voto de la izquierda. Ha habido que hacer de la necesidad virtud: la agresiva campaña que ha iniciado el líder de Podemos ha permitido ensayar la imagen de centralidad que el presidente del Gobierno se está labrando de cara a unas elecciones generales que se atisban ya, como lejos, en la primavera de 2022.

El adelanto electoral decidido por Ayuso tras la presentación de la moción de censura en Murcia también fue una decisión impulsada por Rodríguez, que ha demostrado que conserva su particular instinto asesino.

En apenas diez días, el PP ha pasado de ser el partido desorientado que sufrió un batacazo histórico en Cataluña, a ser el partido que frena la moción en la Comunidad de Murcia, rechaza la presentada en Castilla-León y aparece como claro vencedor en las encuestas de Madrid, incluso al borde de la mayoría absoluta.

Uno de los capos de Génova confiesa: «Ayuso ha devuelto la ilusión a la militancia y al votante. El día 4 puede representar el comienzo de la victoria de Casado«.

Mientras, al otro lado, Redondo se va a encargar de que Gabilondo compense su falta de pegada como candidato con la presencia abrumadora del presidente en su campaña. De tal manera, que es el propio Sánchez el que se va a jugar personalmente su prestigio en esta pugna que cuenta con todos los alicientes de los grandes duelos políticos.

La campaña de Madrid reúne todas las condiciones para aplicar el estilo Rodríguez: golpea primero, golpea fuerte y sigue golpeando

Aunque Redondo cuenta con el gigantesco aparato de Moncloa y una clara superioridad en el apoyo mediático para echar una mano al candidato socialista, Rodríguez tiene a su favor el clima bipolar en el que se va a desarrollar la campaña.

Detrás de la imagen un tanto frágil de la presidenta de la Comunidad de Madrid, está un batallador nato que basa su éxito en una táctica implacable: golpear primero, golpear fuerte y seguir golpeando.

A su favor tiene la victimización de Madrid, ya confundida con su presidenta, como una comunidad a la que se quiere arrebatar su autonomía fiscal, a la que se imponen criterios sanitarios contra su voluntad y a la que se tiene envidia por su potencia económica. La fuerza de ese mensaje es tal que el propio Gabilondo ha tenido que prometer que, si gobierna, no tocará los impuestos. Y ese es otro éxito del estilo aguerrido de Rodríguez: no ceder nunca ante las presiones, machacar siempre con el mismo mensaje.

No esperen pues debates sofisticados, ni guerras de cifras en los próximos días. La batalla va de ideas, pocas ideas, pero muy potentes. Como buen publicitario, Rodríguez sabe que las campañas no convencen a los contrincantes, sino que refuerzan a los ya convencidos. Por muy simple que parezca, el lema «comunismo o libertad» no sólo polariza en los extremos, sino que resta fuerza a Vox como competidor del PP. Un dirigente del partido de Abascal me confiesa: «Muchos de los nuestros van a votar a Ayuso, porque dice lo que nosotros decimos».

Redondo sabe que el PSOE tiene muy difícil ganar. Incluso tiene muy difícil sumar para lograr una mayoría que sirva para echar de la Puerta del Sol a la candidata del PP, por ello las expectativas del mago de la Moncloa son mucho más modestas. Los socialistas se conformarían con mejorar el resultado obtenido en 2019 y superar los 40 escaños. Al fin y al cabo, se consuelan, «nuestro objetivo es gobernar en España con una mayoría suficiente como para no repetir la experiencia de la coalición; y eso sólo se logra desde el centro».

Manténganse, pues, atentos a la pantalla. Las próximas cinco semanas van a ser apasionantes. Esperemos que no sean tan aterradoramente malas como la película de Adam Wingard.